viernes, 26 de julio de 2013

Un día perfecto para el pez banana - J.D. Salinger

En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada El sexo es divertido... o infernal. Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad.
Mientras el teléfono llamaba, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el borde de la luna. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del asiento junto a la ventana un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de luz, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya tendida y –ya era la cuarta o quinta llamada– levantó el tubo del teléfono.
—Hola —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que tenía puesto, salvo las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.
—Gracias —contestó la chica, e hizo lugar en la mesita de luz para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no llamaste? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos acá han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica aumentó un poco más el ángulo entre el auricular y su oreja.
—Estoy perfectamente. Con calor. Este es el día más caluroso que ha habido en la Florida desde...
—¿Por qué no llamaste? Estuve tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Puedo oírte perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegaron?
—No sé... el miércoles, a la madrugada.
—¿Quién manejó?
—El —dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Manejó él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá —interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el camino, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacerse el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que manejó muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... podía notarse. Entre paréntesis, ¿papá hizo arreglar el auto?
—Todavía no. Piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. No hay motivo, entonces...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el auto y demás...
—Muy bien —dijo la chica.
—¿Siguió llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo.
—¿Cuál?
—Mamá... ¡qué importancia tiene!
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá —interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Acuérdate... esos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Tú lo tienes.
—¿Estás segura? —dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había lugar en la... ¿Por qué? ¿El te lo pidió?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el auto. Me preguntó si lo había leído. —¡Pero está en alemán!
—Sí, querida. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos...
—Espantoso. Espantoso. En verdad es triste. Anoche dijo tu padre.
.. —Un segundito, mamá —dijo la chica. Cruzó hasta el asiento junto a la ventana en busca de sus cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá? —dijo, exhalando el humo.
—Muriel... mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Ajá? —dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, así me dijo... ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan hermosas de las Bermudas... todo.
—¿Y entonces...? —dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad... una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la cabeza. Te lo juro.
—Aquí en el hotel hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es muy bueno.
—Nunca lo oí nombrar.
—De todos modos dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de cablegrafiarte que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma...
—Muriel... palabra... El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la valija y volver a casa porque sí —dijo la chica—. De cualquier modo, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te quemaste mucho? ¿No usaste ese bronceador que te puse en la valija? Está...
—Lo usé. Me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te quemaste?
—Me quemé toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿le hablaste a ese psiquiatra? —Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Tocó el piano las dos noches que hemos pasado aquí. —Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! El fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al Bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour no había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por qué te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y qué sé yo —dijo la chica—. La cuestión es que después de jugar al Bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en la vidriera de Bonwit? Que tú dijiste que había que tener un chico, chiquísimo...
—¿El verde?
—Lo tenía puesto. Con esas caderas. Se la pasó preguntándome si Seymour estaba emparentado con esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—¿Pero él qué dijo? El médico.
—¡Ah! sí... Bueno... en realidad, mucho no dijo. Sabes, estábamos en el bar. Había un bochinche terrible. —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No abundé en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablarle de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... tú sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no —dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, el ruido era tal que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le aliviané un poco el forro.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero encantadora. Por todos lados se ven lentejuelas —dijo la chica.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica—. Este año la gente es un espanto. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido tipo bailarina?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio estás bien?
—Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de hacerse cargo si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar una flor...
—Cuando pienso cómo estuvieste esperándolo a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas tan locas que...
—Mamá —dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No dije nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita la salida de baño.
—¿No se quita la salida de baño?¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzarse de piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel. Hazme caso.
—Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en el mismo momento en que haga, o diga, algo raro..., tú me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica—. Cariños a papá —colgó.
Ver más vidrio (*)(*) —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su mamá—. ¿Viste más vidrio?
—Gatita, por favor, no sigas repitiendo eso. La vas a enloquecer a mamita. Quédate quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Usaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales no necesitaría realmente por nueve o diez años más.
—En verdad no era más que un pañuelo de seda común... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosura.
—Por lo que usted me dice, parece precioso —asintió la señora Carpenter.
—Quédate quieta, Sybil, gatita...
—¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
—Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, gatita. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando quedó en libertad, Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo inundado y derruido, y enseguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia las arenas flojas. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas.
—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo.
El joven se sobresaltó, y se llevó la mano derecha, instintivamente, a las solapas de su salida de baño. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
—¡Ah!, hola Sybil.
—¿Vas a ir al agua?
—Te estaba esperando —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
—¿Qué? —dijo Sybil.
—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
—Mi papá llega mañana en avión —dijo Sybil, pateando la arena.
—No me tires arena a la cara, nena —dijo el joven, tomando con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando cada minuto. Cada minuto.
—¿Dónde está la señora?
—¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Haciéndose teñir el pelo de color visón. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación.
Poniéndose boca abajo cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
—Pregúntame algo más, Sybil —dijo—. Tienes un traje de baño muy lindo. Si hay algo que me gusta, es un traje de baño azul.
Sybil lo miró fijo, y después contempló su barriga sobresaliente.
—Este es amarillo —dijo—. Es amarillo.
—¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
—¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.
—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio, si quieres saberlo. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. —Necesita aire —dijo.
—Es verdad. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy linda. Es un gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricorniano.
¿Cuál es tu signo?
—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.
—¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente.
Le soltó los tobillos, encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho.
—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía sacarla de un empujón, ¿no es cierto?
—Sí que podías.
—!Ah!, no. No era posible —dijo el joven—. Pero, ¿sabes lo que hice, en cambio?
—¿Qué?
—Hice de cuenta que eras tú.
Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena.
—Vamos al agua —dijo.
—Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo arreglarme para hacerlo.
—La próxima vez, sácala de un empujón —dijo Sybil.
—¿Que saque a quién?
A Sharon Lipschutz.
¡Ah!, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos —repentinamente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Vamos a tratar de pescar un pez banana.
—¿Un qué?
—Un pez banana —dijo, y desanudó el cinto de su salida de baño.
Se la quitó. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida, primero a lo largo, después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Se agachó, recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Luego, con la mano izquierda tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana —dijo el joven. . —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
—No sé —dijo Sybil.
—Claro que sabes. Tienes que saber. Sharon Lipschutz sabe donde vive, y no tiene más que tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Recogió una conchilla común y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
—Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, con la barriga hacia adelante. —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró:
—Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, tomó el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
—No te imaginas cómo eso aclara todo —dijo él.
Sybil soltó su pie: —¿Has leído El negrito sambo? —dijo.
—Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche —se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció? —le preguntó.
—¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol?
—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
—No eran más que seis —dijo Sybil.
—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices nada más?
—¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.
—¿Si me gusta qué? —dijo el joven.
—La cera.
—Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza. —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.
—¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
—¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.
—Sí. Sí, me gusta. Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
—Me gusta masticar velas —dijo ella por último.
—¡Ah!, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. ¡Caracoles! Está fría. —Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más afuera.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador.
—¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? —preguntó.
—No me sueltes —dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
—Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana.
—No veo ninguno —dijo Sybil.
—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho.
—Llevan una vida muy triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella meneó la cabeza.
—Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.
—No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos?
—¿Qué pasa con quiénes?
—Con los peces banana.
—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
—Sí —dijo Sybil.
—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
—¿Por qué? —preguntó Sybil.
—Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible.
—Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.
—La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos. —Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: —Acabo de ver uno.
—¿Un qué, mi amor?
—Un pez banana.
—¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía alguna banana en la boca?
—Sí —dijo Sybil—. Seis.
El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
—¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.
—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante?
—¡No!
—Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
—Adiós —dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel.
El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
—¿Cómo dice? —dijo la mujer.
—Dije que veo que me está mirando los pies.
—¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso —dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor.
—Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
—Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás.
—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso por favor.
Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las valijas, la abrió y extrajo una automática debajo de una pila de calzoncillos y camisetas –Ortgies calibre 7.65–. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Corrió el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.




