sábado, 18 de octubre de 2014
viernes, 12 de septiembre de 2014
Las mentiras verdaderas
M. Vargas Llosa – Washington, marzo de 1980
Aunque, en un sentido, se puede decir que La señorita de Tacna se ocupa de temas
como la vejez, la familia, el orgullo, el destino individual, hay un asunto
anterior y constante que envuelve a todos los demás y que ha resultado, creo,
la columna vertebral de esta obra: cómo y por qué nacen las historias. No digo
cómo y por qué se escriben – aunque Belisario sea un escritor-, pues la
literatura solo es una provincia de ese vasto quehacer –inventar historias-
presente en todas las culturas, incluidas aquellas que desconocen la escritura.
Como para las sociedades, para el individuo es
también una actividad primordial, una necesidad de la existencia, una manera de
sobrellevar la vida. ¿Por qué necesita el hombre contar y contarse historias?
Quizá porque, como la Mamaé , así lucha
contra la muerte y los fracasos, adquiere cierta ilusión de permanencia y de
desagravio. Es una manera de recuperar, dentro de un sistema que la memoria
estructura con ayuda de la fantasía, ese pasado que cuando era experiencia
vivida tenía el semblante del caos. El cuento, la ficción, gozan de aquello que
la vida vivida – en su vertiginosa complejidad e imprevisibilidad- siempre
carece: un orden, una coherencia, una perspectiva, un tiempo cerrado que
permite determinar la jerarquía de las cosas y de los hechos, el valor de las
personas, los efectos y las causas, los vínculos entre las acciones. Para
conocer lo que somos, como individuos y como pueblos, no tenemos otro recurso
que salir de nosotros mismos y, ayudados
por la memoria y la imaginación, proyectarnos en esas “ficciones” que hacen de
lo que somos algo paradójicamente semejante y distinto de nosotros. La ficción
es el hombre “completo”, en su verdad y en su mentira confundidas.
Las historias son rara vez fieles a aquello que
aparentan historiar, por lo menos en un sentido cuantitativo: la palabra, dicha
o escrita, es una realidad en si misma que trastoca aquello que supuestamente
transmite, y la memoria es tramposa, selectiva, parcial. Sus vacíos, por lo
general deliberados, los rellena la imaginación: no hay historias sin elementos
añadidos. Estos no son jamás gratuitos, casuales; se hallan gobernados por esa
extraña fuerza que no es la lógica de la razón sino la de la oscura sinrazón.
Inventar no es, a menudo, otra cosa que tomarse
ciertos desquites contra la vida que nos cuesta vivir, perfeccionándola o
envileciéndola de acuerdo a nuestros apetitos o a nuestro rencor; es rehacer la
experiencia, rectificar la historia real en la dirección que nuestros deseos
frustrados, nuestros sueños rotos, nuestra alegría o nuestra cólera reclaman.
En este sentido, ese arte de mentir que es el del cuento es, también,
asombrosamente, el de comunicar una recóndita verdad humana.
En su indiscernible mezcla de cosas ciertas y
fraguadas, de experiencias vividas e imaginarias, el cuento es una de las
escasas formas –quizá la única- capaz de expresar esa unidad que es el hombre
que vive y el que sueña, el de la realidad y el de los deseos.
“El criterio de la verdad es haberla fabricado”,
escribió Giambattista Vico, quien sostuvo, en una época de gran beatería
científica, que el hombre sólo era capaz de conocer realmente aquello que él
mismo producía. Es decir, no la
Naturaleza sino la Historia (la otra, aquella con mayúscula). ¿Es
cierto eso? No lo sé, pero su definición describe maravillosamente la verdad de
las historias con minúscula, la verdad de la literatura. Esta verdad no reside
en la semejanza o esclavitud de lo escrito o dicho –de lo inventado- a una
realidad distinta, “objetiva”, superior, sino en sí misma en su condición de
cosa creada a partir de las verdades y mentiras que constituyen la ambigua
totalidad humana.
Siempre me ha fascinado ese curioso proceso que es
el nacimiento de una ficción. Llevo ya bastantes años escribiéndolas y nunca ha
dejado de intrigarme y sorprenderme el imprevisible, escurridizo camino que
sigue la mente para, escarbando en los recuerdos, apelando a los más secretos
deseos, impulsos, pálpitos, “inventar” una historia. Cuando escribía esta pieza
de teatro en la que estaba seguro de recrear (con abundantes traiciones) la
aventura de un personaje familiar al que estuvo atada mi infancia, no
sospechaba que, con ese pretexto, estaba, más bien, tratando de atrapar en una
historia aquella –inasible, cambiante, pasajera, eterna- manera de que están
hechas las historias.
viernes, 29 de agosto de 2014
La ciudad de Eufemia - Italo Calvino
A ochenta millas de proa al viento
maestral, el hombre llega a la ciudad de Eufemia, donde los mercaderes de siete
naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea
con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba
llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar
costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus albardas para la vuelta
con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar
desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que
encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del
Gran Khan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la
sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas
rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufemia sino también
porque de noche, junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre
sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno
dice -como "lobo", "hermana", "tesoro escondido",
"batalla", "sarna,", "amantes" -los otros cuentan
cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de
batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para
permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a
evocar uno por uno todos los propios recuerdos, tu lobo se habrá convertido en
otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al
regresar de Eufemia, la ciudad donde en cada solsticio y en cada equinoccio
intercambiamos nuestros recuerdos.
De Las ciudades invisibles
miércoles, 11 de junio de 2014
El arte del cuento - Flannery O`Connor
Siempre he oído decir
que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he
tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que
considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana. Al
fin y al cabo, uno comienza a escuchar y a contar historias ya en la primera
infancia, y no parece haber nada demasiado complejo en ello. Sospecho que la
mayoría de ustedes se habrá pasado toda la vida contando historias; y sin
embargo aquí están -ansiosos por aprender cómo se hace-.
Hasta que la semana
pasada, cuando apenas si había apuntado algunas de estas serenas reflexiones
para exponerlas aquí hoy, recibí los manuscritos que siete de entre ustedes me
pidieron que leyese, y toda mi seguridad se trastocó.
Después de tal
experiencia estoy en condiciones de admitir, no que el cuento sea uno de los
géneros más difíciles, pero sí que resulta más difícil para unos que para
otros.
Aún me inclino a
pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para
contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el curso del
camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente
un don. Si uno lo posee desde el vamos, podrá desarrollarlo; pero si uno carece
de él, mejor será que se dedique a otra cosa.
No obstante, he
podido advertir que son las personas que carecen de tal don las que, con mayor
frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Fuera como
fuese, estoy segura de que son ellas quienes escriben los libros y los
artículos sobre “cómo-se-escribe-un-cuento”. Una amiga mía, que sigue uno de
estos cursos por correspondencia, me ha dictado alguno de los títulos de sus
lecciones: “Recetas para escribir un cuento”, “Cómo crear un personaje”,
“¡Inventemos una trama!”. Esta forma de corrupción le cuesta sólo veintisiete
dólares.
Desde mi punto de
vista, hablar de la escritura de un cuento en términos de trama, personaje y
tema es como tratar de describir la expresión de un rostro limitándose a decir
dónde están los ojos, la boca y la nariz. He oído decir a algunos estudiantes:
“se me ocurren muy buenos argumentos, pero con los personajes no voy ni para
atrás ni para adelante”; o bien, tengo el tema para un cuento, pero no consigo
inventar la trama”, e incluso: “he descubierto una buena historia, pero carezco
de toda técnica”.
A propósito:
“técnica” es una palabra que no se les cae de la boca. Cierta vez debí hablar
en una asociación de escritores, y durante el debate posterior a la conferencia
un alma de Dios me preguntó: “¿podría usted indicarme, señorita, cuál es la
técnica apropiada para escribir un cuento del tipo marco-dentro-del-marco?” Yo
debí admitir que era tan ignorante como para no haber oído hablar ni una sola
vez de ello, pero esta persona me aseguró que tales cuentos existían, porque
ella misma había participado en un concurso que los premiaba, y cuyo premio era
de cincuenta dólares.
