sábado, 17 de agosto de 2013

Plumas - Raymond Carver



Ese amigo mío del trabajo, Bud, nos había invitado a cenar a Fran y a mí. Yo no conocía a su mujer y él no conocía a Fran. Así que estábamos a la par. Pero Bud y yo éramos amigos. Y yo sabía que en casa de Bud había un niño pequeño. Aquel niño debía de tener ocho meses de edad cuando Bud nos invitó a cenar. ¿Qué ha sido de esos ocho meses? ¡Qué deprisa ha pasado el roja y un envoltorio que decía: ¡ES UN NIÑO! Yo no fumo puros, pero cogí uno de todos modos.
—Coge un par de ellos —dijo Bud, sacudiendo la caja—. A mí tampoco me gustan los puros. Es idea de ella.
Se refería a su mujer. Olla.
Yo no conocía a la mujer de Bud, pero una vez oí su voz por teléfono. Era un sábado por la tarde, y no me apetecía hacer nada. Así que llamé a Bud para ver si él quería hacer algo. La mujer cogió el teléfono.
—¿Dígame?
Me desconcerté y no pude recordar su nombre. La mujer de Bud. Bud me lo había dicho una buena cantidad de veces. Pero me entraba por una oreja y me salía por otra.
—¡Dígame! —repitió la mujer. Oí un aparato de televisión. Luego, la mujer añadió—: ¿Quién es?
Oí llorar a un niño.
—¡Bud! —gritó la mujer.
—¿Qué? —oí contestar a Bud.
Seguía sin acordarme de cómo se llamaba. Así que colgué. Cuando volví a ver a Bud en el trabajo no le dije que había llamado, claro está. Pero insistí y logré que mencionara el nombre de su mujer.
—Olla —dijo.
Olla, repetí para mí. Olla.
—Nada especial —dijo Bud. Estábamos en el comedor, tomando café—. Sólo nosotros cuatro. Tu parienta y tú, y Olla y yo. Sin cumplidos. Venid sobre las siete. Olla da de comer al niño a las seis. Después le acuesta, y luego cenamos. Nuestra casa no es difícil de encontrar. Pero ahí tienes un mapa.
Me dio una hoja de papel con trazos de todas clases que indicaban carreteras principales y secundarias, senderos y cosas así, con flechas que apuntaban a los cuatro puntos cardinales. Una amplia X marcaba el emplazamiento de su casa.
—Lo esperamos con impaciencia —le dije.
Pero Fran no estaba muy emocionada.
Por la noche, mientras veíamos la televisión, le pregunté si deberíamos llevar algo a casa de Bud.
—¿Como qué? —me contestó—. ¿Te ha dicho él que llevemos algo? ¿Cómo voy a saberlo? No tengo ni idea.
Se encogió de hombros y me lanzó una mirada torva. Ya me había oído antes hablar de Bud. Pero no le conocía y no tenía interés en conocerle.
—Podríamos llevar una botella de vino —añadió—. Pero a mí me da igual. ¿Por qué no llevas vino?
Meneó la cabeza. Sus largos cabellos se balanceaban hacia adelante y hacia atrás por encima de sus hombros. «¿Por qué necesitamos a más gente?», parecía decir. Nos tenemos el uno al otro.
—Ven aquí —le dije.
Se acercó un poco más para que pudiera abrazarla. Fran es como un gran vaso de agua. Con ese pelo rubio que le cae por la espalda. Cogí parte de su cabello y lo olí. Hundí la cara en él y la abracé más fuerte.
A veces, cuando el pelo le cae por delante, tiene que recogerlo y echárselo por encima del hombro. Eso la pone furiosa.
—Este pelo —dice— no me da más que molestias.
Fran está empleada en una lechería, y en el trabajo tiene que llevar el pelo recogido. Ha de lavárselo todas las noches, y se lo cepilla cuando estamos sentados delante de la televisión. De vez en cuando amenaza con cortárselo. Pero no creo que lo haga. Sabe que me gusta mucho. Que me vuelve loco. Le digo que me enamoré de ella por su pelo. Que, si se lo cortara, posiblemente dejaría de quererla. A veces la llamo «Sueca». Podría pasar por sueca. En los momentos que pasábamos juntos por las noches, cuando se cepillaba el pelo, decíamos en voz alta las cosas que nos gustaría tener. Anhelábamos un coche nuevo; ésa es una de las cosas que deseábamos. Y nos apetecía pasar un par de semanas en Canadá. Pero niños no queríamos. No teníamos niños por la sencilla razón de que no queríamos tenerlos. A lo mejor alguna vez, nos decíamos. Pero por entonces lo dejábamos para más adelante. Pensábamos que podíamos seguir; esperando. Algunas noches íbamos al cine. Otras, simplemente nos quedábamos en casa y veíamos la televisión. En ocasiones Fran me hacía algo al horno y nos lo comíamos todo de una sentada, fuera lo que fuese.
—A lo mejor no beben vino —sugerí.
—Llévalo de todos modos —repuso Fran—. Si no lo quieren, nos lo beberemos nosotros.
—¿Blanco o tinto? —pregunté.
—Llevaremos algo dulce —contestó, sin prestarme atención alguna—. Pero si nos presentamos sin nada, me da igual. Esto es cosa tuya. No le demos muchas vueltas; de lo contrario se me quitarán las ganas de ir. Puedo hacer una tarta de frambuesas. O unas pastas.
—Tendrán postre —observé—. No se invita a cenar a nadie sin preparar un postre.
—A lo mejor tienen arroz con leche. ¡O «Jell-O»! Algo que no nos gusta. No sé nada de la mujer. ¿Cómo nos enteraríamos de lo que nos va a dar? ¿Y si nos pone «Jell-O»? —dijo, meneando la cabeza. Me encogí de hombros. Pero ella tenía razón, y añadió—: Esos puros viejos que te regaló. Llévalos. Así tú y él podréis iros al salón después de cenar para fumar y beber vino de oporto, o lo que sea que bebe esa gente de las películas.
—De acuerdo, nos presentaremos sin nada.
—Haré una hogaza de pan y la llevaremos.