(*)Se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor glas) y confunde el sonido con la expresión see more glass (ver más vidrio).

El largo adiós (fragmento) - Raymond Chandler


Antecedentes: La escena ocurre en la ciudad de Los Angeles. El detective Philip Marlowe ha sido citado en el bar de un hotel por un futuro cliente. El fragmento que sigue narra el momento en que Marlowe va a encontrarse con él en el hotel.



Capítulo 13


A las once de la mañana me encontraba sentado en el tercer comportamiento del lado derecho, al entrar desde el comedor anexo. Tenía la espalda apoyada contra la pared y podía ver a cualquiera que entrara o saliera. Era una mañana clara, sin neblina ni alta nubosidad, y el sol deslumbraba la superficie de la pileta de natación que comenzaba inmediatamente después de la pared con azulejos del bar y se extendía hasta el extremo opuesto del comedor. Una muchacha con malla blanca de piel de tiburón, de deliciosa silueta, subía la escalera del trampolín alto. Observé la franja de piel pálida que aparecía entre la piel quemada de sus muslos y la malla. La observé carnalmente. Luego desapareció de mi vista, oculta por la inclinación del techo. Un momento después la vi descender como una flecha haciendo un uno y medio. La salpicadura subió lo suficiente como para alcanzar el sol y hacer varios arcos iris tan hermosos como la muchacha misma. Luego volvió a la escalera y se sacó el gorro blanco y sacudió el pelo. Bamboleó su trasero hacia una mesita blanca y se sentó junto a un leñador de pantalones blancos de algodón y anteojos ahumados y tan quemado que no podía ser otra cosa que el cuidador de la pileta. Este se inclinó y le dio una palmada en el muslo. Ella abrió una boca del tamaño de una boca de incendio y rió. Aquello terminó con mi interés en ella. No oía su risa, pero la sima abierta en su rostro cuando abrió el cierre relámpago sobre su dentadura me bastaron.
El bar estaba bastante vacío. Tres asientos más allá, un par de graciosos se estaban vendiendo mutuamente trozos de películas de la Twentieth Century Fox, utilizando movimientos de ambos brazos en vez de dinero. Tenían un teléfono sobre la mesa, entre ellos, y cada dos o tres minutos, jugaban al juego de quién llamaba primero a Zanuck para ofrecerle una idea genial. Eran jóvenes, morenos, ansiosos y llenos de vitalidad. Desplegaban tanta actividad muscular en la conversación telefónica como la necesaria para subir a un hombre gordo por una escalera hasta el cuarto piso.
Había un tipo triste junto al mostrador del bar, hablándole al encargado del bar, quien limpiaba un espejo y escuchaba con esa sonrisa plástica que usa la gente cuando trata de no gritar. El cliente era de mediana edad, bien vestido y estaba borracho. Quería hablar y no habría dejado de hacerlo aunque realmente no hubiera tenido deseos de hablar. Era amable y amistoso, y cuando yo lo oí no parecía tartamudear mucho, pero uno se daba cuenta que se agarraba a la botella y sólo la dejaba cuando se quedaba dormido por la noche. Así sería para el resto de su vida, y su vida era todo eso. Nunca se sabría cómo había llegado a ello, porque aunque él lo contara, no sería verdad. Cuando más, una distorsionada versión de la realidad, tal como él la conocía. Hay un hombre triste como aquél en cada bar tranquilo del mundo.
Miré el reloj y comprobé que el poderoso editor llevaba veinte minutos de atraso. Decidí esperar media hora y después irme. Nunca conviene dejar que el cliente establezca las reglas. Si él lo trata a los empujones supondrá que otra gente también puede hacerlo y no lo contrata a usted por eso. Y precisamente en aquel momento yo no tenía tanta necesidad de trabajo como para permitir que algún ricachón del lejano Este me usara como silla de montar, uno de esos directores importantes con oficinas revestidas de madera en el piso ochenta y cinco, una hilera de botones y teléfonos internos y una secretaria del Instituto Hattie Carnegie para Oficinistas Especiales, con un par de ojos grandes, hermosos, prometedores. Este era el tipo de explotador que le diría a usted que lo espera a las nueve en punto, y si a usted se le ocurriera no estar sentado y quietecito, con una sonrisa amable en la cara, cuando él apareciera dos horas más tarde, en un inmenso Gibson, sufriría un paroxismo de ultrajada capacidad ejecutiva que requeriría una estadía de cinco semanas en Acapulco antes de poder ocuparse nuevamente de sus asuntos.