Pero dejando a un
lado la gente que carece de talento, existen personas que de hecho lo poseen,
pero que se pierden en vanos esfuerzos porque ignoran qué es en realidad un
cuento.
Supongo que las cosas
obvias son siempre las más difíciles de definir. Todo el mundo cree saber qué
es un cuento. Pero si ustedes piden a un alumno principiante que les escriba
uno, es muy probable que recojan cualquier cosa – una reminiscencia, un
episodio, una opinión, una anécdota – cualquier cosa menos un cuento. Un cuento
es una acción dramática completa –y en los buenos cuentos, los personajes se
muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los
personajes-. Y como consecuencia de toda
la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia.
Por mi parte, prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que
implica a una persona en tanto persona y en tanto individuo, vale decir, en
tanto comparte con todos nosotros una condición humana general, y en tanto se
halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de modo dramático, el misterio de la personalidad
humana. Cierta vez presté un libro de cuentos a una vecina mía, de allá del
campo, y cuando me lo devolvió me dijo: Bueno, esas historias no hacen más que
mostrar lo que algunos de nuestros paisanos harían
en determinadas ocasiones”; yo me dije que era cierto; cuando ustedes escriban
cuentos, deberán conformarse con partir exactamente de este punto: mostrar lo
que harían ciertos y determinados tipos, y lo que harían pese a quien pese, contra viento y marea.
Ahora bien, éste es
un nivel muy modesto como punto de partida; y la mayor parte de la gente que
cree desear escribir cuentos no está dispuesta a arrancar de allí. Quieren
escribir acerca de determinados problemas, no de determinados individuos; o
sobre cuestiones abstractas, no sobre situaciones concretas. Tienen una idea, o
sentimiento, o un ego desbordante, o quieren Ser-Un-Escritor, o legar su
sabiduría al mundo de un modo lo suficientemente simple como para que el mundo
pueda comprenderla. Carecen en todos los casos de una historia; y aun cuando la
tuvieran, tampoco estarían dispuestos a escribirla; no los guía el propósito de
escribir una historia sino una teoría o una fórmula, o el de aplicar
determinada técnica.
Esto no quiere decir
que para escribir un cuento ustedes deban olvidar o resignar ninguna de las
posturas morales que sustentan. Las convicciones serán la luz que les ayudará a
ver, pero no aquello que ustedes deban enfocar, ni el sustituto de la propia
mirada. Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha
de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se
puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera.
Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene
su origen en el acto de ver y cuando no lo tiene, cuando nuestros juicios se
desligan de nuestra mirada, una confusión muy grande se produce en la mente,
confusión que por supuesto se traslada al cuento.
La ficción opera a
través de los sentidos. Y creo que una de las razones por las cuales a la gente
le resulta tan difícil escribir cuentos es que olvidan cuánto tiempo y
paciencia se requiere para convencer al lector a través de los sentidos. Ningún
lector creerá nada de la historia que el autor debe limitarse a narrar, a menos
que se le permita experimentar situaciones y sentimientos concretos. La primera
y más obvia característica de la ficción es que transmite de la realidad lo que puede ser
visto, oído,
olido, gustado y tocado.
Ahora bien, esto es
algo que no puede aprenderse sólo por la inteligencia; también debe adquirirse
por el hábito. Tal debe llegar a ser la forma en que ustedes mirarán las cosas.
El escritor de ficciones debe comprender que no se puede provocar compasión con
compasión, emoción con emoción, pensamientos con el pensamiento. Debe
transmitir todas estas cosas, sí, pero provistas de un cuerpo; el escritor debe
crear un mundo con peso y especialidad.
He notado que los
cuentos de los escritores principiantes están, en muchos casos, erizados de
emoción, pero que resulta muy difícil determinar a quién corresponde la emoción
referida. El diálogo suele operar sin el auxilio de personajes que uno pueda
ver de hecho, y un pensamiento incontenible se cuela por cada grieta de la historia.
La razón reside en que, por lo general, el aprendiz está interesado ante todo
en sus propios pensamientos y emociones y no en la acción dramática y es
demasiado perezoso o pretencioso como para descender a ese nivel de lo concreto
en donde la ficción opera. Piensa que la capacidad de juzgar reside en un sitio
y la impresión sensorial en otro. Pero para el escritor de ficciones, el acto
de juzgar comienza en los detalles que ve, y en el modo en que los ve.
Los escritores de
ficción a quienes no les preocupan estos detalles concretos pecan de lo que
Henry James llamó “especificación endeble”. El ojo se deslizará sobre sus
palabras mientras nuestra atención se va a dormir. Ford Madox Ford enseñaba que
uno no puede introducir un vendedor de diarios en una historia, ni siquiera por
el corto lapso en que tarda en vender un solo periódico, a menos que podamos
describirlo con el suficiente detalle como para que un lector lo vea.
Tengo una amiga que
está tomando clases de actuación en Nueva York con una dama rusa de gran
reputación en su campo. Mi amiga me escribe que, durante el primer mes, los
alumnos no hablan una sola línea, sólo aprenden a ver. Y es que aprender a ver
es la base de todas las artes, excepto de la música. Conozco a muchos
escritores de ficción que además pintan, no porque posean talento alguno para
la pintura, sino porque hacerlo les sirve de gran ayuda en su escritura. Los
obliga a mirar las cosas. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas
ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
No obstante, afirmar
que la ficción procede por el uso de detalles no implica el simple, mecánico
amontonamiento de éstos. Cada detalle debe ser controlado a la luz de un
objetivo primordial, cada detalle debe introducirse de modo que trabaje para
nosotros. El arte es selectivo. Todo lo que hay en él es esencial y genera
movimiento.
Ahora bien, todo esto
requiere su tiempo. Un buen cuento no debe tener menos significación que una
novela, ni su acción debe ser menos completa. Nada esencial para la experiencia
principal deberá ser suprimido en un cuento corto. Toda acción deberá poder
explicarse satisfactoriamente en términos de motivación; y tendrá que haber un
principio, un nudo y un desenlace, aunque no necesariamente en este orden. Se
me ocurre que mucha gente deduce que quiere escribir cuentos porque el cuento
es un género breve; pero que al decir “breve” entienden cualquier tipo de
brevedad. Creen que un cuento es una acción incompleta, fragmentaria, en la
cual se muestra muy poco y se sugiere mucho, y suponen que sugerir algo
equivale a omitirlo. Resulta muy difícil disuadir a un principiante de esta
convicción, porque cree que cuando omite algo está ejercitando su sutileza; y
cuando se le señala que no puede encontrarse en un texto nada que no haya sido
puesto de algún modo en él, nos mira como si fuéramos idiotas insensibles.
Quizá la cuestión
central que debe ser considerada en toda discusión acerca del cuento es qué se
entiende por brevedad. Que un cuento sea breve no significa que deba ser
superficial. Un cuento breve debe ser extenso en profundidad, y debe darnos la
experiencia de un significado. Tengo una tía que piensa que nada sucede en una
historia a menos que alguien se case o mate a otro en el final. Yo escribí un
cuento en el que un vagabundo se casa con la hija idiota de una anciana, con el
sólo propósito de quedarse con el automóvil de esta anciana. Después de la
ceremonia, el vagabundo se lleva a la hija en viaje de bodas, la abandona en un
parador de la ruta, y se marcha solo, conduciendo el automóvil. Bueno, ésa es
una historia completa. Ninguna otra cosa relacionada con el misterio de la
personalidad de ese hombre puede mostrarse a través de esa dramatización
específica. Y sin embargo, yo nunca pude convencer a mi tía de que ése fuera un
cuento completo. Mi tía quiere saber qué le sucedió a la hija idiota luego del
abandono.