Bud y Olla vivían a unos treinta kilómetros de la ciudad. Hacía tres años que vivíamos allí, pero Fran y yo no habíamos dado ni una puñetera vuelta por el campo. Daba gusto conducir por aquellas carreteras pequeñas y sinuosas. La tarde estaba empezando, hacía bueno y veíamos campos verdes, cercas, vacas lecheras que avanzaban despacio hacia viejos establos. También mirlos de alas encarnadas posados en las cercas, y palomas dando vueltas alrededor de los heniles. Había huertas y esas cosas, flores silvestres y casitas apartadas de la carretera.
—Ojalá tuviéramos una casa por aquí —dije.
Sólo era una idea vana, otro deseo que no iría a parte alguna. Fran no contestó. Estaba ocupada mirando el mapa de Bud. Llegamos a la encrucijada de cuatro caminos que había señalado. Giramos a la derecha, como decía el mapa, y recorrimos exactamente cuatro kilómetros y ochocientos cincuenta metros. Al lado izquierdo de la carretera, vi un sembrado de maíz, un buzón de correos y un largo camino de grava. Al final del camino, rodeada por algunos árboles, se erguía una casa con porche. Tenía chimenea. Pero era verano, de modo que no salía humo, claro está. Sin embargo, me pareció un bonito panorama, y así se lo dije a Fran.
—Parece un campamento de vagabundos —repuso ella.
Torcí y entré en el camino. A ambos lados crecía maíz. Era más alto que el coche. Oí reclinar la grava bajo las ruedas. Al acercarnos a la casa, vi un huerto con cosas verdes del tamaño de pelotas de béisbol que colgaban de un emparrado.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Fran—. Calabazas, tal vez. No tengo ni idea.
—Oye, Fran, tómatelo con calma.
No contestó. Se mordió el labio. Al llegar a la casa apagó la radio.
En el jardín había una cuna y en el porche unos juguetes desperdigados. Paré delante de la casa y apagué el motor. Entonces fue cuando oímos aquel horrible berrido. Había una criatura en la casa, desde luego, pero el grito era demasiado fuerte para ser de niño.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Fran.
Entonces, algo tan grande como un buitre bajó de un árbol dando fuertes aletazos y aterrizó justo delante de nosotros. Se agitó. Torció su largo cuello hacia el coche, alzó la cabeza y nos miró.
—¡Cristo! —exclamé.
Me quedé inmóvil, con las manos en el volante y mirando aquella cosa.
—Es increíble —dijo Fran—. Nunca había visto uno de verdad.
Ambos sabíamos que era un pavo real, claro, pero no pronunciamos la palabra en voz alta. Sólo lo miramos. El pájaro echó la cabeza hacia arriba y lanzó de nuevo su áspero bramido. Había ahuecado las alas y parecía tener el doble de tamaño que cuando aterrizó.
—¡Cristo! —repetí.
Nos quedamos donde estábamos, en el asiento delantero.
El pájaro avanzó un poco hacia adelante. Luego volvió la cabeza a un lado y se puso en tensión. No nos quitaba de encima los ojos, brillantes y frenéticos. Tenía la cola levantada, y era como un abanico enorme abriéndose y cerrándose. En aquella cola relucían todos los colores del arco iris.
—¡Dios mío! —dijo Fran en voz baja, poniéndome la mano en la rodilla.
—¡Cristo! —volví a exclamar.
No se podía decir otra cosa.
El pájaro lanzó de nuevo aquel grito extraño y quejumbroso «¡Mii oo, mii oo!, decía. Si hubiese oído algo así en plena noche por primera vez, habría pensado que procedía de una persona agonizante o de un animal salvaje y peligroso.
Se abrió la puerta y Bud apareció en el porche. Se estaba abrochando la camisa. Tenía el pelo mojado. Parecía como s acabara de salir de la ducha.
—¡Cierra el pico, Joey! —ordenó al pavo real.
Dio unas palmadas y el pájaro retrocedió un poco.
—Basta ya. ¡Ya está bien, cállate! ¡Calla, fiera!
Bud bajó los escalones. Mientras venía hacia el coche se remetió la camisa. Llevaba lo mismo que en el trabajo: pantalones vaqueros y una camisa de algodón. Yo me había puesto pantalones de vestir y una camisa de manga corta. Los mocasines buenos. Cuando vi lo que llevaba Bud, me sentí incómodo tan trajeado.
—Me alegro de que lo hayáis encontrado —dijo Bud al llegar al coche—. Entrad.
—Hola, Bud —le saludé.
Fran y yo bajamos del coche. El pavo real se mantuvo apartado, moviendo de un lado para otro la innoble cabeza. Tuvimos cuidado de guardar cierta distancia entre él y nosotros.
—¿Alguna dificultad en encontrar el sitio? —me preguntó Bud. Ni había mirado a Fran. Esperaba que se la presentase.
—Las indicaciones eran buenas —contesté—. Oye, Bud, ésta es Fran. Fran, Bud. Te conoce de oídas, Bud.
Se echó a reír y se dieron la mano. Fran era más alta que Bud. Bud tuvo que levantar la vista.
—El habla de ti —dijo Fran, retirando la mano—. Bud por aquí Bud por allá. Casi eres la única persona de por aquí de la que habla. Es como si ya te conociera.
No perdía de vista al pavo real, que se había acercado al porche.
—Es que es amigo mío —repuso Bud—. Tiene que hablar de mí.
Entonces sonrió y me dio un suave puñetazo en el brazo.
Fran seguía sosteniendo su hogaza de pan. No sabía qué hacer con ella. Se la dio a Bud.
—Os hemos traído algo.
Bud cogió la hogaza. Le dio la vuelta y la miró como si fuese la primera que hubiera visto en la vida.
—Es muy amable de vuestra parte.
Se llevó la hogaza a la cara y la olió.
—La ha hecho Fran —expliqué a Bud.
Bud asintió con la cabeza.
—Vamos dentro; os presentaré a la esposa y madre.
Se refería a Olla, desde luego. Olla era la única madre de la casa. Bud me había contado que su madre había muerto y que su padre se había largado cuando él era pequeño.
De una carrera, el pavo real se plantó delante de nosotros, saltando al porche cuando Bud abrió la puerta. Trataba de entrar en la casa.
—¡Ah! —exclamó Fran mientras el pavo real se apretaba contra su pierna.
—¡Joey, maldita sea! —le reprendió Bud, dándole un golpe en la cocorota. El pájaro retrocedió por el porche y se estremeció. Las plumas de la cola resonaron al agitarse. Bud hizo como si fuera a darle una patada, y el pavo real retrocedió un poco más. Luego, Bud sostuvo la puerta para que entráramos.
—Ella deja entrar en la casa al puñetero bicho. Dentro de poco el condenado éste querrá comer en la mesa y dormir en la cama.
Fran se detuvo nada más pasar el umbral. Se volvió y miró el maizal.
—Tenéis una casa muy bonita —dijo. Bud seguía sujetando la puerta—. ¿Verdad, Jack? —Ya lo creo.
Me sorprendió oírla decir eso.
—Un sitio como éste no resulta todo lo enloquecedor que pueda parecer —dijo Bud sin soltar la puerta. Hizo un movimiento amenazador hacia el pavo real—. Te ayuda a ir tirando. Nunca hay un momento de aburrimiento. Pasad dentro, amigos.
—Oye, Bud —le dije—, ¿qué es lo que crece allí?
—Son tomates —contestó.
—Vaya granjero que me he echado —comentó Fran, meneando la cabeza.
Bud se echó a reír. Entramos. Una mujercita regordeta con el pelo recogido en un moño nos aguardaba en el cuarto de estar. Tenía las manos cogidas debajo del delantal. Y las mejillas de un color subido. Al principio pensé que estaría sofocada, o enfadada por algo. Me echó una mirada y se fijó en Fran. No de manera hostil, sólo mirándola. Con la vista en Fran, siguió ruborizándose.
—Olla, ésta es Fran. Y éste es mi amigo Jack. Lo sabes todo de Jack. Amigos, ésta es Olla —dijo Bud.
Le dio el pan a Olla.
—¿Qué es esto? —dijo la mujer—. ¡Ah, es pan casero! Pues gracias. Sentaos en cualquier sitio. Poneos cómodos. Bud, ¿por qué no les preguntas qué quieren beber? Tengo algo en el fogón.
Dejó de hablar y se retiró a la cocina con el pan.
—Tomad asiento —dijo Bud.
Fran y yo nos dejamos caer pesadamente en el sofá. Saqué los cigarrillos. El cogió un objeto pesado de encima del televisor.
—Utiliza esto —dijo, poniéndolo delante de mí, en la mesita.
Era uno de esos ceniceros de cristal moldeados en forma de cisne. Encendí y dejé caer la cerilla por la abertura de la parte posterior del cisne. Vi cómo salía del cisne un hilillo de humo.
El televisor en color estaba funcionando, así que lo miramos durante unos momentos. En la pantalla, unos coches preparados corrían a toda velocidad por una pista. El comentarista hablaba con voz solemne. Pero parecía estar conteniendo su emoción.
—Aún estamos a la espera de la confirmación oficial —decía el locutor.
—¿Queréis ver esto? —preguntó Bud, que seguía de pie.
Yo dije que me daba igual. Y era verdad. Fran se encogió de hombros. «¿Qué más me da?», pareció decir. De todos modos, el día estaba echado a perder.
—Sólo quedan unas veinte vueltas —anunció Bud—. Ya falta poco. Antes se ha formado una buena carambola. Media docena de coches destrozados. Algunos pilotos han resultado heridos. Todavía no han dicho si muy graves.
—Déjalo puesto —dije—. Vamos a verlo.
—A lo mejor, uno de esos condenados coches explota delante de nosotros —observó Fran—. O si no, puede que alguno se precipite contra la tribuna y mate al chico que vende esas raquíticas salchichas.
Se pasó los dedos por un mechón de pelo y mantuvo la vista fija en el televisor.
Bud miró a Fran para ver si estaba bromeando.
—Lo otro, el choque múltiple, fue digno de verse. Cada accidente provocaba otro. Gente, coches, piezas por todos lados. Bueno, ¿qué queréis que os traiga? Tenemos cerveza, y hay una botella de Old Crow.
—¿Qué bebes tú? —pregunté a Bud.
—Cerveza. Es buena y está fría.
—Tomaré cerveza —dije.
—Yo tomaré de ese Old Crow con un poco de agua —dijo Fran—. En un vaso alto, por favor. Con un poco de hielo. Gracias, Bud.
—Eso es cosa hecha —dijo Bud.
Echó otra mirada al televisor y se marchó a la cocina.
Fran me dio con el codo y movió la cabeza en dirección al televisor.
—Mira ahí encima —susurró—. ¿Ves lo que yo?
Miré adonde ella decía. En un estrecho florero rojo alguien había apretujado unas cuantas margaritas. Junto al florero, sobre el tapete, estaba expuesta una de las dentaduras más melladas y retorcidas del mundo. Aquella cosa horrible no tenía labios ni mandíbulas tampoco, eran sólo los viejos dientes de yeso metidos en algo semejante a gruesas encías de color amarillo.
Justamente entonces Olla volvió con una lata de frutos secos y una botella de cerveza sin alcohol. Ya se había quitado el delantal. Puso la lata en la mesita, junto al cisne.
—Servíos —dijo—. Bud os está preparando las copas.
Volvió a ruborizarse. Se sentó en una vieja mecedora de mimbre y la puso en movimiento. Bebió de su cerveza sin alcohol y miró la televisión. Bud volvió trayendo una bandejita de madera con el vaso de whisky con agua para Fran y con mi botella de cerveza. En la bandeja traía otra botella de cerveza para él.
—¿Quieres vaso? —me preguntó.
Meneé la cabeza. Me dio una palmadita en la rodilla y se volvió hacia Fran.
—Gracias —dijo ella, cogiendo el vaso.
Su mirada se dirigió de nuevo a la dentadura. Bud se dio cuenta de adonde miraba. Los coches chirriaban por la pista. Cogí la cerveza y presté atención a la pantalla. La dentadura no era asunto mío.
—Así es como Olla tenía los dientes antes de ponerse el aparato de corrección —explicó Bud a Fran—. Yo estoy acostumbrado a ellos. Pero supongo que parecen una cosa rara ahí encima. La verdad es que no sé por qué los guarda.
Miró a Olla. Luego a mí, haciéndome un guiño. Se sentó en su butaca y cruzó las piernas. Bebió cerveza y fijó la vista en Olla.
Olla volvió a ponerse encarnada. Tenía en la mano la botella de cerveza sin alcohol. Bebió un trago.
—Me recuerdan lo mucho que le debo a Bud —dijo.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Fran. Estaba picando de la lata de frutos secos, comiendo anacardos. Dejó lo que estaba haciendo y miró a Olla—. Disculpa, pero no me he enterado.
Fran miró fijamente a la mujer y aguardó su respuesta. Olla se ruborizó de nuevo.
—Tengo muchas cosas por las que estar agradecida —dijo—. Esa es una por la que tengo que darle las gracias. Tengo los dientes a la vista para recordar lo mucho que le debo a Bud. —Bebió otro trago. Luego apartó la botella y añadió—: Tienes los dientes bonitos, Fran. Me di cuenta en seguida. Pero a mí me salieron torcidos de pequeña. —Se dio unos golpéenos con a uña en un par de dientes delanteros—. Mis padres no podían permitirse el lujo de arreglármelos. Me salían cada cual por su lado. A mi primer marido le traía sin cuidado el aspecto que yo tuviera. ¡A él qué iba a importarle! Lo único que le importaba era de dónde iba a sacar la próxima copa. Sólo tenía un amigo en el mundo, y era la botella. —Meneó la cabeza—. Luego apareció Bud y me sacó de aquel lío. Cuando estuvimos juntos, lo primero que dijo Bud fue: «Vamos a ir a que te arreglen los dientes.» Ese molde me lo hicieron justo después de que Bud y yo nos conociéramos, en mi segunda visita al ortodoncista. Antes de que me pusieran el aparato.
El rostro de Olla seguía colorado. Se puso a mirar a la imagen de la pantalla. Bebió cerveza de la suya y no parecía tener más que decir.
—Ese ortodoncista debía ser un mago —comentó Fran, echando otra mirada a la dentadura terrorífica, encima de la televisión.
—Era estupendo —repuso Olla. Se volvió en la mecedora y añadió—: ¿Veis?
Abrió la boca y nos mostró los dientes de nuevo, esta vez sin timidez alguna.
Bud se dirigió a la televisión y cogió la dentadura. Se acercó a Olla y le puso el molde junto a la mejilla.
—Antes y después —dijo.
Olla alzó la mano y le quitó el molde a Bud.
—¿Sabéis una cosa? El ortodoncista quería quedarse con esto. —Mientras hablaba, lo tenía en el regazo—. Le dije que de eso, nada. Le hice ver que eran mis dientes. Así que, en cambio, le sacó unas fotografías al molde. Me dijo que las iba a sacar en una revista.
—Imaginaos qué clase de revista sería. No creo que haya mucha demanda para esa clase de publicación —dijo Bud, y todos reímos.
—Cuando me quitaron el aparato, seguí llevándome la mano a la boca cuando me reía. Así —dijo—. Todavía lo hago a veces. La costumbre. Un día dijo Bud: «Ya puedes dejar de hacer eso, Olla. No tienes por qué taparte unos dientes tan bonitos. Ahora tienes una dentadura preciosa.»
Olla miró a Bud. Bud le guiñó un ojo. Ella sonrió y bajó la vista.
Fran dio un sorbo a su copa. Tomé un poco de cerveza. Yo no sabía qué decir sobre todo aquello. Y Fran tampoco. Pero estaba seguro de que después haría muchos comentarios al respecto.
—Olla —dije—, yo llamé una vez aquí. Tú contestaste al teléfono. Pero colgué. No sé por qué lo hice.
Le di un sorbo a la cerveza. No sabía por qué había sacado el asunto a relucir.
—No me acuerdo —repuso Olla—. ¿Cuándo fue?
—Hace tiempo.
—No lo recuerdo —repitió, meneando la cabeza.
Pasó los dedos por la dentadura de yeso que tenía en el regazo. Miró la carrera y siguió meciéndose.
Fran me miró. Se mordió el labio. Pero no dijo nada.
—Bueno —dijo Bud—, ¿qué contáis?
—Tomad más frutos secos —nos recomendó Olla—. La cena estará lista dentro de poco.
Se oyó un grito en una habitación al fondo de la casa.
—Ya empieza —dijo Olla a Bud, haciendo una mueca.
—Es el pequeño —explicó Bud.
Se reclinó en la butaca y vimos el resto de la carrera, tres o cuatro vueltas, sin sonido.
Una o dos veces volvimos a oír al niño, grititos inquietos que venían de la habitación del fondo.
—No sé —dijo Olla. Se levantó de la mecedora—. Casi está todo listo para que nos sentemos a la mesa. Sólo tengo que terminar de hacer la salsa. Pero antes será mejor que le eche una mirada. ¿Por qué no vais a sentaros a la mesa? Sólo tardaré un momento.
—Me gustaría ver al niño —dijo Fran.
Olla seguía con los dientes en la mano. Se acercó al televisor y volvió a ponerlos encima.
—Ahora se podría poner nervioso. No está acostumbrado a los extraños. Espera a ver si puedo dormirle otra vez. Luego podrás verle. Mientras esté dormido.
Después se alejó por el pasillo hacia una habitación, y abrió la puerta. Entró en silencio y cerró la puerta. El niño dejó de llorar.


Bud apagó el televisor y fuimos a sentarnos a la mesa. Bud y yo hablábamos de cosas del trabajo. Fran escuchaba. De vez en cuando incluso hacía alguna pregunta. Pero yo sabía que estaba aburrida, y quizá un poco molesta con Olla por no permitirle que viera al niño. Echó una mirada por la cocina de Olla. Se retorció un mechón de pelo entre los dedos y pasó revista a las cosas de Olla.
Olla volvió a la cocina.
—Le he cambiado y le he dado su pato de goma. Es posible que ahora nos deje comer. Pero no me hago ilusiones.
Levantó una tapadera y apartó una cazuela del fogón. Echó una salsa roja en un tazón, y lo puso en la mesa. Levantó las tapaderas de otras cazuelas y miró a ver si todo estaba listo. En la mesa había jamón asado, boniatos, puré de patatas, habas, mazorcas de maíz, ensalada de lechuga. La hogaza de pan de Fran estaba en un lugar destacado, junto al jamón.
—He olvidado las servilletas —dijo Olla—. Empezad vosotros. ¿Qué queréis beber? Bud bebe leche en todas las comidas.
—Leche está muy bien —dije.
—Agua para mí —dijo Fran—. Pero puedo ponérmela yo. No quiero que me sirvas. Ya tienes bastante que hacer.
Hizo ademán de levantarse de la silla.
—Por favor —dijo Olla—. Eres la invitada. Quédate quieta. Deja que te la traiga.
Se estaba ruborizando de nuevo.
Nos quedamos sentados con las manos en el regazo, esperando. Pensé en la dentadura de yeso. Olla volvió con servilletas, grandes vasos de leche para Bud y para mí y otro de agua con hielo para Fran.
—Gracias —dijo Fran.
—De nada —repuso Olla.
Luego se sentó. Bud carraspeó. Inclinó la cabeza y dijo algunas palabras para bendecir la mesa. Hablaba en voz tan baja que apenas distinguí lo que decía. Pero comprendí su sentido; le daba gracias al Altísimo por los alimentos que íbamos a consumir.
—Amén —dijo Olla cuando él terminó.
Bud me pasó la bandeja del jamón y se sirvió puré de patatas. Entonces empezamos a comer. No hablamos mucho, salvo en alguna ocasión en que Bud o yo dijimos: «El jamón está muy bueno.» O: «Ese maíz dulce es el mejor que he comido en la vida.»
—Lo que es extraordinario es el pan —dijo Olla.
—Tomaré un poco más de ensalada, por favor, Olla —dijo Fran, tal vez ablandándose un poco.
—Coge más de esto —decía Bud, pasándome la bandeja del jamón o el tazón de la salsa roja.
De cuando en cuando oíamos los ruidos que hacía el niño. Olla volvía la cabeza para escuchar; luego, satisfecha de que fuese una agitación sin importancia, prestaba de nuevo atención a la comida.
—El niño está de mal humor esta noche —le dijo Olla a Bud.
—De todos modos, me gustaría verle —insistió Fran—. Mi hermana tiene una niña. Pero viven en Denver. ¿Cuándo podré ir a Denver? Tengo una sobrina que no conozco.
Fran pensó en ello durante un momento y luego continuó comiendo.
Olla se llevó a la boca el tenedor con un poco de jamón.
—Esperemos que se duerma —dijo.
—Queda mucho de todo —dijo Bud—. Comed todos un poco más de jamón y de boniatos.
—Yo no puedo comer ni un bocado más —dijo Fran. Dejó el tenedor en el plato—. Está estupendo, pero estoy llena.
—Tendrás que hacer sitio —le aconsejó Bud—. Olla ha hecho tarta de ruibarbo.
—Creo que comeré un poco —repuso Fran—. Cuando los demás hayáis terminado.
—Yo también —dije; pero sólo por cortesía. Odiaba la tarta de ruibarbo desde que a los trece años cogí una indigestión comiéndola con helado de fresa.
Terminamos lo que nos quedaba en los platos. Entonces volvimos a oír al condenado pavo real. Esta vez el bicho estaba en el tejado. Hacía un ruido sordo al andar de un lado para otro por las tejas.
—Joey se quedará frito en seguida —anunció Bud, meneando la cabeza—. Se cansará y se irá a acostar dentro de un momento. Duerme en uno de esos árboles.
El pájaro lanzó su grito una vez más. «¡Mii OO!», decía. Nadie dijo nada. ¿Qué había que decir?
—Quiere entrar, Bud —dijo Olla al cabo de poco.
—Pues no puede —contestó Bud—. Tenemos invitados, por si no te has dado cuenta. Estas personas no quieren tener a un puñetero pajarraco en la casa. ¡Ese pájaro asqueroso y tu dentadura vieja! ¿Qué va a pensar la gente?
Meneó la cabeza. Se rió. Todos reímos. Fran rió con todos nosotros.
—No es asqueroso, Bud —protestó Olla—. ¿Qué te pasa? A ti te gusta Joey. ¿Desde cuándo has empezado a llamarle así?
—Desde la vez que se cagó en la alfombra —dijo Bud y, dirigiéndose a Fran, añadió—: Perdona el lenguaje. Pero te aseguro que a veces me dan ganas de retorcerle el pescuezo a ese pajarraco. Ni siquiera vale la pena matarlo, ¿verdad, Olla? A veces me saca de la cama en plena noche con ese grito suyo. No vale un pimiento, ¿eh, Olla?
Olla meneó la cabeza ante las tonterías de Bud. Removió unas cuantas habas por el plato.
—¿Cómo es que tenéis un pavo real? —quiso saber Fran.
—Siempre había soñado tener uno —contestó Olla, levantando la vista del plato—. Desde que era niña y vi la fotografía de uno en una revista. Pensé que era la criatura más hermosa que había visto nunca. Recorté la fotografía y la puse encima de la cama. Conservé la fotografía muchísimo tiempo. Luego, cuando Bud y yo vinimos a esta casa, vi mi oportunidad. Le dije: «Bud, quiero un pavo real.» Bud se rió de la idea.
—Finalmente, pregunté por aquí —siguió Bud—. Oí hablar de un viejo que los criaba en el condado vecino. Aves del paraíso, los llamaba. Pagamos cien machacantes por esa ave del paraíso. —Se dio una palmada en la frente—. ¡Dios Todopoderoso, me he echado una mujer con gustos caros!
Sonrió a Olla.
—Sabes que eso no es cierto, Bud —dijo Olla que, dirigiéndose a Fran, añadió—: Aparte de todo, Joey es un buen guardián. Con Joey no necesitamos perro. Lo oye casi todo.
—Si los tiempos se ponen difíciles, como suele pasar, meteré a Joey en la cazuela —advirtió Bud—. Con plumas y todo.
—¡Bud! Eso no tiene gracia —dijo Olla. Pero se rió y todos echamos otra buena mirada a su dentadura.
El niño empezó a llorar de nuevo. Esta vez iba en serio. Olla dejó la servilleta y se levantó de la mesa.
—Si no es una cosa es otra —dijo Bud—. Tráelo aquí, Olla.
—Ya voy —dijo Olla, yendo por el niño.