El mozo pasó a mi lado y dirigió una mirada suave al débil whisky con agua de mi vaso. Sacudí la cabeza y el mozo siguió de largo. Fue entonces cuando entró en el bar un verdadero sueño en forma de mujer. Por un instante me pareció que todo sonido habíase apagado en el bar, que los dos graciosos habían cesado de negociar y que el borracho sentado en el taburete había dejado de mascullar; fue como cuando el director de orquesta golpea con la batuta en el atril, levanta los brazos y mantiene a todos en suspenso. Era delgada y bastante alta; llevaba un traje sastre de hilo blanco con un pañuelo de pintitas blancas y negras alrededor del cuello. El cabello era de color oro pálido como el de las princesas de los cuentos de hadas. El pequeño sombrero y el cabello dorado alrededor recordaban un pájaro en su nido. Los ojos eran de un color extraño, azul violáceo, y las pestañas largas y quizá demasiado claras. Se dirigió hacia la mesa de enfrente y empezó a sacarse los guantes blancos. El mozo se acercó en seguida y le apartó la mesa en tal forma y con tanta deferencia que no existe mozo en el mundo que me la hubiera apartado a mí de esa manera. La joven se sentó, aseguró los guantes con una cadenita de la cartera y agradeció al mozo con una sonrisa tan suave, tan exquisitamente pura, que el hombre casi quedó paralizado por la emoción. Ella dijo algo en voz baja y el mozo, después de inclinarse hacia adelante, salió casi corriendo. He ahí un tipo que realmente tenía una misión en la vida.
Le clavé la vista y ella captó mi mirada. Levantó los ojos media pulgada y me pareció haber dejado de existir. Casi perdí el aliento.
Hay rubias y rubias, y hoy en día es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto tal vez las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter, tan suave y blando como el empedrado de la vereda. Está la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Está la rubia que lo mira de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga de su brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo y dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará ahí, un arma que nunca deja de usarse, tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.
Está la rubia dulce y dispuesta y aficionada a la bebida, a quien no le importa lo que lleva puesto –siempre que sea visón– o adónde va –siempre que sea el Starlight Roof y haya mucho champaña seco–. Está la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común, y sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review. Está la rubia pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo “La tierra perdida” o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.
Y, por último, está la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en el cabo de Antibes, un coche Alfa Romeo completo con chofer y acompañante y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa de un anciano duque que dice buenas noches a su criado.
Aquel sueño atravesado en mi camino no pertenecía a ninguna de esas categorías; ni siquiera era de este mundo. Era inclasificable, tan remota y clara como el agua de la montaña, tan evasiva como su color. Todavía la miraba, cuando oí junto a mí una voz que decía:
—Me he retrasado en forma imperdonable. Le ruego que me disculpe. Mi nombre es Howard Spencer. Usted es Marlowe, por supuesto.