Hace tiempo, esa
historia sirvió de base a un guión de TV, y el adaptador, que conoce bien su
negocio, hizo que el vagabundo cambiara a último momento de parecer y volviera
a recoger a la hija idiota, y que los dos juntos se alejaran, al fin, en el
automóvil, carcajeando a dúo como verdaderos dementes. Mi tía consideró que la
historia estaba por fin completa, pero yo experimenté otros sentimientos nada
apropiados para expresar en esta charla. Cuando ustedes quieran escribir un
cuento, deberán escribir sólo una historia; y siempre habrá gente que se niegue
a leer el cuento que ustedes han escrito.
Lo cual nos lleva a
abordar, naturalmente, la engorrosa cuestión del tipo de lector para el cual
cada uno escribe cuando escribe ficciones. Quizá cada uno de nosotros piense
que tiene una solución personal para este problema. Por mi parte, tengo una muy
buena opinión respecto del arte de la ficción, y una muy mala opinión que
aquello que suele llamarse “el lector promedio”. Me digo que no puedo escapar
de él, que tal es la personalidad cuya atención, se supone, debo cultivar; y al
mismo tiempo, se espera de mí que provea al lector inteligente de esa experiencia
profunda que él busca en la ficción. El caso es que, en concreto, ambos
lectores ideales no son sino aspectos de la propia personalidad del escritor; y
en un último análisis, el único lector acerca del cual uno puede saber algo es
uno mismo. Todos nosotros escribimos según nuestro propio nivel de
entendimiento; pero es una característica particular de la ficción que su
superficie literal pueda estar configurada de tal modo que brinde
entretenimiento en un plano obvio y físico, el plano de la evidencia física, a
un cierto tipo de lector; y al mismo tiempo, pueda brindar significado a la
persona preparada para experimentarlo.
El significado es lo
que impide que un cuento breve sea “corto”. Yo prefiero hablar de “significado”
del cuento a hablar del “tema” de un cuento. La gente habla del tema del cuento
como si el tema fuera un trozo de cuerda que anuda el extremo de una bolsa de
comida para aves. Creen que si se puede extraer el tema de un cuento, del mismo
modo que se quita el hilo que ata la bolsa de maíz, puede abrirse la historia y
dar de comer a las gallinas. Pero no es ésa la forma en que el significado
opera en la ficción.
Cuando ustedes puedan
enunciar el tema de un cuento, cuando puedan separarlo de la historia en sí
misma, podrán estar seguros de que ese cuento no es muy bueno. El significado
de un cuento debe estar corporizado en la historia, debe hacerse concreto en
ella. Una historia es una forma de decir algo que no puede decirse de ninguna
otra manera, y nos cuesta cada una de las palabras del relato decir cuál es su
tema. Uno cuenta un cuento porque una simple enunciación resultaría inadecuada.
Cuando alguien pregunta de qué trata un cuento, la única respuesta apropiada es
indicarle que lo lea. El significado de la ficción no es un significado
abstracto, sino un significado que se experimenta, y el único objetivo de hacer
enunciaciones acerca del significado de un cuento es ayudar a experimentar más
plenamente ese significado.
La ficción es un arte
que demanda la más estricta atención a lo real –tanto en el caso de un escritor
que se aboca a componer un cuento naturalista, como en el del que prefiere el
género fantástico-. Quiero decir: todos nosotros partimos siempre de lo que es
verdadero –o de lo que tiene una eminente posibilidad de serlo-. Incluso cuando
uno escribe un relato fantástico, la realidad es el único fundamento
conveniente. Algo es fantástico porque es tan real, tan real que es fantástico.
Gram. Greene ha dicho que él no podría escribir “me hallaba suspendido sobre un
pozo sin fondo” porque tal cosa no puede ser cierta, ni “bajando a todo correr
las escaleras salté dentro de un taxi”, porque eso tampoco puede ser posible.
Pero Elizabeth Bowen puede escribir, refiriéndose a uno de sus personajes,
“ella se llevó la mano a los cabellos como si oyera moverse algo en su
interior”, porque tal cosa es eminentemente posible.
Me atrevería incluso
a afirmar que la persona que escribe un relato fantástico debe mantenerse más
estrictamente atenta al detalle concreto que quienes escriben en una cuerda
naturalista –porque cuanto mayor sea el apoyo de un cuento en lo verosímil, más
convincentes resultarán sus características-.
Un buen ejemplo es el
relato titulado “La metamorfosis”, de Franz Kafka. Es la historia de un hombre
que despierta una mañana y descubre que, durante la noche, se ha convertido en
cucaracha, aunque sin perder su naturaleza humana. El resto del relato se ocupa
de su vida y sentimientos y de su eventual muerte como insecto dotado de
naturaleza humana; y si esta situación es aceptada por el lector, es porque los
detalles concretos del relato son absolutamente convincentes. Lo cierto es que
ese relato describe la naturaleza dual del hombre de un modo tan realista que
resulta casi intolerable. La verdad no ha sido distorsionada en el relato;
antes bien, una cierta distorsión ha sido efectuada como forma de llegar a la
verdad. Si admitimos, como es preciso hacerlo, que la apariencia no es lo mismo
que la realidad, deberemos entonces dar al artista la libertad de hacer ciertos
reacondicionamientos en la naturaleza de las cosas cuando éstos conducen a
ampliar la profundidad de la visión. El artista debe recordar siempre que
aquello que él recrea es naturaleza, y debe saber y ser capaz de describirlo
apropiadamente a fin de tener el poder de reinventarlo en su totalidad.
El problema propio
del cuentista reside en cómo hacer que la acción que él describe revele tanto
como sea posible respecto del misterio de la existencia. Dispone solamente de
un espacio muy breve y no puede hacerlo por un procedimiento declarativo. Debe
conseguirlo mostrando, no diciendo; y mostrando lo concreto, de modo que su
problema es, en definitiva, saber cómo servirse de lo concreto de modo que
“trabaje doble turno”.
En la buena ficción,
ciertos detalles de la historia tienden a concentrar significados; cuando esto
sucede se vuelven simbólicos por la misma función que desempeñan. Yo escribí un
cuento titulado “Buena gente del campo”, en el cual, a una muchacha, doctora en
filosofía, un vendedor de Biblias, a quien ella ha tratado previamente de
seducir, le roba su pierna de madera. Ahora bien. Debo admitir que, contada de
esta manera, la situación no es ni más ni menos que un chiste de dudoso gusto.
Al lector promedio le agrada observar cómo a alguien se le roba su pierna de
madera. Pero sin dejar de atrapar su atención, y sin que al decir esto quiera
yo autoelogiarme, creo que esta historia consigue operar en otro nivel de
experiencia, desde el momento en que permite que en dicha pierna de madera
reconcentren varios significados. Al principio de la historia se nos hace
evidente que la doctora en filosofía, tanto en lo espiritual como en lo físico,
es una mutilada. No cree en nada más que en su propia creencia en nada, y
percibimos que en su alma hay una parte de madera que se corresponde con su pata de palo. Ahora bien, nada de esto se
dice. El escritor de ficciones declara tan poco como sea posible. Incluso puede
ignorar que está creando esta conexión de niveles; pero la conexión, como
quiera, existe, y tiene efectos sobre él. Con el transcurso del relato, la
pierna de madera continúa acumulando significados. El lector se entera de cómo
se siente esta chica respecto de su pierna, y qué siente su madre respecto de
ella, y que siente, también respecto de ella, una arrendataria de la familia. Y
así, para cuando el vendedor de Biblias llega, la pierna ha acumulado ya tanto
significado que, digamos, está cargada hasta el tope. Y cuando el vendedor de
Biblias se la roba, el lector comprende que se ha llevado con él parte de la
personalidad de la chica, y que le ha revelado, por primera vez, su aflicción
más profunda.