El pavo real gimió otra vez, y sentí que se me erizaba el pelo en la nuca. Miré a Fran. Cogió la servilleta y luego la dejó. Miré por la ventana de la cocina. Afuera había oscurecido. La ventana estaba levantada y en el marco había una alambrada. Creí oír al pájaro en el porche de la entrada.
Fran torció la cabeza para mirar al pasillo. Aguardaba a Olla y al niño.
Al cabo del rato, Olla volvió con él. Le miré y contuve el aliento. Olla se sentó a la mesa con el niño. Lo sujetó por debajo de los sobacos para que pudiera sostenerse con los pies sobre su regazo y nos mirase. Olla miró a Fran y luego a mí. Esta vez no se ruborizó. Esperaba que uno de nosotros hiciera algún comentario.
—¡Ah! —exclamó Fran.
—¿Qué ocurre? —preguntó rápidamente Olla.
—Nada. Creí haber visto algo en la ventana. Pensé que era un murciélago.
—No hay murciélagos por aquí —aseguró Olla.
—Quizá fuese una mariposa nocturna —dijo Fran—. Era algo raro. ¡Vaya, menudo niño!
Bud estaba mirando al niño. Luego miró a Fran. Echó la silla sobre las patas de atrás y asintió con la cabeza.
—Está bien —dijo, volviendo a asentir—, no te preocupes. Sabemos que ahora mismo no ganaría ningún concurso de belleza. No es ningún Clark Gable. Pero dale tiempo. Con un poco de suerte, ya sabes, crecerá y se parecerá a su padre.
El niño estaba de pie en el regazo de Olla mirando en torno a la mesa, observándonos. Olla había bajado las manos hasta ponerlas en la cintura del niño para que éste pudiera mecerse hacia atrás y hacia adelante con sus gordas piernas. Sin excepción, era el niño más feo que había visto nunca. Era tan feo que no pude decir nada. Las palabras no me salían de los labios. No es que estuviese enfermo ni desfigurado. Nada de eso. Simplemente era feo. Tenía una cara grande y roja, ojos saltones, frente amplia y labios grandes y gruesos. Carecía de cuello propiamente dicho, y tenía tres o cuatro papadas bien llenas. Le formaban pliegues justo debajo de las orejas, que le brotaban de la cabeza calva. Carne grasienta le colgaba sobre las muñecas. Sus brazos y dedos eran gruesos. Llamarle feo era decir mucho en su favor.


El niño feo hizo ruidos y saltó una y otra vez sobre el regazo de su madre. Luego dejó de brincar. Se inclinó hacia adelante y trató de meter su gruesa mano en el plato de Olla.
Yo he visto niños. Mientras yo iba creciendo, mis dos hermanas tuvieron un total de seis hijos. Me crié entre niños. Los he visto a montones y de todas clases. Pero aquél lo superaba todo. Fran también le miraba fijamente. Supongo que tampoco sabía qué decir.
—Es un tío fuerte, ¿no? —dije.
—Por Dios que no tardará mucho en dedicarse al fútbol. Y con toda seguridad que no le faltará la comida en está casa.
Como para corroborarlo, Olla pinchó con el tenedor un trozo de boniato y lo llevó a la boca del niño.
—Tú eres mi niño, ¿verdad que sí? —le dijo a la criatura gorda, ignorándonos.
El niño se inclinó hacia adelante y abrió la boca para engullir el boniato. Alargó la mano hacia el tenedor que Olla le daba y luego apretó los puños. Masticó y se balanceó un poco más sobre el regazo de la madre. Tenía los ojos tan saltones que parecía conectado a algún enchufe.
—Es un niño estupendo, Olla —dijo Fran.
El niño torció el gesto. Empezó a agitarse otra vez.
—Deja entrar a Joey —dijo Olla a Bud.
Bud dejó que las patas de su silla tocaran el suelo.
—Creo que al menos deberíamos preguntar a esta gente si les importa —dijo.
—Somos amigos —repuse—. Haced lo que queráis.
—A lo mejor no les gusta tener en casa a un viejo pajarraco como Joey. ¿Se te ha ocurrido pensar en eso, Olla?
—¿Os importa a vosotros? —nos preguntó Olla—. ¿Os importa que entre Joey? Esta noche las cosas no van bien con el pájaro. Con el niño tampoco, me parece. Está acostumbrado a que Joey esté dentro y a jugar un poco con él antes de irse a la cama. Ninguno de los dos está tranquilo esta noche.
—A nosotros no nos preguntes —dijo Fran—. A mí no me importa que pase. Nunca he tenido uno cerca, hasta hoy. Pero no me importa.
Me miró. Supongo que quería que yo dijese algo.
—No, por Dios —dije—. Que entre.
Cogí mi vaso y terminé la leche.
Bud se levantó de la silla. Fue a la puerta y la abrió. Encendió las luces del jardín.
—¿Cómo se llama vuestro niño? —preguntó Fran.
—Harold —contestó Olla. Le dio al niño más boniato de su plato—. Es muy inteligente. Listo como el hambre. Siempre entiende lo que le dices. ¿Verdad, Harold? Espera a tener un niño, Fran. Ya verás.
Fran sólo la miró. Oí que la puerta de entrada se abría y luego se cerraba.
—Ya lo creo que es listo —dijo Bud al volver a la cocina—. Ha salido al padre de Olla. Ese sí que era un viejo listo.


Miré detrás de Bud y vi que el pavo real se había quedado en el cuarto de estar, sacudiendo la cabeza de un lado para otro, como cuando se mueve un espejo de mano. Se sacudió, y el ruido fue como un mazo de cartas barajándose. Avanzó un paso. Luego otro.
—¿Puedo coger al niño? —pidió Fran. Lo dijo como si Olla le hiciese un favor permitiéndoselo.
Olla le pasó el niño por encima de la mesa. Fran trató de que el niño se acomodara en su regazo. Pero él empezó a retorcerse y a hacer pucheros. —Harold —dijo Fran. Olla miraba a Fran con el niño.
—Cuando el abuelo de Harold tenía dieciséis años, se propuso leerse la enciclopedia de cabo a rabo. Y lo hizo. La terminó a los veinte. Justo antes de que conociera a madre.
—¿Dónde vive ahora? —pregunté—. ¿A qué se dedica? Quería saber qué había sido de un hombre que se había marcado un objetivo así.
—Ha muerto —repuso Olla.
Miraba a Fran, que para entonces tenía al niño tumbado y atravesado sobre sus rodillas. Le dio unos golpecitos bajo una de las papadas. Empezó a decirle cosas de esas que se dicen a los niños.
—Trabajaba en el bosque —dijo Bud—. Unos leñadores dejaron caer un árbol encima de él.
—Mamá recibió algo de dinero del seguro —prosiguió Olla—. Pero se lo gastó. Bud le envía un poco todos los meses.
—No mucho —explicó Bud—. A nosotros no nos sobra. Pero es la madre de Olla.
Para entonces, el pavo real se había envalentonado y empezaba a avanzar despacio, con pequeños movimientos bruscos y oscilantes, en dirección a la cocina. Llevaba la cabeza erguida, aunque torcida hacia un lado, con los ojos rojos fijos en nosotros. La cresta, un ramillete de plumas, sobresalía unos centímetros por encima de su cabeza. Un penacho se alzaba en su cola. El pájaro se detuvo a unos pasos de la mesa y se quedó observándonos.
—No los llaman aves del paraíso sin razón —comentó Bud.
Fran no levantó la vista. Dedicaba toda su atención al niño. Empezó a hacerle cosquillitas, lo que, en cierto modo, le gustaba a la criatura. Es decir, al menos dejó de estar inquieto. Lo alzó a la altura de su cara y le musitó algo al oído.
—Y ahora, no le cuentes a nadie lo que te he dicho.
El niño la miró fijamente con sus ojos saltones. Luego alargó la mano y agarró un mechón de los cabellos rubios de Fran. El pavo real se acercó más a la mesa. Ninguno de nosotros dijo nada. Simplemente nos quedamos .quietos, Harold vio al pájaro. Soltó el pelo de Fran y se irguió sobre su regazo. Señaló al ave con sus gruesos dedos. Empezó a brincar y a hacer ruido.
El pavo real dio rápidamente una vuelta a la mesa y se aproximó al niño. Frotó su largo cuello por las piernas de la criatura. Metió el pico bajo la parte de arriba del pijama del niño balanceando la cabeza de un lado para otro. El niño rió agitando los pies. Apoyándose en la espalda, el niño bajó rápidamente de las rodillas de Fran hasta el suelo. El pavo real siguió arremetiendo contra el niño, como si estuvieran metidos en un juego suyo. Fran retuvo al niño apretado contra sus piernas mientras la criatura se esforzaba por avanzar.
—Es sencillamente increíble —dijo.
—Ese pavo real está loco, eso es todo —dijo Bud—. El puñetero bicho no sabe que es un pájaro; ése es su principal problema.
Olla sonrió y nos mostró los dientes de nuevo. Miró a Bud, que retiró la silla de la mesa y asintió con la cabeza. Harold era un niño feo. Pero por lo que yo sé, creo que eso no les importaba mucho a Bud y a Olla. O si les importaba, tal vez pensasen: «Bueno, es feo, ¿y qué? Es nuestro niño. Y eso es sólo una etapa. Muy pronto vendrá otra. Hay esta etapa y luego viene la siguiente. Las cosas acabaran bien a la larga, una vez que se hayan recorrido todas las etapas.» Quizá pensaron algo así.
Bud cogió al niño y le hizo girar por encima de la cabeza hasta que Harold se puso a chillar. El pavo real plegó las plumas y se quedó mirando.
Fran meneó la cabeza otra vez. Se alisó el vestido por la parte donde había tenido al niño. Olla cogió el tenedor y jugueteó con las habas de su plato.
Bub se colocó al niño sobre la cadera.
—Todavía queda la tarta y el café —dijo.
Aquella noche en casa de Bud y Olla fue algo muy especial. Comprendí que era especial. Aquella noche me sentí a gusto con casi todo lo que había hecho en la vida. No podía esperar a estar a solas con Fran para hablarle de cómo me sentía. Aquella noche formulé un deseo. Sentado a la mesa, cerré los ojos un momento y pensé mucho. Lo que deseaba era no olvidar nunca, o dejar escapar, de algún modo, aquella noche. Ese es uno de los deseos míos que se han realizado. Y me dio mala suerte que resultase así. Pero, desde luego, eso no lo sabía entonces.
—¿En qué estás pensando, Jack? —me preguntó Bud.
—Sólo estoy pensando —le contesté, sonriendo.
—¿En qué? —insistió Olla.
Me limité a sonreír otra vez y a menear la cabeza.