Di vuelta la cabeza y lo miré. Era de mediana edad, más bien regordete, vestido en forma un tanto despreocupada, pero bien afeitado, y el pelo muy fino peinado hacia atrás con todo cuidado. Usaba un llamativo chaleco cruzado, prenda que muy pocas veces se ve en California, como no sea llevada por algún visitante de Boston. Llevaba lentes y bajo el brazo un portafolio viejo y gastado.

viernes, 28 de junio de 2013

Hasta la última gota de sangre - Dino Buzzati

Cuando se supo que los filibusteros se acercaban a nuestra isla, se nombró un comité de defensa; me llamaron para que formara parte de él. Perdidos en el océano, no nos quedaba más remedio que confiar en nuestras fuerzas. En esos tiempos la gendarmería era exigua, y dotada de armas viejas, en su mayoría decorativas. El cuartel, a causa de un cambio de guarnición, se encontraba vacío. No obstante debíamos defendernos. Los del comité pensamos pedir consejo a su excelencia el famoso general Imagine, que varios años antes se había retirado a la vida privada en nuestro medio, en el palacio de su familia.
El general Antonio Imagine era ya muy viejo. No había que pensar siquiera en la posibilidad de que asumiera personalmente el mando de la defensa, erguido sobre los picos del antiguo peñón. Sin embargo, era el ciudadano más ilustre; podía ofrecernos, ya que carecíamos de toda experiencia de disciplina militar, preciosos consejos; y una proclama suya, por ejemplo, habría sin duda ayudado a encender los ánimos de la población, deprimidos por el terror.
Al solicitar una entrevista, nos respondieron que el general estaba indispuesto. Al insistir, su excelencia consintió finalmente en recibirnos. Pero nos rogaron que no lo fatigáramos y que nos quedáramos lo menos posible.
Nos presentamos a las cuatro de la tarde en el palacio Imagine, que se alzaba tétrico y protervo sobre el augusto y antiguo depósito. Un criado nos acompañó mientras subíamos la escalinata. Los vitrales de la iglesia, las pesadas colgaduras reducían de tal modo la luz que en todas partes había lamparitas eléctricas encendidas. En la antecámara se nos acercó una señora digna y preocupada, que repitió las recomendaciones:
—Les ruego, tengan consideración... desde hace cierto tiempo ya ni siquiera es el mismo... nos tiene en una preocupación continua... en fin, no está bien... también ustedes se darán cuenta.
Y lanzaba frecuentes miradas circulares, aludiendo quién sabe a qué siniestras insinuaciones. Luego abrió lentamente la puerta.
Era el dormitorio del general; amueblado y tapizado a la antigua, con muebles pesados y oscuros, con damascos oscuros en las paredes, alfombras espesas, una infinidad de retratos y fotografías en los muros y dos biombos colocados en los rincones, para ocultar quizá los objetos más íntimos. Todo se veía extremadamente ordenado. Pero nos detuvimos indecisos en la entrada, porque el blanco lecho, iluminado por una lámpara, nos pareció vacío. Y en la habitación no había nadie.
De pronto se movió entre las sábanas blancas una cosa pequeña y gris como un animalito. Acercándonos, distinguimos un pájaro, más o menos de la dimensión de un gorrión grande, que con mucho esfuerzo trataba de meter la cabeza bajo la almohada. Se asemejaba a una de esas aves vagabundas y abandonadas que se golpean contra las ventanas de las casas de campo en las noches heladas de invierno; el cuerpo macilento, las plumas hirsutas y feas, como en los canarios enfermos. La dama que nos acompañaba se adelantó, meneando la cabeza:
—Ya ven los señores –-murmuró—, su excelencia está muy cambiado en estos últimos tiempos... hay que tener consideración...
Nos habían dicho que el general Imagine sufría ciertos trastornos, que el recuerdo de sus antiguas glorias, además de la idea de la última guerra que habíamos perdido, lo consumía literalmente. Pero en qué condiciones, para ser francos, ninguno de nosotros lo hubiera imaginado: ¡un descarnado y mísero pajarito!
Nuestro presidente, el doctor Azaná, hombre de acción, se volvió hacia la dama preguntando en voz baja:
—Pero ¿por qué no le dan más de comer? Qué sé yo, un poco de carne picada, por ejemplo.
—No me hable —susurró la señora—. No conseguimos hacerle tragar un bocado.
Luego, inclinándose sobre el animalito, en voz alta, como si hablara con un sordo, dijo:
—Excelencia, excelencia, perdone. Están los señores del comité.
El pájaro, o mejor dicho el general Imagine, retiró sobresaltado la cabeza que había introducido parcialmente bajo la almohada, y con dificultad se irguió sobre las patitas, mirándonos. Del pico surgió una voz fina, es verdad, pero extrañamente decidida, llena de dignidad y espíritu militar:
—Buen día, señores, siéntense, estoy a sus órdenes.
Después, como si la fatiga de decir esto hubiera sido excesiva, se dejó caer nuevamente sobre la sábana, jadeando.
Medimos la dificultad de la situación. El general estaba sin duda en las últimas, y su ayuda no podía ser gran cosa. Ni siquiera era sensato esperar de él una breve proclama. Entre otras cosas, ¿cómo habría hecho para escribirla? ¿Metiendo quizá el pico en el tintero?