Si ustedes quieren
decir que la pierna de madera es un símbolo, pueden hacerlo. Pero es, ante
todo, una pierna de madera, y en tanto pierna de madera es absolutamente
imprescindible para el cuento. Tiene
lugar en el primer nivel, literal, de la historia, pero también opera en la
profundidad, tanto como en la superficie. Prolonga la historia en todas
direcciones; y ésta es, en pocas palabras la manera por la cual el cuento burla
su propia brevedad.
Ahora bien,
detengámonos por un momento en la manera
en que esto sucede. No quisiera que ustedes pensasen que, cuando me dispuse a
escribir ese cuento, me senté a la máquina y dije: “ahora voy a escribir un cuento
acerca de una joven doctora en filosofía con una pierna de madera, empleando la
pierna de madera como símbolo de otro tipo de aflicción”. Personalmente, dudo
de que haya muchos escritores que sepan lo que habrán de hacer cuando se
aprestan a escribir. Cuando empecé a trabajar en ese cuento, yo ignoraba
incluso que habría de incluir a una doctora en filosofía con una pierna de
madera. Simplemente, una mañana me encontré escribiendo una descripción de dos
mujeres de las cuales yo sabía ciertas cosas, y antes de que pudiera darme
cuenta había dotado a una de ellas de una hija con una pierna de madera. Con el
correr de la historia, introduje al vendedor de Biblias, pero sin tener la
menor idea de lo que habría de hacer con él. Yo ignoraba que él iba a robar esa
pierna de madera hasta diez o doce líneas antes de que sucediera; pero cuando
comprendí que tal cosa iba a suceder, descubrí que era inevitable. Este es un
cuento que produce un shock en el lector; y creo que una de las razones de ese
shock reside en que antes lo produjo en quien lo escribía.
Por otro lado, a
pesar de que este cuento nació de una manera aparentemente irracional, no
necesitó de casi ninguna corrección o reescritura. Es un cuento que estuvo bajo
control mientras se lo escribía; y ustedes me preguntarán cómo opera esta forma
de control, desde el momento en que no es enteramente consciente.
Creo que la repuesta
a esta pregunta es lo que Maritain llama el “hábito del arte”. Es un hecho que
toda la personalidad participa del proceso de escritura de una ficción –tanto
la conciencia como la mente inconsciente-. El arte es el hábito del artista. El
arte debe cultivarse como cualquier otro hábito, durante un largo período de
tiempo, por la experiencia; y enseñar cualquier tipo de escritura es, primordialmente,
ayudar al aprendiz a desarrollar el hábito del arte. Creo que el arte es mucho
más que una disciplina, aunque de hecho también lo sea; creo que es un modo de
mirar al mundo creado, y de usar los sentidos de modo que éstos puedan
encontrar en las cosas tantos significados como sea posible.
Por supuesto, no soy
tan ingenua como para suponer que la mayor parte de la gente que asiste a las
conferencias de los escritores pretende aprender o escuchar qué clase de visión
es necesaria para escribir historias que han de formar parte permanente de
nuestra literatura. E incluso en el caso de que ustedes quisieran escucharlo,
sus preocupaciones deben ser inmediatamente prácticas. Ustedes quieren saber
cómo pueden escribir un buen cuento, y más aún cuándo pueden decir que lo han
hecho; desean saber, entonces cuál es la forma de un cuento, como si la forma
fuera algo que existiese fuera de cada cuento y pudiera aplicarse, imponerse al
material. Por supuesto, cuanto más escriban, mejor comprenderán que la forma es
orgánica, que crece desde el material, que la forma de cada cuento es única. Un
buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno
cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a
todo, sigue escapándose de uno. En ficción, dos y dos es siempre más que
cuatro.
La única manera,
creo, de aprender a escribir cuentos es escribirlos, y luego tratar de
descubrir qué es lo que se ha hecho. El momento de pensar en la técnica es
aquél en el cual se tiene al cuento bajo los ojos. El maestro puede ayudar al
estudiante a mirar este trabajo individual y a discernir si ha escrito una
historia completa vale decir, una historia en la cual la acción ilumina
plenamente el significado.
Quizá lo más útil que
pueda hacer yo ahora es transmitirles algunos comentarios sobre esas siete
historias que ustedes me pidieron que leyera. Ninguna de esas observaciones se
aplican estrictamente a una historia en particular; son simples
puntualizaciones que no deben herir a nadie verdaderamente interesado en
reflexionar sobre la escritura.
La primera cosa en la
que cualquier escritor profesional repara al leer un texto es, naturalmente, en
el uso del lenguaje. Muy bien. El uso del lenguaje en estos cuentos, con una
sola excepción, es tal, que resultaría muy difícil distinguir unos de otros. Si
bien puedo señalar la caída en numerosos lugares comunes, no puedo recordar una
sola imagen o una metáfora. No quiero decir que no las hay en ninguno de los
siete cuentos; simplemente, digo que no son lo suficientemente efectivas como
para quedarse en nuestra mente.
En relación con esto,
reparé en otro aspecto que me produjo una considerable alarma. Excepto en uno
solo de los cuentos, prácticamente no se hace uno del habla local. Ahora bien,
éste es un Congreso de Escritores Sureños. Todos los remitentes de los sobres
en los que me llegaron los siete cuentos, señalan lugares de Georgia y
Tennessee. Y sin embargo, no hay en ellos signos distintivos de la vida sureña.
Una cierta cantidad de topónimo salpican los textos, como Savannah o Atlanta o
Jacksonville, pero podrían ser fácilmente trocados por los de Pittsburg o
Passaic sin necesidad de realizar ninguna otra alteración en el cuento. Los
personajes hablan como si nunca hubieran escuchado otro lenguaje que el que
emana de un estudio de televisión. Lo cual indica que hay algo fuera de foco.
Dos calidades
conforman la obra de ficción. Una es el sentido del misterio y la otra el
sentido de los hábitos. Uno aprehende las costumbres de la textura de la
existencia que nos rodea. La gran ventaja de ser un escritor del Sur es que no
necesitamos mirar hacia ningún otro lugar en busca de costumbres: buenas o
malas, las tenemos, y en abundancia. En el Sur, habitamos una sociedad rica en
contradicciones, rica en ironía, rica en contrastes y particularmente rica en
su lenguaje. Y sin embargo, he aquí seis historias de sureños en las cuales
casi no se hace uso de los dones de la región.
Por supuesto, una de
las razones ha de residir en que ustedes han visto abusar tantas veces de tales
dones que se han vuelto excesivamente escrupulosos respecto de su uso. No obstante,
cuando la vida que de hecho nos rodea es ignorada totalmente, cuando las
particularidades de nuestra habla son desdeñadas de modo sistemático, es obvio
que algo funciona muy mal. El escritor debería preguntarse si no está buscando,
en fin, una forma de vida artificial.
Un modismo
caracteriza a una sociedad, y cuando se ignoran los modismos, se está muy cerca
de ignorar todo el tejido social que pudo forjar a un personaje significativo.
No se puede extirpar a un personaje de su sociedad y decir mucho acerca de él
como individuo, No se puede decir nada significativo acerca del misterio de una
personalidad a menos que se la inserte en un contexto social creíble y
significativo. Y la mejor forma de hacerlo es por medio del propio lenguaje de
ese personaje. Cuando alguien, en uno de los cuentos de Andrew Little, dice
desdeñosamente que tiene “una mula más vieja que Birmingham”, vemos en esa sola
frase un sentido de una sociedad y su historia. Gran parte de la obra de un
escritor del Sur ha sido realizada antes de que éste comience a escribir,
porque nuestra historia vive en nuestro lenguaje. En uno de los cuentos de
Eudora Welty, un personaje dice: “en el pago de donde vengo, hay zorros en vez
de perros de cuadra, búhos en vez de gallinas, pero cantamos la verdad…” Verán
que hay todo un libro en esa sola frase: y cuando el pueblo de nuestro distrito
puede hablar de esa manera y uno lo ignora, simplemente estamos desaprovechando
lo que es nuestro. El sonido de nuestra habla es demasiado claro como para que
se lo menosprecie con toda impunidad, y el escritor que trate de evadir esta
responsabilidad estará a punto de destruir la mejor parte de su poder creativo.