Aquella noche, cuando ya habíamos vuelto a casa y estábamos bajo las sábanas, Fran dijo:
—¡Cariño, lléname de tu semilla!
Sus palabras me llegaron hasta los dedos de los pies, aullé y me dejé ir.
Más adelante, después de que las cosas cambiaran para nosotros y de que hubiese venido el niño, después de todo eso, Fran recordaba aquella noche en casa de Bud como el principio del cambio. Pero se equivocaba. El cambio sobrevino más tarde; y cuando ocurrió, fue como si les hubiese pasado a otros, no como algo que nos estuviese sucediendo a nosotros.
—Malditos sean aquella gente y su niño feo —decía Fran, sin razón aparente, mientras veíamos la televisión ya entrada la noche—. Y aquel pájaro maloliente. ¡Por Dios, qué necesidad hay de esas cosas!
Repetía mucho esa clase de cosas, aun cuando no volvió a ver a Bud y Olla desde aquella vez.
Fran ya no trabaja en la lechería, y hace mucho que se ha cortado el pelo. Y también ha engordado. No hablamos de ello. ¿Qué podría decir?
Sigo viendo a Bud en la fábrica. Trabajamos juntos y abrimos juntos las fiambreras del almuerzo. Si le pregunto, me habla de Olla y de Harold. Joey no aparece en la conversación. Una noche voló a su árbol y todo terminó para él. No volvió a bajar. «La vejez, quizá», dice Bud. Luego las lechuzas se apoderaron de él. Bud se encoge de hombros. Se come el bocadillo y dice que Harold será defensa algún día.
—Tendrías que ver a ese niño —dice Bud.
Yo digo que sí con la cabeza. Seguimos siendo amigos. Eso no ha cambiado nada. Pero tengo cuidado con lo que le digo. Sé que él lo nota y que desearía que fuese diferente. Yo también. Muy de tarde en tarde me pregunta por mi familia. Cuando lo hace, le digo que todo va bien.
—Todo va estupendamente —le digo.
Cierro la fiambrera del almuerzo y saco los cigarrillos. Bud asiente con la cabeza y bebe a sorbos el café. Lo cierto es que mi chico tiene tendencia al disimulo. Pero no hablo de ello. Ni siquiera con su madre. Con ella aún menos. Hablamos cada vez menos, ésa es la verdad. Por lo general, lo único que hacemos es ver la televisión. Pero recuerdo aquella noche. Me acuerdo de la manera en que el pavo real levantaba sus patas grises y recorría centímetro a centímetro el contorno de la mesa. Y, luego, mi amigo y su mujer dándonos las buenas noches en el porche. Olla le dio a Fran unas plumas de pavo real para que se las llevara a casa. Recuerdo que todos nos dimos la mano, nos abrazamos, diciéndonos cosas. En el coche, Fran se sentó muy cerca de mí mientras nos alejábamos. Me puso la mano en la pierna. Así fuimos a casa desde el hogar de mi amigo.

jueves, 15 de agosto de 2013

Una aventura - Sherwood Anderson

   Alice Hindman, que tenía ya veintisiete años cuando George Willard era todavía un muchacho, había pasado toda su vida en Winesburgo. Estaba empleada en la tienda de ultramarinos de Winney, y vivía en casa de su madre, que estaba casada en segundas nupcias.
      El padrastro de Alice, pintor de coches, era dado a la bebida. Tenía una historia muy extra­ña; valdrá la pena de que la cuente algún día.
      Cuando Alice tenía veintisiete años era una mu­chacha alta y más bien delgada. Su cabeza, muy voluminosa, era lo que más destacaba de su cuer-po; tenía las espaldas un poco inclinadas; los ojos y los cabellos castaños. Alice era una mujer muy tranquila que ocultaba, bajo apariencias de placidez, un fermento interior en continua ac­tividad.
      Alice había tenido una aventura amorosa con cierto joven, siendo ella una chiquilla de dieciséis años. En aquel entonces no había empezado to­davía a trabajar en el almacén. El joven, que se llamaba Ned Currie, era mayor que Alice. Estaba empleado, como George Willard, en el Winesburg Eagle; durante mucho tiempo se veía casi todas las noches con Alice. Paseaban juntos bajo los árboles, por las calles del pueblo, y hablaban del destino que darían a sus vidas. Alice era entonces una chiquilla muy linda, y Ned Currie la estrechó entre sus brazos y la besó. El joven se exaltó y dijo cosas que no pensaba decir; también Alice se llenó de exaltación, porque la traicionó su de­seo de que entrase en su vida monótona un rayo de belleza. También ella habló, quebróse la cor­teza exterior de su vida, toda su reserva y des­confianza características, y se entregó por com­pleto a las emociones del amor. A finales del oto­ño, Ned Currie se marchó a Cleveland, esperando colocarse en un periódico de aquella ciudad y abrirse camino en el mundo; y ella, con sus die­ciséis años, quería irse con él. Manifestóle con voz temblorosa su oculto pensamiento. «Yo tra­bajaré y tú podrás también trabajar —díjole—. No quiero echarte encima una carga inútil que te impida progresar. No te cases ahora conmigo. Prescindiremos por ahora de ello, aunque viva­mos juntos. Nadie murmurará aunque vivamos en la misma casa, porque nadie nos conocerá en aquella ciudad y la gente no se fijará en nos­otros.»
      Ned Currie se quedó confuso ante aquella re­solución y entrega que de sí misma le hacía su novia, pero se sintió también conmovido. Su pri­mer deseo había sido hacer de la muchacha su amante, pero cambió de resolución. Pensó en pro­tegerla y cuidar de ella. «No sabes lo que te dices —le contestó con aspereza—. Ten la seguridad de que no te consentiré que hagas semejante cosa. En cuanto consiga un buen empleo regresaré. Por el momento tendrás que quedarte aquí. Es lo único que podemos hacer.»
      La víspera del día en que había de marchar de Winesburgo para empezar su nueva vida en la ciudad, fue Ned Currie a buscar a Alice. Empe­zaba a anochecer. Pasearon por las calles durante una hora, luego alquilaron un cochecillo en las caballerizas de Wesley Moyer y salieron a dar un paseo por el campo. Salió la luna y los mucha­chos no supieron qué decirse. La tristeza le hizo olvidar al joven los propósitos que había hecho respecto a su manera de conducirse con la joven.
      Saltaron del coche junto a un extenso prado que descendía hasta el lecho del Wine Creek, y allí, en la pálida claridad, se hicieron amantes. Cuando regresaron a la población, hacia la media noche, los dos estaban alegres. Parecíales que ningún acontecimiento futuro podía borrar la ma­ravilla y la belleza de lo que acababa de ocurrir. Ned Currie dijo al despedirse de la joven a la puerta de la casa de su padre: «De aquí en ade­lante tendremos que seguir unidos, suceda lo que suceda.»
      El joven periodista no consiguió colocarse en Cleveland y marchó hacia el Oeste, a Chicago. Du­rante algún tiempo sentía su soledad y escribía todos los días a Alice. Pero la vida de la ciudad lo envolvió en su torbellino; fue haciendo ami­gos y descubrió en la vida nuevos motivos de atracción. Se hospedaba en Chicago en una pen­sión en la que había varias mujeres. Una de ellas despertó su interés y se olvidó de Alice, que había quedado en Winesburgo. Antes de finalizar el año dejó de escribirla y sólo se acordaba de la mu­chacha muy de tarde en tarde, cuando se sentía solitario o cuando paseaba por algunos de los parques de la ciudad y veía brillar la luz de la luna sobre la hierba, como brillaba aquella noche en el prado cercano al Wine Creek.
      La muchacha de Winesburgo, iniciada ya en el amor, fue creciendo hasta hacerse mujer. Cuando tenía veintidós años falleció de repente su padre, que tenía una guarnicionería. Como el guarnicio­nero era un antiguo soldado, su viuda empezó a cobrar al cabo de algunos meses una pensión de viudedad. Invirtió el primer dinero que cobró en comprar un telar, para dedicarse a tejer alfom­bras. Alice consiguió un empleo en la tienda de Winney. Durante varios años no hubo nada capaz de hacerle creer que Ned Currie no acabaría por volver a buscarla.
      Se alegró de estar empleada, porque la diaria rutina del trabajo en la tienda hacía menos largo y aburrido el tiempo de la espera. Empezó a aho­rrar dinero, con la idea de ir a la ciudad en busca de su amante en cuanto tuviese ahorrados dos o trescientos dólares, a fin de intentar reconquistar su cariño con su presencia.
      Alice no censuraba a Ned Currie por lo que había ocurrido en el campo, a la luz de la luna, pero experimentaba la sensación de que no sería capaz ya de casarse con otro hombre. Parecíale una monstruosidad la idea de entregar a otro lo que ella tenía conciencia de que sólo podía per­tenecer a Ned. No hizo caso alguno de otros jó­venes que procuraron atraer su interés. «Soy su mujer y continuaré siéndolo, vuelva o no vuelva», se decía a sí misma; y por muy dispuesta que estuviese a mirar por su propio interés, no habría sido capaz de comprender el ideal, cada vez más difundido hoy, de una mujer dueña de sus pro­pios destinos y persiguiendo, en un toma y daca, su propia finalidad en la vida.
      Alice trabajaba en la tienda desde las ocho de la mañana hasta las seis de la noche, y tres tar­des por semana volvía a la tienda a trabajar de siete a nueve. Conforme fue pasando el tiempo y ella sintió cada vez más su soledad, empezó a poner en práctica los recursos comunes a todas las personas solitarias. Por la noche, cuando subía a su cuarto, se arrodillaba en el suelo para rezar, y en medio de sus rezos murmuraba las cosas que hubiera querido decir a su amante. Se aficionó a objetos inanimados, y no consintió que nadie pusiese la mano en los muebles de su habitación. porque ésta era suya exclusivamente. Continuó ahorrando dinero, aun después de que abandonó su propósito de marchar a la ciudad en busca de Ned Currie.
      El ahorro se convirtió para ella en un hábito adquirido, y cuando necesitaba comprar ropa nue­va se privaba de hacerlo. A veces, en tardes llu­viosas, sacaba en el almacén su libreta del Banco y, abriéndola delante de ella, se pasaba las horas soñando cosas imposibles para economizar una cantidad de dinero suficiente para que ella y su futuro marido pudiesen vivir de las rentas.
      «A Ned le ha gustado siempre viajar por el mundo —pensó—. Yo le daré la oportunidad de hacerlo. Cuando estemos ya casados y pueda yo ahorrar su dinero y el mío, nos haremos ricos. Entonces podremos viajar juntos por todo el mundo.»
      Y fueron pasando las semanas, que se convir­tieron en meses, y los meses en años, y Alice con­tinuó esperando en la tienda de ultramarinos, soñando siempre con la vuelta de su amante. Su patrón, un anciano de pelo entrecano, dentadura postiza y un bigotito ralo que le caía sobre la boca, era poco aficionado a la charla; a veces, en los días lluvioso o en los días de invierno en que el temporal se desencadenaba sobre Main Street, pasaban horas y horas sin que entrase un solo cliente. Entonces Alice arreglaba y volvía a arreglar los géneros de la tienda. Permanecía de pie junto al escaparate, desde donde podía ob­servar la calle desierta, y pensaba en las noches en que paseaba con Ned Currie y en las cosas que éste le había dicho. «De aquí en adelante tendre­mos que ser el uno del otro.» Aquellas palabras resonaban una y otra vez en el cerebro de aque­lla mujer que iba entrando en años. Asomaban las lágrimas a sus ojos. A veces, cuando había salido su patrón y ella se encontraba sola en la tienda, apoyaba su cabeza en el mostrador y lloraba. «Ned, te estoy esperando», murmuraba una y otra vez; y su temor, que se iba deslizando en su in­1crior, de que no volviese nunca más adquirió cada vez mayor fuerza.
      La región que rodea a Winesburgo es deliciosa durante la época de primavera, después de las lluvias del invierno ,y antes de que lleguen los calurosos días del estío. El pueblo se levanta en medio de una llanura, pero más allá de los sem­brados surgen encantadoras extensiones de bos­ques. Hay en esas arboledas muchos pequeños rincones escondidos, lugares sosegados a donde suelen ir a sentarse los enamorados en las tardes de los domingos. Por entre los árboles se descu­bre la llanura y se ve desde allí a la gente de las granjas atareada en los corrales y a las personas que van y vienen en carruaje por las carreteras. Repican las campanas en el pueblo y de vez en cuando pasa un tren que, visto a lo lejos, parece de juguete.
      Pasaron muchos años después de la marcha de Ned Currie sin que Alice fuese al bosque los do­rningos con otros jóvenes; pero cierto día, a los (los o tres años de la marcha de aquél, haciéndo­sele insoportable su soledad, se vistió con sus mejores ropas y salió del pueblo. Encontró un pequeño espacio abrigado desde el cual podía distinguir el pueblo y una ancha faja de campo v se sentó. Asaltóle el temor de su edad y de la inutilidad de todo lo que hiciese. No pudo per­manecer sentada y se levantó. Puesta en pie, y al ir recorriendo con la mirada el paisaje, hubo algo, tal vez el pensamiento de aquella vida que no se interrumpía jamás a través de la cadena de las estaciones del año; hubo algo que la hizo fijar su atención en los años que pasaban. Se dio cuenta de que había perdido la belleza y la frescura de la juventud, y se estremeció de temor. En aquel momento tuvo por primera vez la sensación de que la habían estafado. No le echaba la culpa a Ned Currie y no sabía tampoco a quien echárse­la. Se sintió invadida de tristeza; cayó de rodillas y se esforzó por rezar, pero en lugar de oraciones salieron de sus labios palabras de protesta. «No volverá ya a mí. No volveré a encontrar ya la fe­licidad. ¿Por qué trato de engañarme a mí mis­ma?», exclamó; y se sintió poseída de una extra­ña sensación de alivio, nacida de aquel primer esfuerzo para enfrentarse con el miedo, que había llegado a ser una parte de su vida diaria.
      El año en que Alice cumplió los veinticinco ocurrieron dos cosas que rompieron la triste mo­notonía de sus días.
      Su madre se casó con Bush Milton, el pintor de coches de Winesburgo, y ella, por su parte, ingresó en la congregación de la Iglesia Metodis­ta. Alice se había hecho de la iglesia porque ha­bía llegado a tener miedo de la soledad de su vida. El segundo matrimonio de su madre había puesto más aún de relieve su aislamiento. «Me estoy haciendo vieja y rara. Si Ned vuelve, ya no me querrá. Los hombres de la ciudad donde él está viven en una perpetua juventud. Son tantas las cosas que allí ocurren que no tienen tiempo de hacerse viejos», se decía a sí misma con una sonrisa de amargura; y empezó a relacionarse resueltamente con otras personas. Todos los mar­tes por la noche, después de cerrar la tienda, iba a una reunión religiosa que se celebraba en el sótano de la iglesia, y los domingos por la noche, acudía a las reuniones de una sociedad que se llamaba la Liga de Epworth.
      Alice no dijo que no cuando Will Hurley, un hombre de mediana edad, empleado en una dro­guería y que pertenecía también a la iglesia, se ofreció a acompañarla hasta su casa. «Claro está que no consentiré que se acostumbre a estar con­migo, pero no veo peligro alguno en que venga de cuando en cuando», pensó, resuelta siempre a continuar siendo fiel a Ned Currie.
      Alice, sin que ella misma se diese cuenta, in­tentaba asirse de nuevo a la vida, débilmente al principio, pero luego con mayor resolución cada vez. Caminaba en silencio al lado del empleado de la droguería; pero más de una vez, en la oscu­ridad, mientras caminaban como dos estúpidos, alargó la mano para tocar suavemente los plie­gues de su americana. Cuando se despedía de ella, frente a la puerta de la casa de su madre, Alice, en lugar de entrar en casa, se quedaba un mo­mento junto a la puerta. Sentía impulsos de lla­mar al empleado aquel, de rogarle que se sentase con ella en la oscuridad del porche de la casa, pero temía que no la comprendiese. «No es a él a quien yo quiero —se decía a sí misma—. Lo que yo busco es huir de mi gran soledad. Si no tomo precauciones acabaré por desacostumbrarme del trato de la gente.»
. . .
      A principios de otoño del año en que cumplía los veintisiete, se apoderó de Alice un desasosie-go apasionado. No podía sufrir la compañía del empleado cíe la droguería y cuando llegaba, al atardeceder, para sacarla de paseo, ella lo despa­chaba. Su cerebro trabajaba con una intensa ac­tividad; volvía a casa fatigada de permanecer largas horas detrás del mostrador y se metía en la cama, pero no podía conciliar el sueño. Per­manecía con los ojos muy abiertos, queriendo penetrar en la oscuridad. Su imaginación jugaba dentro del cuarto como un niño que se despierta después de muchas horas de sueño. En lo más profundo de su ser había algo que no se dejaba engañar con fantasías y que exigía a la vida una respuesta bien definida.
      Alice cogió una almohada entre sus brazos y la apretó fuertemente contra sus senos. Se echó fuera de la cama y arregló la manta de manera que, en la oscuridad, abultaba como si hubiese alguien entre las sábanas; se arrodilló junto al lecho y acarició aquel bulto, susurrando una v otra vez como una cantilena: «¿ Por qué no ocurre algo de improviso? ¿ Por qué me dejan sola?» Aunque algunas veces se acordaba de Ned Currie, lo cierto es que no contaba ya con él. Sus deseos se habían hecho imprecisos. No suspiraba por Ned Currie ni por ningún otro hombre determinado. Quería ser amada, que hubiese algo que hiciese; eco a la llamada que surgía de su interior cada vez con mayor fuerza.
      Así las cosas, tuvo Alice una aventura; fue en una noche de lluvia, y aquella aventura la llenó de terror y confusión. Había regresado de la tien­da a las nueve y no estaba nadie en casa. Bush Milton andaba por el pueblo y su madre había ido a casa de una vecina. Alice subió a su cuarto y se desvistió a oscuras. Permaneció un momen­to junto a la ventana, escuchando el ruido de las gotas que golpeaban los cristales, y de pronto se apoderó de ella un extraño deseo. Sin detenerse a pensar en lo que iba a hacer, echó a correr es­caleras abajo por la casa en tinieblas y se zam­bulló en la lluvia que caía. Mientras permanecía de pie en el pequeño espacio sembrado de yerba que había frente a su casa, sintiendo correr por su cuerpo la fría lluvia, se adueñó por completo de ella un deseo loco de echar a correr desnuda por las calles.
      Se imaginó que la lluvia ejercía sobre su cuerpo un influjo creador y maravilloso. Hacía muchos años que no se había sentido tan llena de juven­tud y de energía. Sentía impulsos de saltar y de correr, de gritar, de topar con algún ser humano solitario y abrazarse a él. Por la acera enladrilla­da se oyeron las torpes pisadas de un hombre que iba camino de su casa. Alice echó a correr. Poseíala un capricho salvaje y desesperado. «¡Qué me importa quién sea! Está solo, y yo me llega­ré a él —pensó—; y sin detenerse a reflexionar en las posibles consecuencias de su locura, lo llamó cariñosamente de este modo: ¡Espera! No marches. Seas quien seas, tienes que esperar.»
      El hombre que pasaba por la acera se detuvo v se quedó escuchando. Era viejo y algo sordo. Se llevó la mano a la boca para dar más resonan­cia a sus palabras y gritó con toda su fuerza: «¿Cómo? ¿Qué dice?»
      Alice se dejó caer al suelo toda temblorosa. Tan asustada quedó, pensando en lo que había hecho, que cuando el hombre siguió su camino ella no tuvo valor para ponerse en pie, sino que se diri­gió hasta su casa gateando sobre la yerba. Cuan­do llegó a su cuarto, se cerró por dentro y arrimó la mesa de tocador a la puerta. Su cuerpo tirita­ba como si hubiese cogido frío; y era tal el tem­blor de sus manos que no podía ponerse el ca­misón. Se metió en la cama, hundió su rostro en la almohada y sollozó desconsoladamente. «¿Qué es lo que me pasa? Si no tomo precaucio­nes, un día haré algún disparate horrible», pensa­ba. Se volvió de cara a la pared y procuró armarse ele valor para hacerse a la idea de que son mu­chas las personas que se ven obligadas a vivir y morir solitarias, aun en Winesburgo.