El doctor Azaná no perdió el tino
—Excelencia —pronunció con voz solemne—. Los piratas ya están a la vista de nuestra isla. La guarnición militar se encuentra ausente. Tenemos que pensar en defendernos. No nos habríamos atrevido nunca a molestarlo, si no estuviéramos seguros de encontrar en usted un guía de suprema autoridad.
Pasaron algunos instantes, y con penosos intentos el viejo general consiguió erguirse nuevamente sobre las patitas, oscilando un poco. Sobre las plumas del magro pecho, a la izquierda, distinguimos unas pequeñas manchas multicolores; un resto, pensamos, de sus innumerables medallas.
El pico se abrió, se hizo oír la voz finita pero autoritaria:
—Amigos, en los viejos tiempos mi consigna era una sola: hasta la última gota de sangre.
Pronunciaba las sílabas abriendo y cerrando el pico con golpecitos secos. Parecía que decir esas palabras le produjera un placer inmenso. Pero a nosotros ¿de qué podían servirnos? El doctor Azaná insistió, especificando:
—Excelencia, no podemos decidir si conviene iniciar la resistencia desde la playa o desde lo alto de las murallas.
El pájaro, que ya estaba por dejarse caer, se irguió nuevamente, bajó el pico en actitud de meditación, y luego preguntó bruscamente:
—¿Con cuántos fusiles contáis?
—Hemos reunido más de quinientos —respondió Azaná.
Ante estas palabras el general se hinchó visiblemente, asumiendo la forma y las dimensiones de un gran ovillo. El fenómeno era impresionante. Un flujo inesperado de energía y de confianza lo reanimaba. Manteniéndose bien derecho, asintió con la cabeza.
—¡Magnífico! —comentó— ¡Bravo, mis conciudadanos! Quinientos fusiles ya es algo para empezar.
-Para decir verdad —observó nuestro presidente— no son todos fusiles de...
—¡Miserables bárbaros! —lo interrumpió el general, levantando para mayor énfasis una alita desplumada—. Prepararemos un digno recibimiento. No dejaremos de lado ninguna estrategia, obraremos sin tardanza. ¡Amigos míos, les agradezco que hayan reanimado el corazón de un viejo y fiel soldado! ¡Siento pasar un viento de epopeya sobre esta pequeña isla! Y si mi destino es caer... ¡no, no puedo pedir nada mejor al Omnipotente!
No nos esperábamos esto, que el general Imagine, reducido en esa forma, y en ese estado, estuviera dispuesto a aceptar directamente el mando de la defensa. Era muy embarazoso. ¿Cómo pretender que nuestros hombres obedecieran las órdenes de un pájaro?
Mientras tanto, una nueva idea debió de ocurrírsele al general, porque de pronto su valor vaciló, la convexidad del pecho sufrió una rápida disminución, y de su pico surgieron palabras ansiosas:
—Pero díganme… díganme, queridos hijos míos, ¿cuántos hombres habrá a bordo del esquife? ¿Cien? ¿Doscientos?
—Según lo que informan hasta ahora los vigías —respondió con precisión Azaná—, se trata de veintidós navíos. Calculamos unos siete mil hombres.
—Chip, chip —dijo el general, duramente decepcionado—. ¿Siete mil, dice?
—Siete mil, excelencia.
Tuvo un estremecimiento, pareció perder repentinamente toda vida, y se abandonó lánguidamente sobre la sábana.
—¡Jesús santo! —exclamó la dama consternada— Ahora se siente mal... ya lo sabía... tendrán que retirarse, señores... por favor, por favor, de ese lado...
Y señalaba la puerta.
Al ver que nos levantábamos de nuestros asientos, el general pareció aterrarse más aún.
—No, no —comenzó a piar furiosamente—, esperen.... no me siento bien chip, chip... realmente no puedo aceptar pero es mi deber hacerles una advertencia... sólo un consejo... la estrategia que se impone tendrá que ser sumamente cautelosa...
—¿Cautelosa? ¿En qué sentido, excelencia? —preguntó Azaná, desconcertado por esa repentina metamorfosis.
—Quiero decir —prosiguió con voz lastimera el legendario Tenaza de Hierro, como se lo había denominado una vez por la potencia de sus maniobras envolventes— que todavía no sabemos cuáles son las intenciones de estos extranjeros... ¿Y si vinieran como amigos? ¿Si tuvieran la intención de comerciar honestamente? En ese caso, señores...
—Por todas partes donde han estado, han destruido todo con el hierro y con el fuego —dijo con severidad el doctor Azaná—. Éstas, excelencia, son sus intenciones.
El pájaro estaba postrado. Lo veíamos debatirse sobre las sábanas como una criaturita caprichosa.
—Pero no hay necesidad de escuchar todos los rumores —suplicó—. No hay que ser terco. Esta irrupción de ustedes me trastornó... no había comprendido bien... fue un malentendido... soy viejo... soy viejo... necesito una vida tranquila... en las naves filibusteras navegan soldados dignos y hombres de bien... sería el primero en exhortarlos a ustedes a la lucha el honor de la bandera, puedo decirlo, siempre ha sido mi ley suprema. Pero ahora no se trata de guerra, me parece más bien oportuno que todos ustedes se preparen para ofrecer festejos de bienvenida a los navegantes...
Pero Azaná, sin inmutarse:
—Excelencia, nos defenderemos.
Con la ira, el pescuezo del pajarito se estiraba, graznando:

—Brec,brec... la impaciencia los ciega, jovencitos... los extranjeros se acercan, lo sé perfectamente, con buenas intenciones... los atrae la belleza de nuestra isla...
Nos miramos espantados.
—Excelencia —repitió nuestro presidente, casi amenazador, adelantándose un paso—, ¡nos defenderemos!
Volvió a gemir:
—No, no, no, no seré cómplice de ustedes... me gusta definir bien las posiciones... soy un militar... brec, brec... me niego a participar en una maquinación tan loca.
Daba pena verlo. Un temblor febril hacía vibrar sus plumas. Pero ¿de qué podía tener miedo –me preguntaba yo– semejante ruina? ¿Por salvar algún recóndito bien el gran guerrero se arrastraba tan miserablemente ante nosotros, unos desconocidos? ¿Qué podía ofrecerle todavía la vida? Al ver que era inútil todo intento de persuadirnos, trataba ahora nuevamente, a empujoncitos, de esconderse bajo la almohada.

Con desagrado, alcé un poco la almohada con la mano, para que el insigne estratega pudiera esconderse totalmente; lo que hizo al instante. Y nos fuimos en silencio.

Un hecho curioso - Roberto Fontanarrosa

El Colorado había sugerido comer en Santa Fe pero no le habían dado bola. Los demás dijeron que tenían que aprovechar a rajar cuanto antes, antes de que la ruta fuera un kilombo y que a eso de las doce podían estar en Rosario y comer allí. Después de todo, por la autopista, en dos horas estaban de vuelta. La noche, además, era muy linda e incluso, tiempo después todos recordaban que Pepe, ya en el auto, había dicho que era perfecta para que apareciera algún plato volador. También se acordaban de que Pepe, hasta ese momento silencioso y pensativo en el asiento de atrás, había agregado, como preguntándose a sí mismo: "¿Tendrán un once?". Habían ido a cancha de Unión a ver a Central contra los tatengues y se había perdido dos a cero dando lástima. Y la carencia de un puntero izquierdo lo tenía mal al Pepe.
Lo cierto es que se largaron a la ruta sin siquiera tomar un liso en Santa Fe, tratando de primerear al resto de la sufrida hinchada que se había llegado hasta la ciudad capital para ver esa cagada de partido.
Encontraron la autopista despejada y, muy de vez en cuando, pasaba algún auto con alguna bandera arriba, cruzada sobre el techo, agarrados los extremos con las ventanillas traseras.
—Por qué no te metés la bandera en el orto —alcanzó a decir Ramón poco antes de que el Colorado propusiera parar en cualquier parte para comer algo.
—Un sandwich, aunque sea —agregó. Pero alguien tiró la posibilidad de una tira, un cacho de vacío y los cuatro comenzaron a escudriñar el camino en busca de una parrillita. Se habían avivado tarde de que tenían hambre y ya habían dejado atrás las parrillas de la salida de Santo Tomé. La mufa del partido, por otro lado, había aflojado.
—Por acá no hay un choto —dijo Pepe. Pero se equivocaba. A poco tiempo de andar vieron una estación de servicio, chica y, al lado, casi oculta entre unos árboles, una parrilla iluminada. Pararon el auto, bajaron, y cuando se estaban acercando a la edificación, vieron cómo un tipo cerraba la puerta vidriada desde adentro.
—Cagamos —dijo el Colorado. Pero ya habían llegado junto a la puerta y Ramón golpeó con los nudillos sobre el vidrio, como si el tipo de adentro no los viera cuando, a no ser por la puerta en sí, estaba separado de ellos por unos quince centímetros. El Negro, al mismo tiempo, le hacía la seña basquebolística de pedir minuto, con el dedo índice de la mano derecha apoyado en la palma hacia abajo de la mano izquierda. En tanto el hombre volvía a abrir, adentro, un adolescente que barría, dejó de hacerlo.
—¿Podremos comer algo, jefe? —preguntó el Colorado frotándose las manos.
—Sí. Sí —dijo el hombre señalándoles una mesa y yéndose hacia atrás del mostrador. El adolescente abandonó la escoba con cara de culo y se fue para la cocina. No se veía más nadie en el local, pero aún quedaban mesas sin levantar, indicio que delataba que había habido gente comiendo minutos antes.
—Es temprano después de todo —dijo Pepe, mirando el reloj en tanto se sentaba—. Son las once y media.
—Que trabajen, qué mierda —dijo Ramón.
—¿Hacemos un blanco? —propuso el Colorado, y volvieron sobre el tema del partido.
Ramón no se acuerda, hoy por hoy, a qué hora habrá caído el tipo de bigotitos, pero no les habían traído toda­vía las tiras cuando entró a la parrilla. Tampoco notaron nada raro, aunque, tiempo después, el Negro recordó que no habían escuchado ruido de auto o cosa así llegando a la parrilla. Tanto, que primero pensaron que era un tipo del lugar, alguno que trabajaba en la parrilla o atendía en la estación de servicio.
Era un tipo delgado, de estatura mediana, pelo negro y bigotito fino.
—Parecía uno de esos que laburan en teatros de varieté —diría después el Colorado.— Un mago o cosa así.
—Uno de esos que cuentan chistes pelotudos —aportaría el Pepe.
El hombre saludó al entrar con el "provecho" de rigor y los cuatro contestaron con monosílabos y movimientos de cabezas. El hombre se dirigió al dueño, que estaba detrás del mostrador, habló dos palabras con él, el patrón se encogió de hombros y el tipo se acercó a la mesa de los cuatro.