Otra cosa que he
observado en estas historias es que, en su mayoría, no profundizan demasiado en
un personaje, no revelan demasiado de su interioridad. No quiero decir que no
se metan en la mente del personaje, sino que, simplemente, no muestran que el
personaje está dotado de una personalidad. Una vez más, debemos remitirnos al
tema del lenguaje. Estos personajes carecen de un habla distintiva que los
revele; y a veces no tienen en realidad, rasgos distintivos. Al final, uno
siente que no nos ha sido revelada personalidad alguna. En la mayoría de los
buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la
historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en
una acción y luego ha seleccionado un personaje para que la lleve a cabo.
Usualmente, existen más probabilidades de llegar a buen fin si se comienza de
otra manera. Si se parte de una personalidad real, un personaje real, estamos
en camino de que algo pase; antes de empezar a escribir, no se necesita saber
qué. En verdad, puede ser mejor que uno ignore qué sucederá. Ustedes deberían
ser capaces de descubrir algo en los cuentos que escriban. Porque si ustedes no
lo son, probablemente nadie lo será.
(Traducción
de Leopoldo Brizuela)
viernes, 30 de mayo de 2014
Consejos para escribir
Decálogo del escritor - Augusto Monterroso
Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe
siempre.
Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.
Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".
Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.
Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.
Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.
Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.
Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.
Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.
Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.
Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.
Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.
El autor da la opción al escritor, de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.
Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.
Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".
Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.
Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.
Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.
Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.
Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.
Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.
Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.
Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.
Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.
El autor da la opción al escritor, de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.
16 consejos, Jorge Luis Borges
En literatura es preciso evitar:
1- Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.
2- Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.
3- La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.
4- En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.
5- En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector
6- Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.
7- Las frases, la escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.
8- La enumeración caótica.
9- Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.
10- El antropomorfismo.
11- La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.
12- Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.
13- Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.
14- En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.
15- Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:
16- Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.
1- Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.
2- Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.
3- La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.
4- En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.
5- En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector
6- Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.
7- Las frases, la escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.
8- La enumeración caótica.
9- Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.
10- El antropomorfismo.
11- La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.
12- Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.
13- Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.
14- En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.
15- Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:
16- Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.
Consejos para escritores, Abelardo Castillo
No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace
falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.
En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin meditar en esto.
No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.
Los sueños ajenos son invariablemente aburridos. Nunca olvides que tus propios sueños, para el otro, son ajenos.
De tanto en tanto recordarás esta historia. Alguien le llevó un manuscrito a Antón Chéjov y le preguntó:
-¿Que hago maestro? ¿Lo publico o lo tiro a la basura?
- Publíquelo - dijo Chéjov - de tirarlo a la basura ya se encargaran los lectores.
PD: Después de habernos "aplastado" con el ingenio de estas frases, Abelardo Castillo nos hace un guiño de burla y nos dice, ya en tono más confidencial y un poco después de la última cerveza:
"No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en estas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea."
En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin meditar en esto.
No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.
Los sueños ajenos son invariablemente aburridos. Nunca olvides que tus propios sueños, para el otro, son ajenos.
De tanto en tanto recordarás esta historia. Alguien le llevó un manuscrito a Antón Chéjov y le preguntó:
-¿Que hago maestro? ¿Lo publico o lo tiro a la basura?
- Publíquelo - dijo Chéjov - de tirarlo a la basura ya se encargaran los lectores.
PD: Después de habernos "aplastado" con el ingenio de estas frases, Abelardo Castillo nos hace un guiño de burla y nos dice, ya en tono más confidencial y un poco después de la última cerveza:
"No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en estas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea."
Escribir un cuento, Raymond Carver
Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela. De todas formas, se trata de una historia angustiosa y hablar de ello puede resultar muy tedioso. Aunque no sea menos cierto que tuvo mucho que ver, todo esto, con mi dedicación a la poesía y a la narración corta. Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar. Por ello perdí toda ambición, toda gran ambición, cuando andaba por los veintitantos años. Y creo que fue buena cosa que así me ocurriera. La ambición, y la buena suerte son algo magnífico para un escritor que desea hacerse como tal. Porque una ambición desmedida, acompañada del infortunio, puede matarlo. Hay que tener talento.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O'Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin... Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse.
Decía Isak Dinesen que ella escribía un poco todos los días, sin esperanza y sin desesperación. Algún día escribiré ese lema en una ficha de tres por cinco, que pegaré en la pared, detrás de mi escritorio... Entonces tendré al menos es ficha escrita. "El esmero es la UNICA convicción moral del escritor". Lo dijo Ezra Pound. No lo es todo aunque signifique cualquier cosa; pero si para el escritor tiene importancia esa "única convicción moral", deberá rastrearla sin desmayo.
Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:... Y súbitamente todo empezó a aclarársele. Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar,. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
Una vez escuché al escritor Geoffrey Wolff decir a un grupo de estudiantes: No a los juegos triviales. También eso pasó a una ficha de tres por cinco. Solo que con una leve corrección: No jugar. Odio los juegos. Al primer signo de juego o de truco en una narración, sea trivial o elaborado, cierro el libro. Los juegos literarios se han convertido últimamente en una pesada carga, que yo, sin embargo, puedo estibar fácilmente sólo con no prestarles la atención que reclaman. Pero también una escritura minuciosa, puntillosa, o plúmbea, pueden echarme a dormir. El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores. Aún a riesgo de parecer trivial, el escritor debe evitar el bostezo, el espanto de sus lectores.
Hace unos meses, en el New York Times Books Review John Barth decía que, hace diez años, la gran mayoría de los estudiantes que participaban en sus seminarios de literatura estaban altamente interesados en la "innovación formal", y eso, hasta no hace mucho, era objeto de atención. Se lamentaba Barth, en su artículo, porque en los ochenta han sido muchos los escritores entregados a la creación de novelas ligeras y hasta "pop". Argüía que el experimentalismo debe hacerse siempre en los márgenes, en paralelo con las concepciones más libres. Por mi parte, debo confesar que me ataca un poco los nervios oír hablar de "innovaciones formales" en la narración. Muy a menudo, la "experimentación" no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá solo resulte interesante par un puñado de especializadísimos científicos.
Sí puede haber, no obstante, una experimentación literaria original que llene de regocijo a los lectores. Pero esa manera de ver las cosas -Barthelme, por ejemplo- no puede ser imitada luego por otro escritor. Eso no sería trabajar. Sólo hay un Barthelme, y un escritor cualquiera que tratase de apropiarse de su peculiar sensibilidad, de su mise en scene, bajo el pretexto de la innovación, no llegará sino al caos, a la dispersión y, lo que es peor, a la decepción de sí mismo. La experimentación de veras será algo nuevo, como pedía Pound, y deberá dar con sus propios hallazgos. Aunque si el escritor se desprende de su sensibilidad no hará otra cosa que transmitirnos noticias de su mundo.
Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje claro, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector, como bien lo demuestran las delicias debidas a Navokov. Esa es de entre los escritores, la clase que más me interesa. Odio, por el contrario, la escritura sucia o coyuntural que se disfraza con los hábitos de la experimentación o con la supuesta zafiedad que se atribuye a un supuesto realismo. En el maravilloso cuento de Isaak Babel, Guy de Maupassant, el narrador dice acerca de la escritura: Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Eso también merece figurar en una ficha de tres por cinco.