viernes, 9 de agosto de 2013

Una mujer poco frecuente - William Samson

Había una vez un joven que estaba de visita en Roma.
Era su primera visita; venía del campo, pero por un lado no era tan joven ni por otro tan simple como para imaginar que una hermosa y gran capital pudiera albergar promesas más bellas que cualquier otra parte. Ya sabía que la vida era en gran medida ilusiones, que, aunque ocurrieran cosas maravillosas, muchos desengaños vendrían compensarlas; también sabía que la vida podía ofrecer algo peor aún: la posibilidad de que no ocurriera absolutamente nada. Y esto último siempre era mucho más probable en una gran ciudad concentrada en sus propios asuntos.
Pensando en eso, se detuvo en las escalinatas de la Piazza di Spagna e inspeccionó el magnífico panorama que se desplegaba ante sus ojos. Escuchó el envolvente zumbido del tránsito y observó cómo se encendían las luces contra el dorado atardecer de Roma. Los automóviles se desplazaban con sigilo cerca de las fuentes y tomaban, imperiosos, la luminosa Via Condotti; los rojos carteles de neón apuñalaban las sombras con invitaciones; las ventanas amarillas de los ómnibus estaban atestadas de rostros concentrados en ir hacia algún lugar: todos en la ciudad parecían tener un plan para aquella noche. Él era el único sin nada que hacer.
Se sintió la única persona completamente sola en la ciudad. Pero buscar aventuras no es la mejor manera de atraerlas, más bien las ahuyenta. Semejante estado de ánimo no promete nada. De modo que el joven subió los escalones, dejó atrás la encantadora iglesia y siguió subiendo la cuesta adoquinada rumbo a su hotel. En los bares y restaurantes de esas calles angostas había cada vez más bullicio. Pero en las anchas veredas de la Vittorio Veneto, bajo las hileras de árboles que conducían a la Villa Borghese, la alta sociedad romana debía de estar llenando los cafés más elegantes de Europa para disfrutar del crepúsculo con un aperitivo. ¡Eso sería lo más solitario del mundo! Por eso el joven prefirió las calles más tranquilas, más antiguas, para el solitario regreso a su habitación.
En una de esas calles, un callejón sin veredas entre viejas casas amarillas, una de esas calles que en Roma de golpe pueden abrirse a una piazza secreta con su fuente y su iglesia barroca, un rincón grave y preciado, advirtió que estaba solo, salvo por una figura femenina que bajaba la cuesta en su dirección.
A medida que la mujer se acercaba, vio que vestía con elegancia, que en su porte ardía un suave fuego latino, que su andar inspiraba respeto. Un velo le cubría la cara, pero era imposible imaginar que no fuera hermosa. Solo con ella, pasando tan cerca de ella, ella, que simbolizaba la aventura que la noche romana le había negado, lo sobrecogió una melancolía aún más grande. Se sentía miserable como una alcantarilla, pequeño, hundido, digno de lástima. Encorvó los hombros y bajó la vista, pero no sin antes lanzar una mirada furtiva hacia los ojos de la mujer.
Lo que vio lo impactó tanto que se detuvo; se quedó mirándola, impresionado. No, no se había equivocado. La mujer estaba sonriendo. Además, ella también había titubeado. Lo primero que pensó fue: “¿Será una puta?”. Pero no, no tenía esa clase de sonrisa, aunque la de ella tampoco carecía de afecto. Y entonces, para su asombro, la mujer habló:
—Yo… Yo sé que no debería pedírselo, pero es una noche tan hermosa, y tal vez usted está solo, tan solo como yo…
Era muy bella. Lo había dejado sin habla. Pero su creciente euforia lo hacía sonreír. Ella continuó, vacilante todavía, sin dar ninguna impresión de que estuviera buscando un cliente.
—Pensaba que… quizás… podríamos dar un paseo, tomar algo…
Por fin, el joven juntó coraje.
—Nada en el mundo me gustaría más. Y la Via Veneto está solo a un minuto de aquí.
Ella volvió a sonreír.
—Mi casa está cerca…
Caminaron en silencio unos pocos pasos por esa misma calle, hasta un callejón por el que la joven ya había pasado. Ella se lo indicó con un gesto. Caminaron por allí hasta donde las primeras casas humildes desembocaban en una especie de recoveco. Se toparon con el muro de un jardín, y detrás del muro vieron una inmensa y elegante mansión. La mujer, cuya cara estaba tocada por un raro y débil resplandor –producto de la transparente palidez de su piel fina, de sus ojos grises pero brillantes, de las cejas oscuras y del cabello reluciente– introdujo la llave en la puerta del jardín.
Un sirviente de librea de terciopelo salió a recibirlos. En un salón grande y suntuoso, bajo arañas de cristal fino, y frente a un jardín de césped húmedo en el que jugaba el agua, se les sirvió un vino espumante. Hablaron. El vino –helado en la cálida noche romana– los llenó de júbilo. Pero, de vez en cuando, el joven miraba a la mujer con curiosidad.
Con sus miradas, con as sutiles inflexiones de sus dientes y de sus ojos, ella estaba induciendo una intimidad que sugería mucho. Él sintió que debía tener cuidado. Después pensó que quizá lo mejor sería darle las gracias para evitar cualquier compromiso en ciernes. Pero ella lo interrumpió, primero con una sonrisa, después con una mirada un poco triste. Le suplicó que se ahorrara las preocupaciones; ella sabía que aquello era raro, que dada la situación él podría sospechar segundas intenciones; pero la simple verdad era que se sentía sola y –esto con cierta deferencia– que quizás algo en él, quizás ese momento del ocaso en la calle, le había resultado ineludiblemente atractivo. No había podido contenerse. La posibilidad de un encuentro perfecto –un sueño que años de desilusión no habían podido matar del todo– lo decidió. Ya no podía controlar su euforia. Le creyó. Y de allí en más las perfecciones se multiplicaron.
Ella lo invitó a cenar. Los sirvientes trajeron platos exquisitos: mariscos, carne de ave, frutos. Y después se sentaron en un sofá cerca del jardín, donde estaba fresco. Llegaron los licores. Los sirvientes se retiraron. En la casa reinaba la calma. Se abrazaron. Poco después, sin decir nada, ella lo tomó del brazo y lo guió fuera del salón. ¡Qué silencio tan profundo había caído entre ellos! El corazón del joven latía desbocado… Ella podría oírlo retumbar en el vestíbulo cuyo piso de mármol estaban atravesando, pensó el joven, su propio brazo podría trasmitírselo. Pero la excitación nacía ahora de la certeza. Certeza de que en un momento como ese, en una noche tan encantadora, nada podía salir mal. No había necesidad de hablar. Subieron juntos la escalera imponente.
En el dormitorio, a la imagen de ella enmarcada por las cortinas de la cama y tenuemente desnuda bajo la combinación de seda, él le confesó su amor: un amor que sería eterno, que sería siempre perfecto, tan fabuloso como aquel maravilloso encuentro.
Con dulzura, ella le declaró un amor recíproco. Nunca habría ningún problema, nada se interpondría entre ellos. Y con delicadeza abrió las cobijas para dejarlo entrar.
Pero cuando por fin yacía acostado junto a ella, cuando sus labios estaban a punto de rozar los labios de su amada, él vaciló.
Algo estaba mal. Se percibía que algo andaba mal. Prestó atención, sintió y descubrió que la culpa era toda suya. Las lámparas de la mesa de noche tenían pantallas, pantallas opacas, pero él había cometido el descuido de dejar encendida la brillante araña eléctrica que pendía del cielorraso. Recordó que el interruptor estaba junto a la puerta. Durante una fracción de segundo, él vaciló. Ella abrió los ojos, lo vio mirar la araña, comprendió.
Sus ojos destellaron. Murmuró:
—Amado mío, no te preocupes, no te muevas…
Y extendió la mano. Su mano se alargó, su brazo se volvió cada vez más largo, atravesó las cortinas de la cama y cruzó la larga alfombra –un brazo enorme que proyectaba su enorme sombra sobre la habitación– hasta que por fin sus dedos gigantes llegaron a la puerta. Con un clic definitivo, apagó la luz.