En una ocasión decía Evan Connell que supo de la conclusión de uno de sus cuentos cuando se descubrió quitando las comas mientras leía lo escrito, y volviéndolas a poner después, en una nueva lectura, allá donde antes estuvieran. Me gusta ese procedimiento de trabajo, me merece un gran respeto tanto cuidado. Porque eso es lo que hacemos, a fin de cuentas. Hacemos palabra y deben ser palabras escogidas, puntuadas en donde corresponda, para que puedan significar lo que en verdad pretenden. Si las palabras están en fuerte maridaje con las emociones del escritor, o si son imprecisas e inútiles para la expresión de cualquier razonamiento -si las palabras resultan oscuras, enrevesadas- los ojos del lector deberán volver sobre ellas y nada habremos ganado. El propio sentido de lo artístico que tenga el autor no debe ser comprometido por nosotros. Henry James llamó "especificación endeble" a este tipo de desafortunada escritura.
Tengo amigos que me cuentan que debe acelerar la conclusión de uno de sus libros porque necesitan el dinero o porque sus editores, o sus esposas, les apremian a ello. "Lo haría mejor si tuviera más tiempo", dicen. No sé qué decir cuando un amigo novelista me suelta algo parecido. Ese no es mi problema. Pero si el escritor no elabora su obra de acuerdo con sus posibilidades y deseos, ¿por qué ocurre tal cosa? Pues en definitiva sólo podemos llevarnos a la tumba la satisfacción de haber hecho lo mejor, de haber elaborado una obra que nos deje contentos. Me gustaría decir a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar querido para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.
En un ensayo titulado Writing Short Stories, Flannery O'Connor habla de la escritura como de un acto de descubrimiento. Dice O'Connor que ella, muy a menudo, no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento... Dice que se ve asaltada por la duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando inician la redacción de un texto. Habla ella de la "piadosa gente del pueblo", para poner un ejemplo de cómo jamás sabe cuál será la conclusión de un cuento hasta que está próxima al final:
Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph.D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al marino bíblico, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que robaba una pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable.
Cuando leí esto hace unos cuantos años, me chocó el que alguien pudiera escribir de esa manera. Me pereció descorazonador, acaso un secreto, y creí que jamás sería capaz de hacer algo semejante. Aunque algo me decía que aquel era el camino ineludible para llegar al cuento. Me recuerdo leyendo una y otra vez el ejemplo de O'Connor.
Al fin tomé asiento y me puse a escribir una historia muy bonita, de la que su primera frase me dio la pauta a seguir. Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases complementarias para complementarla.
Puedo decir que escribí el relato como si escribiera un poema: una línea; y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir.
Me gusta hacerlo así cuando siento que una nueva historia me amenaza. Y siento que de esa propia amenaza puede surgir el texto. En ella se contiene la tensión, el sentimiento de que algo va a ocurrir, la certeza de que las cosas están como dormidas y prestas a despertar; e incluso la sensación de que no puede surgir de ello una historia. Pues esa tensión es parte fundamental de la historia, en tanto que las palabras convenientemente unidas pueden irla desvelando, cobrando forma ene l cuento. Y también son importantes las cosas que dejamos fuera, pues aún desechándolas siguen implícitas en la narración, en ese espacio bruñido (y a veces fragmentario e inestable) que es sustrato de todas las cosas.
La definición que da V.S. Pritcher del cuento como "algo vislumbrado con el rabillo del ojo", otorga a la mirada furtiva categoría de integrante del cuento. Primero es la mirada. Luego esa mirada ilumina un instante susceptible de ser narrado. Y de ahí se derivan las consecuencias y significados. Por ello deberá el cuentista sopesar detenidamente cada una de sus miradas y valores en su propio poder descriptivo. Así podrá aplicar su inteligencia, y su lenguaje literario (su talento), al propio sentido de la proporción, de la medida de las cosas: cómo son y cómo las ve el escritor; de qué manera diferente a las de los más las contempla. Ello precisa de un lenguaje claro y concreto; de un lenguaje para la descripción viva y en detalle que arroje la luz más necesaria al cuento que ofrecemos al lector. Esos detalles requieren, para concretarse y alcanzar un significado, un lenguaje preciso, el más preciso que pueda hallarse. Las palabras serán todo lo precisas que necesite un tono más llano, pues así podrán contener algo. Lo cual significa que, usadas correctamente, pueden hacer sonar todas las notas, manifestar todos los registros.
Consejos sobre el arte de escribir cuentos, Roberto Bolaño
Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.
1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.
Decálogo del perfecto cuentista - Horacio Quiroga
I
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
Decálogo del novelista perfecto, Leonard Elmore
1. Nunca
empieces un libro hablando del clima.
Si sólo te sirve para crear atmósfera y no es una reacción del personaje al clima, no debes usarlo demasiado. El lector buscará las reacciones del personaje. Hay algunas excepciones, claro. Si te llamas Barry Lopez y conoces más maneras de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hablar del clima tanto como te dé la gana.
2. Evita los prólogos.
Pueden resultar molestos, especialmente un prólogo después de una introducción que viene antes de la dedicatoria. Pero en no ficción son muy habituales. En una novela, el prólogo cuenta los antecedentes de la historia, pero no hace falta contarlos al principio, puedes ponerlos donde quieras. Siempre hay excepciones, claro. Dulce jueves, de John Steinbeck, tiene prólogo, pero me parece bien, porque es un personaje del libro que deja claras las reglas, que nos explica cómo le gusta que le cuenten las cosas. Lo que hizo Steinbeck en Dulce jueves fue titular los capítulos a modo de indicación, aunque algo oscura, acerca de lo que tratan. Hay dos capítulos que llega a titularlos “Hooptedoodle” (palabrería), en los que avisa al lector: “Aquí haré vuelos espectaculares con mi escritura y no se entremezclará con la historia. Sáltatelos si quieres”. Dulce jueves se publicó en 1954, cuando yo empezaba a publicar, y nunca olvidaré el prólogo. ¿Si leí los capítulos “Hooptedoodle”? Cada palabra.
3. No uses más que “dijo” en el diálogo.
La frase, en el diálogo, pertenece al personaje. El verbo viene a ser el escritor husmeando donde no debería. El verbo “decir” es bastante menos intruso que “gruñir”, “exclamar”, “preguntar”, “interrogar”... Cierta vez leí un “ella aseveró” al final de una frase de un personaje de Mary McCarthy y tuve que parar de leer para buscarlo en el diccionario.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “decir”.
... amonestó severamente. Usar un adverbio de esta manera (o de casi cualquier manera) es un pecado mortal. El escritor se expone a interrumpir el ritmo de intercambio cuando usa este tipo de palabras. Un personaje cuenta en uno de mis libros cómo solía escribir sus romances históricos “llenos de violaciones y adverbios”.
5. Controla los signos de exclamación.
Se permiten alrededor de dos o tres exclamaciones por cada 100 mil palabras en prosa. Si tienes el don de Tom Wolfe con ellos, puedes usarlos profusamente.
6. Nunca uses frases como “de repente” o “de pronto”.
Esta regla no requiere ninguna explicación. Me he dado cuenta de que los escritores que usan exclamaciones como “de repente” suelen tener menos control sobre sus signos de exclamación.
7. Usa términos dialectales muy de vez en cuando.
Si empiezas a llenar la página con un diálogo ininteligible, no podrás parar. Un buen ejemplo sería Annie Proulx, que es capaz de captar muy bien el sabor del habla de Wyoming.
8. Evita las descripciones demasiado detalladas de los personajes.
Steinbeck lo hacía. Pero en el cuento Colinas como elefantes blancos”, Hemingway, por ejemplo, usa una única descripción para el personaje de la mujer que acompaña al americano: “Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa”. Es la única referencia física en la historia, pero aún y así vemos a la pareja y sabemos de ellos por su tono de voz... sin adverbios que los acompañen.
9. No entres en demasiados detalles al describir lugares y cosas.
Si no eres Margaret Atwood, que pinta escenas con el lenguaje o no puedes describir el paisaje como lo hace Jim Harrison, no lo hagas. Incluso si estás dotado para las descripciones, ten en cuenta que el meollo de la historia debe ser la acción, no la descripción.
10. Trata de eliminar todo aquello que el lector tiende a saltarse.
Esta regla se me ocurrió en 1983. Piensa en lo que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos de prosa con demasiadas palabras. ¿Qué está haciendo el escritor? Hablar del tiempo, o ha entrado en la mente del personaje y el lector o bien sabe qué es lo que piensa el personaje, o bien no le importa. Me apuesto lo que sea a que no te saltas el diálogo. Mi regla más importante es una que las engloba a las diez. Si suena como lenguaje escrito, lo vuelvo a escribir. Si la gramática se inmiscuye en la historia, la abandono. No puedo permitir que lo que aprendí en clase de redacción altere el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, no distraer al lector de lo que es escritura obvia (Joseph Conrad habló una vez de las palabras que se inmiscuyen en lo que quieres contar). Si escribo una escena, siempre desde el punto de vista de un personaje (el que me da la mejor visión de la vida en esa escena en particular), puedo concentrarme en las voces de los personajes contando quiénes son y cómo se sienten, qué ven y qué sucede. Así es como desaparezco de la escena.
Si sólo te sirve para crear atmósfera y no es una reacción del personaje al clima, no debes usarlo demasiado. El lector buscará las reacciones del personaje. Hay algunas excepciones, claro. Si te llamas Barry Lopez y conoces más maneras de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hablar del clima tanto como te dé la gana.
2. Evita los prólogos.
Pueden resultar molestos, especialmente un prólogo después de una introducción que viene antes de la dedicatoria. Pero en no ficción son muy habituales. En una novela, el prólogo cuenta los antecedentes de la historia, pero no hace falta contarlos al principio, puedes ponerlos donde quieras. Siempre hay excepciones, claro. Dulce jueves, de John Steinbeck, tiene prólogo, pero me parece bien, porque es un personaje del libro que deja claras las reglas, que nos explica cómo le gusta que le cuenten las cosas. Lo que hizo Steinbeck en Dulce jueves fue titular los capítulos a modo de indicación, aunque algo oscura, acerca de lo que tratan. Hay dos capítulos que llega a titularlos “Hooptedoodle” (palabrería), en los que avisa al lector: “Aquí haré vuelos espectaculares con mi escritura y no se entremezclará con la historia. Sáltatelos si quieres”. Dulce jueves se publicó en 1954, cuando yo empezaba a publicar, y nunca olvidaré el prólogo. ¿Si leí los capítulos “Hooptedoodle”? Cada palabra.
3. No uses más que “dijo” en el diálogo.
La frase, en el diálogo, pertenece al personaje. El verbo viene a ser el escritor husmeando donde no debería. El verbo “decir” es bastante menos intruso que “gruñir”, “exclamar”, “preguntar”, “interrogar”... Cierta vez leí un “ella aseveró” al final de una frase de un personaje de Mary McCarthy y tuve que parar de leer para buscarlo en el diccionario.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo “decir”.
... amonestó severamente. Usar un adverbio de esta manera (o de casi cualquier manera) es un pecado mortal. El escritor se expone a interrumpir el ritmo de intercambio cuando usa este tipo de palabras. Un personaje cuenta en uno de mis libros cómo solía escribir sus romances históricos “llenos de violaciones y adverbios”.
5. Controla los signos de exclamación.
Se permiten alrededor de dos o tres exclamaciones por cada 100 mil palabras en prosa. Si tienes el don de Tom Wolfe con ellos, puedes usarlos profusamente.
6. Nunca uses frases como “de repente” o “de pronto”.
Esta regla no requiere ninguna explicación. Me he dado cuenta de que los escritores que usan exclamaciones como “de repente” suelen tener menos control sobre sus signos de exclamación.
7. Usa términos dialectales muy de vez en cuando.
Si empiezas a llenar la página con un diálogo ininteligible, no podrás parar. Un buen ejemplo sería Annie Proulx, que es capaz de captar muy bien el sabor del habla de Wyoming.
8. Evita las descripciones demasiado detalladas de los personajes.
Steinbeck lo hacía. Pero en el cuento Colinas como elefantes blancos”, Hemingway, por ejemplo, usa una única descripción para el personaje de la mujer que acompaña al americano: “Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa”. Es la única referencia física en la historia, pero aún y así vemos a la pareja y sabemos de ellos por su tono de voz... sin adverbios que los acompañen.
9. No entres en demasiados detalles al describir lugares y cosas.
Si no eres Margaret Atwood, que pinta escenas con el lenguaje o no puedes describir el paisaje como lo hace Jim Harrison, no lo hagas. Incluso si estás dotado para las descripciones, ten en cuenta que el meollo de la historia debe ser la acción, no la descripción.
10. Trata de eliminar todo aquello que el lector tiende a saltarse.
Esta regla se me ocurrió en 1983. Piensa en lo que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos de prosa con demasiadas palabras. ¿Qué está haciendo el escritor? Hablar del tiempo, o ha entrado en la mente del personaje y el lector o bien sabe qué es lo que piensa el personaje, o bien no le importa. Me apuesto lo que sea a que no te saltas el diálogo. Mi regla más importante es una que las engloba a las diez. Si suena como lenguaje escrito, lo vuelvo a escribir. Si la gramática se inmiscuye en la historia, la abandono. No puedo permitir que lo que aprendí en clase de redacción altere el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, no distraer al lector de lo que es escritura obvia (Joseph Conrad habló una vez de las palabras que se inmiscuyen en lo que quieres contar). Si escribo una escena, siempre desde el punto de vista de un personaje (el que me da la mejor visión de la vida en esa escena en particular), puedo concentrarme en las voces de los personajes contando quiénes son y cómo se sienten, qué ven y qué sucede. Así es como desaparezco de la escena.
viernes, 16 de mayo de 2014
El último encuentro - Sandor Marai (Capítulo I)
El general se entretuvo casi toda la
mañana en la bodega del lagar. Había salido
al viñedo de madrugada, junto con el vinatero, para ver qué se podía hacer con
dos barriles de vino que habían empezado a fermentar. Eran las once pasadas
cuando terminaron de embotellar el vino; entonces regresó a la casa. Bajo las
columnas del porche de piedras húmedas que olían a moho le esperaba el montero, para entregar a
su señor una carta que acababa de llegar.
—¿Qué quieres? —le preguntó, y se detuvo con
fastidio. Se echó atrás el sombrero de paja de ala ancha que le cubría la
frente y le oscurecía totalmente la cara rojiza. Hacía años que no leía ni
abría ninguna carta. El correo lo abría, examinaba y seleccionaba uno de sus
sirvientes de confianza, en la oficina del administrador.
—Un recadero acaba de traerla —dijo el
montero, que se mantenía en posición de firme en el porche.
Reconoció la letra, cogió la carta y la guardó
en el bolsillo. Entró en el frescor del vestíbulo y entregó al montero su
sombrero y su bastón, sin musitar palabra. Sacó las gafas del bolsillo donde
guardaba también los puros, se acercó a la ventana y se puso a leer la carta en
la sombra rasgada apenas por algunos rayos que penetraban por las rendijas de
las persianas medio echadas.
—Espera —dijo por encima del hombro al
montero, que se disponía a retirarse con el sombrero y el bastón.
Arrugó la carta y se la guardó en el bolsillo.
—Que Kálmán prepare el coche para las seis. El
landó, que va a llover. Que se ponga la librea de gala. Tú también —añadió con
énfasis, como si estuviera enfadado por algo—. Que todo esté limpio y
reluciente. Que empiecen ahora mismo a limpiar el coche y el aparejo. Te vistes
de gala, ¿entendido? Y te sientas al lado de Kálmán, en el pescante.
—Entendido, excelencia —respondió el montero,
mirando a su amo fijamente a los ojos—. A las seis en punto.
—A las seis y media os vais —dijo, moviendo a
continuación los labios en silencio, como si estuviera contando—. Os presentáis
en el Hotel del Águila Blanca. Sólo tienes que decir que te he enviado yo y que
ya está dispuesto el coche del capitán. Repítelo.
El montero repitió las instrucciones.