viernes, 26 de julio de 2013

Un día perfecto para el pez banana - J.D. Salinger

En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada El sexo es divertido... o infernal. Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad.
Mientras el teléfono llamaba, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el borde de la luna. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del asiento junto a la ventana un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de luz, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya tendida y –ya era la cuarta o quinta llamada– levantó el tubo del teléfono.
—Hola —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que tenía puesto, salvo las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.
—Gracias —contestó la chica, e hizo lugar en la mesita de luz para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no llamaste? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos acá han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica aumentó un poco más el ángulo entre el auricular y su oreja.
—Estoy perfectamente. Con calor. Este es el día más caluroso que ha habido en la Florida desde...
—¿Por qué no llamaste? Estuve tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Puedo oírte perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegaron?
—No sé... el miércoles, a la madrugada.
—¿Quién manejó?
—El —dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Manejó él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá —interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el camino, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacerse el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que manejó muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... podía notarse. Entre paréntesis, ¿papá hizo arreglar el auto?
—Todavía no. Piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. No hay motivo, entonces...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el auto y demás...
—Muy bien —dijo la chica.
—¿Siguió llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo.
—¿Cuál?
—Mamá... ¡qué importancia tiene!
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá —interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Acuérdate... esos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Tú lo tienes.
—¿Estás segura? —dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había lugar en la... ¿Por qué? ¿El te lo pidió?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el auto. Me preguntó si lo había leído. —¡Pero está en alemán!
—Sí, querida. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...
—Espantoso. Espantoso. En verdad es triste. Anoche dijo tu padre.
.. —Un segundito, mamá —dijo la chica. Cruzó hasta el asiento junto a la ventana en busca de sus cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá? —dijo, exhalando el humo.
—Muriel... mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Ajá? —dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, así me dijo... ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan hermosas de las Bermudas... todo.
—¿Y entonces...? —dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad... una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la cabeza. Te lo juro.
—Aquí en el hotel hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es muy bueno.
—Nunca lo oí nombrar.
—De todos modos dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de cablegrafiarte que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma...
—Muriel... palabra... El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la valija y volver a casa porque sí —dijo la chica—. De cualquier modo, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te quemaste mucho? ¿No usaste ese bronceador que te puse en la valija? Está...
—Lo usé. Me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te quemaste?
—Me quemé toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿le hablaste a ese psiquiatra? —Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Tocó el piano las dos noches que hemos pasado aquí. —Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! El fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al Bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour no había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por qué te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y qué sé yo —dijo la chica—. La cuestión es que después de jugar al Bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en la vidriera de Bonwit? Que tú dijiste que había que tener un chico, chiquísimo...
—¿El verde?
—Lo tenía puesto. Con esas caderas. Se la pasó preguntándome si Seymour estaba emparentado con esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—¿Pero él qué dijo? El médico.
—¡Ah! sí... Bueno... en realidad, mucho no dijo. Sabes, estábamos en el bar. Había un bochinche terrible. —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No abundé en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablarle de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... tú sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no —dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, el ruido era tal que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le aliviané un poco el forro.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero encantadora. Por todos lados se ven lentejuelas —dijo la chica.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica—. Este año la gente es un espanto. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido tipo bailarina?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio estás bien?
—Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de hacerse cargo si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar una flor...
—Cuando pienso cómo estuvieste esperándolo a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas tan locas que...
—Mamá —dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No dije nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita la salida de baño.
—¿No se quita la salida de baño?¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzarse de piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel. Hazme caso.
—Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en el mismo momento en que haga, o diga, algo raro..., tú me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica—. Cariños a papá —colgó.
Ver más vidrio (*)(*) —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su mamá—. ¿Viste más vidrio?
—Gatita, por favor, no sigas repitiendo eso. La vas a enloquecer a mamita. Quédate quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Usaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales no necesitaría realmente por nueve o diez años más.
—En verdad no era más que un pañuelo de seda común... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosura.
—Por lo que usted me dice, parece precioso —asintió la señora Carpenter.
—Quédate quieta, Sybil, gatita...
—¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, gatita. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando quedó en libertad, Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo inundado y derruido, y enseguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia las arenas flojas. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo.
El joven se sobresaltó, y se llevó la mano derecha, instintivamente, a las solapas de su salida de baño. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te estaba esperando —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué? —dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en avión —dijo Sybil, pateando la arena.
—No me tires arena a la cara, nena —dijo el joven, tomando con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando cada minuto. Cada minuto.
—¿Dónde está la señora?
—¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Haciéndose teñir el pelo de color visón. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación.
Poniéndose boca abajo cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil —dijo—. Tienes un traje de baño muy lindo. Si hay algo que me gusta, es un traje de baño azul.
Sybil lo miró fijo, y después contempló su barriga sobresaliente.
—Este es amarillo —dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio, si quieres saberlo. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. —Necesita aire —dijo.
—Es verdad. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy linda. Es un gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricorniano.
¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente.
Le soltó los tobillos, encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía sacarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—!Ah!, no. No era posible —dijo el joven—. Pero, ¿sabes lo que hice, en cambio?
—¿Qué?
—Hice de cuenta que eras tú.
Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena.
—Vamos al agua —dijo.
—Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo arreglarme para hacerlo.
—La próxima vez, sácala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que saque a quién?
A Sharon Lipschutz.
¡Ah!, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos —repentinamente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Vamos a tratar de pescar un pez banana.
—¿Un qué?
—Un pez banana —dijo, y desanudó el cinto de su salida de baño.
Se la quitó. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida, primero a lo largo, después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Se agachó, recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Luego, con la mano izquierda tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana —dijo el joven. . —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé —dijo Sybil.
—Claro que sabes. Tienes que saber. Sharon Lipschutz sabe donde vive, y no tiene más que tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Recogió una conchilla común y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, con la barriga hacia adelante. —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, tomó el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No te imaginas cómo eso aclara todo —dijo él.
Sybil soltó su pie: —¿Has leído El negrito sambo? —dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche —se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció? —le preguntó.
—¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis —dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices nada más?
—¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué? —dijo el joven.
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza. —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.
—Sí. Sí, me gusta. Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas —dijo ella por último.
—¡Ah!, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. ¡Caracoles! Está fría. —Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más afuera.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? —preguntó.
—No me sueltes —dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana.
—No veo ninguno —dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho.
—Llevan una vida muy triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella meneó la cabeza.
—Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces banana.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
—Sí —dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué? —preguntó Sybil.
—Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.
—La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos. —Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: —Acabo de ver uno.
—¿Un qué, mi amor?
—Un pez banana.
—¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?
—Sí —dijo Sybil—. Seis.
El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante?
—¡No!
—Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel.
El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice? —dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso —dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso por favor.
Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las valijas, la abrió y extrajo una automática debajo de una pila de calzoncillos y camisetas –Ortgies calibre 7.65–. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Corrió el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.




(*)Se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor glas) y confunde el sonido con la expresión see more glass (ver más vidrio).

El largo adiós (fragmento) - Raymond Chandler


Antecedentes: La escena ocurre en la ciudad de Los Angeles. El detective Philip Marlowe ha sido citado en el bar de un hotel por un futuro cliente. El fragmento que sigue narra el momento en que Marlowe va a encontrarse con él en el hotel.



Capítulo 13


A las once de la mañana me encontraba sentado en el tercer comportamiento del lado derecho, al entrar desde el comedor anexo. Tenía la espalda apoyada contra la pared y podía ver a cualquiera que entrara o saliera. Era una mañana clara, sin neblina ni alta nubosidad, y el sol deslumbraba la superficie de la pileta de natación que comenzaba inmediatamente después de la pared con azulejos del bar y se extendía hasta el extremo opuesto del comedor. Una muchacha con malla blanca de piel de tiburón, de deliciosa silueta, subía la escalera del trampolín alto. Observé la franja de piel pálida que aparecía entre la piel quemada de sus muslos y la malla. La observé carnalmente. Luego desapareció de mi vista, oculta por la inclinación del techo. Un momento después la vi descender como una flecha haciendo un uno y medio. La salpicadura subió lo suficiente como para alcanzar el sol y hacer varios arcos iris tan hermosos como la muchacha misma. Luego volvió a la escalera y se sacó el gorro blanco y sacudió el pelo. Bamboleó su trasero hacia una mesita blanca y se sentó junto a un leñador de pantalones blancos de algodón y anteojos ahumados y tan quemado que no podía ser otra cosa que el cuidador de la pileta. Este se inclinó y le dio una palmada en el muslo. Ella abrió una boca del tamaño de una boca de incendio y rió. Aquello terminó con mi interés en ella. No oía su risa, pero la sima abierta en su rostro cuando abrió el cierre relámpago sobre su dentadura me bastaron.
El bar estaba bastante vacío. Tres asientos más allá, un par de graciosos se estaban vendiendo mutuamente trozos de películas de la Twentieth Century Fox, utilizando movimientos de ambos brazos en vez de dinero. Tenían un teléfono sobre la mesa, entre ellos, y cada dos o tres minutos, jugaban al juego de quién llamaba primero a Zanuck para ofrecerle una idea genial. Eran jóvenes, morenos, ansiosos y llenos de vitalidad. Desplegaban tanta actividad muscular en la conversación telefónica como la necesaria para subir a un hombre gordo por una escalera hasta el cuarto piso.
Había un tipo triste junto al mostrador del bar, hablándole al encargado del bar, quien limpiaba un espejo y escuchaba con esa sonrisa plástica que usa la gente cuando trata de no gritar. El cliente era de mediana edad, bien vestido y estaba borracho. Quería hablar y no habría dejado de hacerlo aunque realmente no hubiera tenido deseos de hablar. Era amable y amistoso, y cuando yo lo oí no parecía tartamudear mucho, pero uno se daba cuenta que se agarraba a la botella y sólo la dejaba cuando se quedaba dormido por la noche. Así sería para el resto de su vida, y su vida era todo eso. Nunca se sabría cómo había llegado a ello, porque aunque él lo contara, no sería verdad. Cuando más, una distorsionada versión de la realidad, tal como él la conocía. Hay un hombre triste como aquél en cada bar tranquilo del mundo.
Miré el reloj y comprobé que el poderoso editor llevaba veinte minutos de atraso. Decidí esperar media hora y después irme. Nunca conviene dejar que el cliente establezca las reglas. Si él lo trata a los empujones supondrá que otra gente también puede hacerlo y no lo contrata a usted por eso. Y precisamente en aquel momento yo no tenía tanta necesidad de trabajo como para permitir que algún ricachón del lejano Este me usara como silla de montar, uno de esos directores importantes con oficinas revestidas de madera en el piso ochenta y cinco, una hilera de botones y teléfonos internos y una secretaria del Instituto Hattie Carnegie para Oficinistas Especiales, con un par de ojos grandes, hermosos, prometedores. Este era el tipo de explotador que le diría a usted que lo espera a las nueve en punto, y si a usted se le ocurriera no estar sentado y quietecito, con una sonrisa amable en la cara, cuando él apareciera dos horas más tarde, en un inmenso Gibson, sufriría un paroxismo de ultrajada capacidad ejecutiva que requeriría una estadía de cinco semanas en Acapulco antes de poder ocuparse nuevamente de sus asuntos.
El mozo pasó a mi lado y dirigió una mirada suave al débil whisky con agua de mi vaso. Sacudí la cabeza y el mozo siguió de largo. Fue entonces cuando entró en el bar un verdadero sueño en forma de mujer. Por un instante me pareció que todo sonido habíase apagado en el bar, que los dos graciosos habían cesado de negociar y que el borracho sentado en el taburete había dejado de mascullar; fue como cuando el director de orquesta golpea con la batuta en el atril, levanta los brazos y mantiene a todos en suspenso. Era delgada y bastante alta; llevaba un traje sastre de hilo blanco con un pañuelo de pintitas blancas y negras alrededor del cuello. El cabello era de color oro pálido como el de las princesas de los cuentos de hadas. El pequeño sombrero y el cabello dorado alrededor recordaban un pájaro en su nido. Los ojos eran de un color extraño, azul violáceo, y las pestañas largas y quizá demasiado claras. Se dirigió hacia la mesa de enfrente y empezó a sacarse los guantes blancos. El mozo se acercó en seguida y le apartó la mesa en tal forma y con tanta deferencia que no existe mozo en el mundo que me la hubiera apartado a mí de esa manera. La joven se sentó, aseguró los guantes con una cadenita de la cartera y agradeció al mozo con una sonrisa tan suave, tan exquisitamente pura, que el hombre casi quedó paralizado por la emoción. Ella dijo algo en voz baja y el mozo, después de inclinarse hacia adelante, salió casi corriendo. He ahí un tipo que realmente tenía una misión en la vida.
Le clavé la vista y ella captó mi mirada. Levantó los ojos media pulgada y me pareció haber dejado de existir. Casi perdí el aliento.
Hay rubias y rubias, y hoy en día es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto tal vez las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter, tan suave y blando como el empedrado de la vereda. Está la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Está la rubia que lo mira de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga de su brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo y dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará ahí, un arma que nunca deja de usarse, tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.
Está la rubia dulce y dispuesta y aficionada a la bebida, a quien no le importa lo que lleva puesto –siempre que sea visón– o adónde va –siempre que sea el Starlight Roof y haya mucho champaña seco–. Está la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común, y sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Está la rubia pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo “La tierra perdida” o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.
Y, por último, está la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en el cabo de Antibes, un coche Alfa Romeo completo con chofer y acompañante y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa de un anciano duque que dice buenas noches a su criado.
Aquel sueño atravesado en mi camino no pertenecía a ninguna de esas categorías; ni siquiera era de este mundo. Era inclasificable, tan remota y clara como el agua de la montaña, tan evasiva como su color. Todavía la miraba, cuando oí junto a mí una voz que decía:
—Me he retrasado en forma imperdonable. Le ruego que me disculpe. Mi nombre es Howard Spencer. Usted es Marlowe, por supuesto.

Di vuelta la cabeza y lo miré. Era de mediana edad, más bien regordete, vestido en forma un tanto despreocupada, pero bien afeitado, y el pelo muy fino peinado hacia atrás con todo cuidado. Usaba un llamativo chaleco cruzado, prenda que muy pocas veces se ve en California, como no sea llevada por algún visitante de Boston. Llevaba lentes y bajo el brazo un portafolio viejo y gastado.

viernes, 28 de junio de 2013

Hasta la última gota de sangre - Dino Buzzati

Cuando se supo que los filibusteros se acercaban a nuestra isla, se nombró un comité de defensa; me llamaron para que formara parte de él. Perdidos en el océano, no nos quedaba más remedio que confiar en nuestras fuerzas. En esos tiempos la gendarmería era exigua, y dotada de armas viejas, en su mayoría decorativas. El cuartel, a causa de un cambio de guarnición, se encontraba vacío. No obstante debíamos defendernos. Los del comité pensamos pedir consejo a su excelencia el famoso general Imagine, que varios años antes se había retirado a la vida privada en nuestro medio, en el palacio de su familia.
El general Antonio Imagine era ya muy viejo. No había que pensar siquiera en la posibilidad de que asumiera personalmente el mando de la defensa, erguido sobre los picos del antiguo peñón. Sin embargo, era el ciudadano más ilustre; podía ofrecernos, ya que carecíamos de toda experiencia de disciplina militar, preciosos consejos; y una proclama suya, por ejemplo, habría sin duda ayudado a encender los ánimos de la población, deprimidos por el terror.
Al solicitar una entrevista, nos respondieron que el general estaba indispuesto. Al insistir, su excelencia consintió finalmente en recibirnos. Pero nos rogaron que no lo fatigáramos y que nos quedáramos lo menos posible.
Nos presentamos a las cuatro de la tarde en el palacio Imagine, que se alzaba tétrico y protervo sobre el augusto y antiguo depósito. Un criado nos acompañó mientras subíamos la escalinata. Los vitrales de la iglesia, las pesadas colgaduras reducían de tal modo la luz que en todas partes había lamparitas eléctricas encendidas. En la antecámara se nos acercó una señora digna y preocupada, que repitió las recomendaciones:
—Les ruego, tengan consideración... desde hace cierto tiempo ya ni siquiera es el mismo... nos tiene en una preocupación continua... en fin, no está bien... también ustedes se darán cuenta.
Y lanzaba frecuentes miradas circulares, aludiendo quién sabe a qué siniestras insinuaciones. Luego abrió lentamente la puerta.
Era el dormitorio del general; amueblado y tapizado a la antigua, con muebles pesados y oscuros, con damascos oscuros en las paredes, alfombras espesas, una infinidad de retratos y fotografías en los muros y dos biombos colocados en los rincones, para ocultar quizá los objetos más íntimos. Todo se veía extremadamente ordenado. Pero nos detuvimos indecisos en la entrada, porque el blanco lecho, iluminado por una lámpara, nos pareció vacío. Y en la habitación no había nadie.
De pronto se movió entre las sábanas blancas una cosa pequeña y gris como un animalito. Acercándonos, distinguimos un pájaro, más o menos de la dimensión de un gorrión grande, que con mucho esfuerzo trataba de meter la cabeza bajo la almohada. Se asemejaba a una de esas aves vagabundas y abandonadas que se golpean contra las ventanas de las casas de campo en las noches heladas de invierno; el cuerpo macilento, las plumas hirsutas y feas, como en los canarios enfermos. La dama que nos acompañaba se adelantó, meneando la cabeza:
—Ya ven los señores –-murmuró—, su excelencia está muy cambiado en estos últimos tiempos... hay que tener consideración...
Nos habían dicho que el general Imagine sufría ciertos trastornos, que el recuerdo de sus antiguas glorias, además de la idea de la última guerra que habíamos perdido, lo consumía literalmente. Pero en qué condiciones, para ser francos, ninguno de nosotros lo hubiera imaginado: ¡un descarnado y mísero pajarito!
Nuestro presidente, el doctor Azaná, hombre de acción, se volvió hacia la dama preguntando en voz baja:
—Pero ¿por qué no le dan más de comer? Qué sé yo, un poco de carne picada, por ejemplo.
—No me hable —susurró la señora—. No conseguimos hacerle tragar un bocado.
Luego, inclinándose sobre el animalito, en voz alta, como si hablara con un sordo, dijo:
—Excelencia, excelencia, perdone. Están los señores del comité.
El pájaro, o mejor dicho el general Imagine, retiró sobresaltado la cabeza que había introducido parcialmente bajo la almohada, y con dificultad se irguió sobre las patitas, mirándonos. Del pico surgió una voz fina, es verdad, pero extrañamente decidida, llena de dignidad y espíritu militar:
—Buen día, señores, siéntense, estoy a sus órdenes.
Después, como si la fatiga de decir esto hubiera sido excesiva, se dejó caer nuevamente sobre la sábana, jadeando.
Medimos la dificultad de la situación. El general estaba sin duda en las últimas, y su ayuda no podía ser gran cosa. Ni siquiera era sensato esperar de él una breve proclama. Entre otras cosas, ¿cómo habría hecho para escribirla? ¿Metiendo quizá el pico en el tintero?
El doctor Azaná no perdió el tino
—Excelencia —pronunció con voz solemne—. Los piratas ya están a la vista de nuestra isla. La guarnición militar se encuentra ausente. Tenemos que pensar en defendernos. No nos habríamos atrevido nunca a molestarlo, si no estuviéramos seguros de encontrar en usted un guía de suprema autoridad.
Pasaron algunos instantes, y con penosos intentos el viejo general consiguió erguirse nuevamente sobre las patitas, oscilando un poco. Sobre las plumas del magro pecho, a la izquierda, distinguimos unas pequeñas manchas multicolores; un resto, pensamos, de sus innumerables medallas.
El pico se abrió, se hizo oír la voz finita pero autoritaria:
—Amigos, en los viejos tiempos mi consigna era una sola: hasta la última gota de sangre.
Pronunciaba las sílabas abriendo y cerrando el pico con golpecitos secos. Parecía que decir esas palabras le produjera un placer inmenso. Pero a nosotros ¿de qué podían servirnos? El doctor Azaná insistió, especificando:
—Excelencia, no podemos decidir si conviene iniciar la resistencia desde la playa o desde lo alto de las murallas.
El pájaro, que ya estaba por dejarse caer, se irguió nuevamente, bajó el pico en actitud de meditación, y luego preguntó bruscamente:
—¿Con cuántos fusiles contáis?
—Hemos reunido más de quinientos —respondió Azaná.
Ante estas palabras el general se hinchó visiblemente, asumiendo la forma y las dimensiones de un gran ovillo. El fenómeno era impresionante. Un flujo inesperado de energía y de confianza lo reanimaba. Manteniéndose bien derecho, asintió con la cabeza.
—¡Magnífico! —comentó— ¡Bravo, mis conciudadanos! Quinientos fusiles ya es algo para empezar.
-Para decir verdad —observó nuestro presidente— no son todos fusiles de...
—¡Miserables bárbaros! —lo interrumpió el general, levantando para mayor énfasis una alita desplumada—. Prepararemos un digno recibimiento. No dejaremos de lado ninguna estrategia, obraremos sin tardanza. ¡Amigos míos, les agradezco que hayan reanimado el corazón de un viejo y fiel soldado! ¡Siento pasar un viento de epopeya sobre esta pequeña isla! Y si mi destino es caer... ¡no, no puedo pedir nada mejor al Omnipotente!
No nos esperábamos esto, que el general Imagine, reducido en esa forma, y en ese estado, estuviera dispuesto a aceptar directamente el mando de la defensa. Era muy embarazoso. ¿Cómo pretender que nuestros hombres obedecieran las órdenes de un pájaro?
Mientras tanto, una nueva idea debió de ocurrírsele al general, porque de pronto su valor vaciló, la convexidad del pecho sufrió una rápida disminución, y de su pico surgieron palabras ansiosas:
—Pero díganme… díganme, queridos hijos míos, ¿cuántos hombres habrá a bordo del esquife? ¿Cien? ¿Doscientos?
—Según lo que informan hasta ahora los vigías —respondió con precisión Azaná—, se trata de veintidós navíos. Calculamos unos siete mil hombres.
—Chip, chip —dijo el general, duramente decepcionado—. ¿Siete mil, dice?
—Siete mil, excelencia.
Tuvo un estremecimiento, pareció perder repentinamente toda vida, y se abandonó lánguidamente sobre la sábana.
—¡Jesús santo! —exclamó la dama consternada— Ahora se siente mal... ya lo sabía... tendrán que retirarse, señores... por favor, por favor, de ese lado...
Y señalaba la puerta.
Al ver que nos levantábamos de nuestros asientos, el general pareció aterrarse más aún.
—No, no —comenzó a piar furiosamente—, esperen.... no me siento bien chip, chip... realmente no puedo aceptar pero es mi deber hacerles una advertencia... sólo un consejo... la estrategia que se impone tendrá que ser sumamente cautelosa...
—¿Cautelosa? ¿En qué sentido, excelencia? —preguntó Azaná, desconcertado por esa repentina metamorfosis.
—Quiero decir —prosiguió con voz lastimera el legendario Tenaza de Hierro, como se lo había denominado una vez por la potencia de sus maniobras envolventes— que todavía no sabemos cuáles son las intenciones de estos extranjeros... ¿Y si vinieran como amigos? ¿Si tuvieran la intención de comerciar honestamente? En ese caso, señores...
—Por todas partes donde han estado, han destruido todo con el hierro y con el fuego —dijo con severidad el doctor Azaná—. Éstas, excelencia, son sus intenciones.
El pájaro estaba postrado. Lo veíamos debatirse sobre las sábanas como una criaturita caprichosa.
—Pero no hay necesidad de escuchar todos los rumores —suplicó—. No hay que ser terco. Esta irrupción de ustedes me trastornó... no había comprendido bien... fue un malentendido... soy viejo... soy viejo... necesito una vida tranquila... en las naves filibusteras navegan soldados dignos y hombres de bien... sería el primero en exhortarlos a ustedes a la lucha el honor de la bandera, puedo decirlo, siempre ha sido mi ley suprema. Pero ahora no se trata de guerra, me parece más bien oportuno que todos ustedes se preparen para ofrecer festejos de bienvenida a los navegantes...
Pero Azaná, sin inmutarse:
—Excelencia, nos defenderemos.
Con la ira, el pescuezo del pajarito se estiraba, graznando:

—Brec,brec... la impaciencia los ciega, jovencitos... los extranjeros se acercan, lo sé perfectamente, con buenas intenciones... los atrae la belleza de nuestra isla...
Nos miramos espantados.
—Excelencia —repitió nuestro presidente, casi amenazador, adelantándose un paso—, ¡nos defenderemos!
Volvió a gemir:
—No, no, no, no seré cómplice de ustedes... me gusta definir bien las posiciones... soy un militar... brec, brec... me niego a participar en una maquinación tan loca.
Daba pena verlo. Un temblor febril hacía vibrar sus plumas. Pero ¿de qué podía tener miedo –me preguntaba yo– semejante ruina? ¿Por salvar algún recóndito bien el gran guerrero se arrastraba tan miserablemente ante nosotros, unos desconocidos? ¿Qué podía ofrecerle todavía la vida? Al ver que era inútil todo intento de persuadirnos, trataba ahora nuevamente, a empujoncitos, de esconderse bajo la almohada.

Con desagrado, alcé un poco la almohada con la mano, para que el insigne estratega pudiera esconderse totalmente; lo que hizo al instante. Y nos fuimos en silencio.