Entonces el general levantó una mano y miró al techo, como si quisiera añadir
algo más. No dijo nada y subió al primer piso. El montero, firme, lo observó
con ojos vidriosos, lo siguió con la mirada y esperó a que la cuadrada figura
de anchas espaldas desapareciera por el recodo de la escalera de piedra del
primer piso.
El general entró en su habitación, se
lavó las manos y se acercó al pupitre alto y estrecho, cubierto de paño verde,
salpicado de manchas de tinta, donde había portaplumas, tinteros y cuadernos
con tapas de hule a cuadros, como los que utilizan los colegiales para hacer
los deberes, todos guardados con un orden milimétrico. En el centro del pupitre
había una lámpara de pantalla verde y la encendió porque la habitación estaba a
oscuras. Detrás de las persianas echadas, el verano quemaba el jardín lleno de
plantas secas y de hojas arrugadas, como un pirómano colérico que incendiara
toda la vegetación antes de desaparecer. El general sacó la carta del bolsillo,
alisó el papel con gran cuidado y, con las gafas caladas, volvió a leer las
frases cortas y rectas, escritas con letra fina, a la luz resplandeciente de la
lámpara. Juntó las manos por detrás mientras leía.
En una pared había un almanaque de
números enormes. Catorce de agosto. El general echó la cabeza hacia atrás, para
contar. Catorce de agosto. Dos de julio. Contaba el tiempo transcurrido entre
una fecha remota y aquel día. Cuarenta y un años, dijo en voz alta. Hacía rato
que hablaba en voz alta, aunque estaba solo en la habitación. Cuarenta años, repitió
después, un tanto confundido. Como un colegial que se enreda por lo difícil de
los deberes, se puso colorado, echó la cabeza atrás y cerró los ojos
humedecidos. Por encima de la chaqueta amarilla como el maíz tenía el cuello
hinchado y rojo. Dos de julio de mil ochocientos noventa y nueve, la fecha de
aquella cacería, musitó. Luego guardó silencio. Apoyó los codos en el pupitre,
con preocupación, como si fuera un colegial aplicado,volvió a mirar el texto de
la carta, aquellas pocas líneas. Cuarenta y uno, dijo al final, con la voz
ronca. Y cuarenta y tres días. Eso era.
A
continuación, como si ya se hubiese calmado, dio unos pasos por la habitación.
En el centro había una columna que sustentaba el techo abovedado. Antaño había
habido allí dos habitaciones: un dormitorio y un vestidor. Hacía muchísimos
años —ya sólo contaba las décadas, no le gustaban los números exactos, como si
todas las fechas le recordaran algo que prefiriese olvidar— había mandado
derribar el muro que separaba las dos estancias. Sólo se dejó intacta la
columna que soportaba las bóvedas del centro. La casa la había construido
doscientos años atrás un proveedor militar que abastecía de avena a la
caballería del ejército austriaco y que más tarde se hizo con el título de
duque. Fue entonces cuando mandó construir la mansión. El general había nacido
en la casa, en aquella habitación. La más oscura de las dos habitaciones, cuyas
ventanas daban al jardín, al huerto y a los edificios de la hacienda, era por
entonces la de su madre, y la más luminosa y alegre servía de vestidor. Hacía
ya décadas, al cambiarse él a esta ala del edificio, había mandado derribar el
tabique medianero y había convertido las dos habitaciones en una sola, más
grande, dominada por las sombras. Había diecisiete pasos desde la puerta hasta
la cama. Dieciocho desde la pared del jardín hasta el balcón. Los había contado
muchas veces, y lo sabía con certeza y precisión.
Vivía en aquella habitación, adaptado a
las dimensiones de las enfermedades que le acechaban. Le quedaba como hecha a
medida. Pasaban años y años sin que se desplazara a la otra parte del edificio,
ocupada por salones multicolores, verdes, azules y rojos, con arañas doradas en
el techo. Allí las ventanas daban al parque, a los castaños que asomaban tras
los cristales de ventanas y puertas, ascendiendo en semicírculo, orgullosos,
ante los balcones de piedra del ala sur de la mansión, elevando en primavera
sus flores rosadas y sus hojas verde oscuro. Unos angelitos regordetes de
piedra sostenían los pasamanos de los balcones. El general se pasaba las
mañanas en el lagar o en el bosque, se acercaba a diario al arroyo lleno de
truchas, incluso en las mañanas lluviosas y frías del invierno. Luego, al
volver a la casa, subía desde el porche a su dormitorio, donde le servían la
comida.
—Así que ha regresado —dijo en voz alta—.
Después de cuarenta y un años. Y cuarenta y tres días.
Se tambaleó de repente, como si se hubiese
agotado al pronunciar tales palabras, como si hubiera comprendido de pronto lo
mucho que eran cuarenta y un años y cuarenta y tres días. Se sentó en una de
las sillas tapizadas en cuero, un tanto destartaladas. En la mesilla había una campanilla
de plata al alcance de la mano: la agitó.
—Que suba Nini —le dijo al criado. Luego
añadió cortésmente—: Que haga el favor.
No se movió, se quedó sentado, con la
campanilla de plata en la mano, hasta que llegó Nini.
viernes, 2 de mayo de 2014
La invención de Morel - Adolfo Bioy Casares (capítulo 2)
Desde los pantanos de las aguas mezcladas veo la parte alta de la colina, los veraneantes que habitan el museo. Por su aparición inexplicable podría suponer que son efectos del calor de anoche, en mi cerebro; pero aquí no hay alucinaciones ni imágenes: hay hombres verdaderos, por lo menos tan verdaderos como yo.
Están vestidos con trajes iguales a los que se llevaban hace pocos años: gracia que revela (me parece) una consumada frivolidad; sin embargo, debo reconocer que ahora es muy general admirarse con la magia del pasado inmediato.
Quién sabe por qué destino de condenado a muerte los miro, inevitablemente, a todas horas. Bailan entre los pajonales de la colina, ricos en víboras. Son inconscientes enemigos que, para oír Valencia y Té para dos -un fonógrafo poderosísimo los ha impuesto al ruido del viento y del mar- me privan de todo lo que me ha costado tanto trabajo y es indispensable para no morir, me arrinconan contra el mar en pantanos deletéreos.
En este juego de mirarlos hay peligro; como toda agrupación de hombres cultos han de tener escondido un camino de impresiones digitales y de cónsules que me remitirá, si me descubren, por unas cuantas ceremonias o trámites, al calabozo.
Exagero: miro con alguna fascinación -hace tanto que no veo gente- a estos abominables intrusos; pero sería imposible mirarlos a todas horas:
Primero: porque tengo mucho trabajo; el sitio es capaz de matar al isleño más hábil; acabo de llegar; estoy sin herramientas.
Segundo: por el peligro de que me sorprendan mirándolos o en la primera visita que hagan a esta zona; si quiero evitarlo debo construir guaridas ocultas en los matorrales. Finalmente: porque hay dificultad material para verlos: están en lo alto de la colina y para quien los espía desde aquí son como gigantes fugaces; puedo verlos cuando se acercan a las barrancas.
Mi situación es deplorable. Me toca vivir en estos bajos en un momento en que las mareas suben más que nunca. Hace pocos días vino la más grande que he visto desde que estoy en la isla.
Cuando oscurece busco ramas y las cubro con hojas. No me extraña despertarme en el agua. La marea sube a eso de las siete de la mañana; a veces llega con adelanto. Pero una vez por semana hay subidas que pueden ser concluyentes. Hendiduras en el tronco de los árboles son la contabilidad de los días; un error me llenaría de agua los pulmones.
Siento con desagrado que este papel se transforma en testamento. Si debo resignarme a eso, he de procurar que mis afirmaciones puedan comprobarse; de modo que nadie, por encontrarme alguna vez sospechoso de falsedad, crea que miento al decir que me han condenado injustamente. Pondré este informe bajo la divisa de Leonardo -Ostinato rigore- e intentaré seguirla.
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