Un hecho curioso - Roberto Fontanarrosa

El Colorado había sugerido comer en Santa Fe pero no le habían dado bola. Los demás dijeron que tenían que aprovechar a rajar cuanto antes, antes de que la ruta fuera un kilombo y que a eso de las doce podían estar en Rosario y comer allí. Después de todo, por la autopista, en dos horas estaban de vuelta. La noche, además, era muy linda e incluso, tiempo después todos recordaban que Pepe, ya en el auto, había dicho que era perfecta para que apareciera algún plato volador. También se acordaban de que Pepe, hasta ese momento silencioso y pensativo en el asiento de atrás, había agregado, como preguntándose a sí mismo: "¿Tendrán un once?". Habían ido a cancha de Unión a ver a Central contra los tatengues y se había perdido dos a cero dando lástima. Y la carencia de un puntero izquierdo lo tenía mal al Pepe.
Lo cierto es que se largaron a la ruta sin siquiera tomar un liso en Santa Fe, tratando de primerear al resto de la sufrida hinchada que se había llegado hasta la ciudad capital para ver esa cagada de partido.
Encontraron la autopista despejada y, muy de vez en cuando, pasaba algún auto con alguna bandera arriba, cruzada sobre el techo, agarrados los extremos con las ventanillas traseras.
—Por qué no te metés la bandera en el orto —alcanzó a decir Ramón poco antes de que el Colorado propusiera parar en cualquier parte para comer algo.
—Un sandwich, aunque sea —agregó. Pero alguien tiró la posibilidad de una tira, un cacho de vacío y los cuatro comenzaron a escudriñar el camino en busca de una parrillita. Se habían avivado tarde de que tenían hambre y ya habían dejado atrás las parrillas de la salida de Santo Tomé. La mufa del partido, por otro lado, había aflojado.
—Por acá no hay un choto —dijo Pepe. Pero se equivocaba. A poco tiempo de andar vieron una estación de servicio, chica y, al lado, casi oculta entre unos árboles, una parrilla iluminada. Pararon el auto, bajaron, y cuando se estaban acercando a la edificación, vieron cómo un tipo cerraba la puerta vidriada desde adentro.
—Cagamos —dijo el Colorado. Pero ya habían llegado junto a la puerta y Ramón golpeó con los nudillos sobre el vidrio, como si el tipo de adentro no los viera cuando, a no ser por la puerta en sí, estaba separado de ellos por unos quince centímetros. El Negro, al mismo tiempo, le hacía la seña basquebolística de pedir minuto, con el dedo índice de la mano derecha apoyado en la palma hacia abajo de la mano izquierda. En tanto el hombre volvía a abrir, adentro, un adolescente que barría, dejó de hacerlo.
—¿Podremos comer algo, jefe? —preguntó el Colorado frotándose las manos.
—Sí. Sí —dijo el hombre señalándoles una mesa y yéndose hacia atrás del mostrador. El adolescente abandonó la escoba con cara de culo y se fue para la cocina. No se veía más nadie en el local, pero aún quedaban mesas sin levantar, indicio que delataba que había habido gente comiendo minutos antes.
—Es temprano después de todo —dijo Pepe, mirando el reloj en tanto se sentaba—. Son las once y media.
—Que trabajen, qué mierda —dijo Ramón.
—¿Hacemos un blanco? —propuso el Colorado, y volvieron sobre el tema del partido.
Ramón no se acuerda, hoy por hoy, a qué hora habrá caído el tipo de bigotitos, pero no les habían traído toda­vía las tiras cuando entró a la parrilla. Tampoco notaron nada raro, aunque, tiempo después, el Negro recordó que no habían escuchado ruido de auto o cosa así llegando a la parrilla. Tanto, que primero pensaron que era un tipo del lugar, alguno que trabajaba en la parrilla o atendía en la estación de servicio.
Era un tipo delgado, de estatura mediana, pelo negro y bigotito fino.
—Parecía uno de esos que laburan en teatros de varieté —diría después el Colorado.— Un mago o cosa así.
—Uno de esos que cuentan chistes pelotudos —aportaría el Pepe.
El hombre saludó al entrar con el "provecho" de rigor y los cuatro contestaron con monosílabos y movimientos de cabezas. El hombre se dirigió al dueño, que estaba detrás del mostrador, habló dos palabras con él, el patrón se encogió de hombros y el tipo se acercó a la mesa de los cuatro.
—Perdonen —dijo.— ¿Les molestaría que me sentara con ustedes?
Pepe, al lado de quien estaba parado, dejó de masticar y lo miró largamente. El Colorado fue más operativo, corrió la silla de la cabecera y lo invitó a sentarse.
—Che... —avisó al Negro y a Ramón—... acá el amigo va a compartir la mesa con nosotros.
Ramón miró al recién llegado duramente, el Negro lo estudió en silencio y luego los dos siguieron charlando del partido.
—¿Toma blanco, jefe? —ofreció Pepe, acercándole un vaso.
—Bueno, bueno, un poco.
—¿Viene del partido? —consultó el Colorado. El hombre lo miró con extrañeza.
—¿Qué partido?
—Ah... no. No —se excusó el Colorado—. Creí que venía del partido.
—No.
—¿No le gusta el fútbol? —inquirió Pepe.
—¿El fútbol? —preguntó el nombre, inquieto. Y daba la sensación de que era la primera vez en su vida que escuchaba esa palabra. Ramón y el Negro también lo miraron.
—¿Usted es de por acá? —ahora el Colorado cambiaba el ángulo de la conversación. El hombre lo miró con particular interés.
—No —dijo. —No —y se quedó en silencio. El Negro apuró el trago que tenía en la boca y, cuando el tipo no miraba, levantó las cejas hacia Ramón como diciendo: "¿Qué le vamos a hacer?"
La charla, de ahí en más, retomó el tono futbolístico, ya que los muchachos casi ni le dieron bola al comensal agregado que rumiaba un pedazo algo frío de chinchulín, calladamente. Cada tanto, alguien le ofrecía vino o le ponía un trozo de asado en el plato, lo que generaba un intercambio de "permiso", "gracias", "no hay de qué" breves y circunstanciales.
El que precipitó un poco la cosa, sin quererlo, fue el Colorado, que preguntó cuánto tiempo tendrían desde allí hasta el centro de Rosario, cuando prosiguieran el viaje. Los otros no lo escucharon o no le dieron bola, salvo el desconocido que se disculpó por no conocer la ruta.
—¿De dónde es usted? —insistió el Colorado, como una formalidad, rebañando con el pan el jugo del plato, antes de retornar a la charla futbolera.
—Soy de Sinope, una de las lunas de Júpiter, distante varios millones de años luz de este planeta.
El Colorado lo miró largamente, primero inmóvil, luego aprobando con la cabeza, la boca cerrada, la lengua quitando un residuo de lechuga de los dientes. Pepe también lo había oído.
—¿Sinope? —preguntó, serio.
—Sí —dijo el hombre—, a varios millones de años luz.
—Che, muchachos —el Colorado se volvió hacia Ramón y el Negro, incluso reclamando la atención de éste tomándolo de un brazo— acá el hombre me dice que él es de Sinope, una galaxia que está lejísimos de acá.
—Ah... ya me parecía —aprobó Ramón.
—Y... ¿Cómo es eso, señor? —adelantó la cabeza el Negro.— Porque yo no lo oí bien, perdone, estaba conversando.
—Sinope —comenzó el hombre— es un planeta frío, en la galaxia de Andrómeda, a dos millones de años luz, atravesando el mar de meteoritos junto a los satélites gemelos, Elara y Ganímedes.
—¿Como saliendo hacia dónde? —preguntó el Colorado. El otro pareció no entenderlo.
—¿No tendrán un once? —preguntó Pepe. El otro lo miró muy serio.
—Un once —repitió Ramón. El hombre frunció el ceño.
—¿Y usted viaja, digamos, va y viene? —preguntó el Negro. El hombre pensó un poco.
—Con la nave Lysitea, en dos millones de años, estamos acá.
—¿No te decía yo? —se dirigió el Colorado al Negro —No es tan lejos.
—Usted sabe que yo lo miraba y me decía... "este hombre no es de acá"... no sé ¿vio?... hay como... —el Negro contemplaba al tipo frunciendo la cara.
—Mi nombre es Namur —se presentó el desconocido—. Y soy hijo de Knar, el rey de Gdeon. Yo soy el príncipe Namur. Pero desde hace medio siglo, Merak el perverso rey del planeta Mkor, se ha apoderado de nuestro pobre planeta y nos somete a una impiadosa tiranía.
—Permiso —se levantó Ramón—, voy a mear.
Ramón fue al baño. Casi detrás de él entró Pepe.
—Pobre, qué loco está —dijo Pepe. Ramón se rió.
—¿Cómo vas a pensar —dijo, en tanto meaba— que en un boliche, en medio de la ruta, te vas a encontrar con un coso como éste?
—Hijo de puta —se rió Pepe. Ramón, mientras se cerraba la bragueta, se rajó un pedo de los fuertes.
—A ver si todavía le tenemos que garpar el asado —dijo.
—¿Tendrá guita nuestra?
Cuando llegaron de nuevo a la mesa, Namur estaba contando que el perverso rey Merak, del planeta Mkor, había intentado atraparlo, que incluso sus naves habían intercambiado andanadas de rayos desintegradores en el mar de los meteoritos, pero que había logrado desorientarlo al entrar en el fluctuante campo magnético de Plutón. El Colorado le decía que él había pasado una vez por esa zona y que era muy jodida, que le había cagado dos amortiguadores.
—La importancia del pensamiento es vital para incidir sobre las descargas enemigas de rayos desintegradores —informó Namur, tocándose el entrecejo con la punta de los dedos.
—Ni qué decir —se encogió de hombros Pepe estirándose para pinchar un último trozo de tira.
—¿Cómo es eso, jefe, cómo es eso?
—La levedad de la materia enfrentada con la energía —aclaró Namur—. Por ejemplo... —buscó con la mirada— ese adorno... —señaló con su mano delgada un poster colgado en la pared, la foto de un perro peludo, plana en la base de la foto, con un relieve realista y repulsivo en la parte de la cabeza del perro.
—Sí... —dijeron todos, mirando. Namur contempló el poster fijamente durante un par de minutos. Luego el poster pareció desprenderse de la pared, se separó de ella unos cinco centímetros y cayó al suelo. Los cuatro se miraron, haciendo gestos de aprobación con la cabeza.
—¿Cómo se llamaba el alemán que hacía eso? ¿Uri GeIler? —preguntó el Colorado.
—Tiene un nombre eso.
—¿Un nombre? —preguntó el hombre.
—Sí. Ese fenómeno. ¿Telequinesis, no es?
—A ver si nos cobran el cuadro, todavía —se quejó el Negro.
—¿Y usted no ha probado a ver un oculista? —el Colorado volvió a la carga.
—No dispongo de tiempo para nada. El perverso rey Merak puede caer sobre mí en cualquier momento. Es por eso que quería pedirles algo...
Los cuatro lo observaron con atención. El hombre estaba algo inclinado hacia adelante, estudiándolos. Se mantuvo así en tanto el patrón, saliendo de la cocina, se inclinaba sobre el mostrador preguntándose cómo carajo se había caído el poster del perro peludo de la pared. Namur no dijo nada hasta que el patrón se volvió hacia la cocina con un gesto de escepticismo.
—Estamos haciendo una colecta... —explicó Namur— ...juntando fondos para combatir contra el perverso rey Merak. No es mucho lo que les pido. Lo que ustedes puedan, muchachos, queda en la voluntad de ustedes, no se hagan problemas...
Se hizo un silencio prolongado. Todos miraban a Namur. Ramón se empezó a reír.
—Flaco... —comenzó—. ¿A vos te parece... —pero no pudo continuar. A través de los vidrios del quincho se vio una luz enceguecedora. Todos se volvieron a mirar hacia afuera. Se oyó un zumbido, una trepidación que sacudió levemente los vasos y los cubiertos pero que de inmediato cesó y, fuera de la parrilla, volvió la oscuridad.
—Flaco... —retomó Ramón— ...¿A vos te parece que...
Fue cuando se abrió la puerta y apareció una figura desmañada, verdosa y fosforescente. Una especie de humanoide, de baja estatura y ojos saltones.
—¡Namur! —llamó—. Namur... ¿Qué pasa?
Namur se volvió hacia él.
—Ya voy, Pxer... —dijo—. Es que acá, los señores... bueno, están pensando... La figura se acercó a la mesa, con su especie de cabeza romboidal hizo un gesto que parecía un saludo.
—Acerqúese jefe —solicitó Pepe—. Colo, acércale una silla.
—¿Es amigo suyo? —preguntó el Negro.
—Pxer... ¿Vas a comer algo? —Namur parecía más seguro y reconfortado de estar con alguien conocido. El humanoide dudó, pasándose una extremidad de tres dedos sobre lo que podía ser el cogote.
—Métale, che... —el Colorado le acercó la fuente— ...el chinchulín debe estar caliente todavía.
El patrón se había asomado nuevamente al escuchar el chirrido de la puerta.
—Jefe —llamó Pepe—, tráigale un cubierto al amigo.
—No tenemos mucho tiempo —repitió Namur.
—Tío... —Ramón estaba escrutando a Pxer—. ¿Qué crema usa para la cara?
—¿Con qué se da?
—¿Es algún bronceador? ¿Algún vasodilatador? El Colorado esgrimió un cuchillo hacia Ramón.
—El "Barrocutina" —explicó— ...hay lugares donde no llega. No se reparte. Pxer consumía los restos de la achura y era extraño ver desaparecer la tripa en el cuerpo fosforescente.
—¿Es de tomar mucho sol su amigo? —se dirigió Pepe a Namur. Este no llegó a contestar. Afuera hubo otro destello enceguecedor que se apagó tan sorpresivamente como se había iniciado. Namur tuvo un gesto de inquietud. Pxer no lo advirtió, estaba requiriendo con gesto confuso pero entendible que le escanciaran un culito del blanco que aún quedaba.
—Lo que no hay es hielo... —se disculpaba en ese momento Ramón, revolviendo con las pinzas inútiles el baldecito. Fue cuando se abrió la puerta y penetraron tres figuras oscuras, altas y poco tranquilizadoras.
Apenas localizaron a Namur y Pxer les apuntaron con unas armas brillantes como piedras preciosas. Hubo un par de destellos sin sonido, los cuerpos de los eventuales amigos de Pepe, el Colorado, Ramón y el Negro, se vieron orlados por un aura tornasolada y luego, se consumieron en el aire como papeles chamuscados. De Namur quedó, sobre la silla que había ocupado, una ceniza tibia y amontonada. De Pxer, una viruta retorcida y de color malva, también sobre la silla. Los tres ejecutores echaron una mirada rápida al lugar, saludaron con un vaivén de lo que se suponía eran sus cabezas, cerraron la puerta y se marcharon. Pronto se volvió a ver la luz intensa y se escuchó un zumbido que se alejó hasta perderse.
El Colorado, con el tenedor, pescaba en la ensaladera los últimos vestigios de cebolla.
—Los versos que inventan para sacarte guita —dijo el Negro.
—El petiso ni abrió la boca.
—Le daba a la molleja como desesperado.
—Andá a saber... —dijo el Negro.

Pagaron, no era mucho, y volvieron al auto. Habrán llegado a Rosario a eso de las dos de la mañana, no más, y ya casi se les había pasado la mufa de la derrota.