—Perdonen —dijo.— ¿Les molestaría que me sentara con ustedes?
Pepe, al lado de quien estaba parado, dejó de masticar y lo miró largamente. El Colorado fue más operativo, corrió la silla de la cabecera y lo invitó a sentarse.
—Che... —avisó al Negro y a Ramón—... acá el amigo va a compartir la mesa con nosotros.
Ramón miró al recién llegado duramente, el Negro lo estudió en silencio y luego los dos siguieron charlando del partido.
—¿Toma blanco, jefe? —ofreció Pepe, acercándole un vaso.
—Bueno, bueno, un poco.
—¿Viene del partido? —consultó el Colorado. El hombre lo miró con extrañeza.
—¿Qué partido?
—Ah... no. No —se excusó el Colorado—. Creí que venía del partido.
—No.
—¿No le gusta el fútbol? —inquirió Pepe.
—¿El fútbol? —preguntó el nombre, inquieto. Y daba la sensación de que era la primera vez en su vida que escuchaba esa palabra. Ramón y el Negro también lo miraron.
—¿Usted es de por acá? —ahora el Colorado cambiaba el ángulo de la conversación. El hombre lo miró con particular interés.
—No —dijo. —No —y se quedó en silencio. El Negro apuró el trago que tenía en la boca y, cuando el tipo no miraba, levantó las cejas hacia Ramón como diciendo: "¿Qué le vamos a hacer?"
La charla, de ahí en más, retomó el tono futbolístico, ya que los muchachos casi ni le dieron bola al comensal agregado que rumiaba un pedazo algo frío de chinchulín, calladamente. Cada tanto, alguien le ofrecía vino o le ponía un trozo de asado en el plato, lo que generaba un intercambio de "permiso", "gracias", "no hay de qué" breves y circunstanciales.
El que precipitó un poco la cosa, sin quererlo, fue el Colorado, que preguntó cuánto tiempo tendrían desde allí hasta el centro de Rosario, cuando prosiguieran el viaje. Los otros no lo escucharon o no le dieron bola, salvo el desconocido que se disculpó por no conocer la ruta.
—¿De dónde es usted? —insistió el Colorado, como una formalidad, rebañando con el pan el jugo del plato, antes de retornar a la charla futbolera.
—Soy de Sinope, una de las lunas de Júpiter, distante varios millones de años luz de este planeta.
El Colorado lo miró largamente, primero inmóvil, luego aprobando con la cabeza, la boca cerrada, la lengua quitando un residuo de lechuga de los dientes. Pepe también lo había oído.
—¿Sinope? —preguntó, serio.
—Sí —dijo el hombre—, a varios millones de años luz.
—Che, muchachos —el Colorado se volvió hacia Ramón y el Negro, incluso reclamando la atención de éste tomándolo de un brazo— acá el hombre me dice que él es de Sinope, una galaxia que está lejísimos de acá.
—Ah... ya me parecía —aprobó Ramón.
—Y... ¿Cómo es eso, señor? —adelantó la cabeza el Negro.— Porque yo no lo oí bien, perdone, estaba conversando.
—Sinope —comenzó el hombre— es un planeta frío, en la galaxia de Andrómeda, a dos millones de años luz, atravesando el mar de meteoritos junto a los satélites gemelos, Elara y Ganímedes.
—¿Como saliendo hacia dónde? —preguntó el Colorado. El otro pareció no entenderlo.
—¿No tendrán un once? —preguntó Pepe. El otro lo miró muy serio.
—Un once —repitió Ramón. El hombre frunció el ceño.
—¿Y usted viaja, digamos, va y viene? —preguntó el Negro. El hombre pensó un poco.
—Con la nave Lysitea, en dos millones de años, estamos acá.
—¿No te decía yo? —se dirigió el Colorado al Negro —No es tan lejos.
—Usted sabe que yo lo miraba y me decía... "este hombre no es de acá"... no sé ¿vio?... hay como... —el Negro contemplaba al tipo frunciendo la cara.
—Mi nombre es Namur —se presentó el desconocido—. Y soy hijo de Knar, el rey de Gdeon. Yo soy el príncipe Namur. Pero desde hace medio siglo, Merak el perverso rey del planeta Mkor, se ha apoderado de nuestro pobre planeta y nos somete a una impiadosa tiranía.
—Permiso —se levantó Ramón—, voy a mear.
Ramón fue al baño. Casi detrás de él entró Pepe.
—Pobre, qué loco está —dijo Pepe. Ramón se rió.
—¿Cómo vas a pensar —dijo, en tanto meaba— que en un boliche, en medio de la ruta, te vas a encontrar con un coso como éste?
—Hijo de puta —se rió Pepe. Ramón, mientras se cerraba la bragueta, se rajó un pedo de los fuertes.
—A ver si todavía le tenemos que garpar el asado —dijo.
—¿Tendrá guita nuestra?
Cuando llegaron de nuevo a la mesa, Namur estaba contando que el perverso rey Merak, del planeta Mkor, había intentado atraparlo, que incluso sus naves habían intercambiado andanadas de rayos desintegradores en el mar de los meteoritos, pero que había logrado desorientarlo al entrar en el fluctuante campo magnético de Plutón. El Colorado le decía que él había pasado una vez por esa zona y que era muy jodida, que le había cagado dos amortiguadores.
—La importancia del pensamiento es vital para incidir sobre las descargas enemigas de rayos desintegradores —informó Namur, tocándose el entrecejo con la punta de los dedos.
—Ni qué decir —se encogió de hombros Pepe estirándose para pinchar un último trozo de tira.
—¿Cómo es eso, jefe, cómo es eso?
—La levedad de la materia enfrentada con la energía —aclaró Namur—. Por ejemplo... —buscó con la mirada— ese adorno... —señaló con su mano delgada un poster colgado en la pared, la foto de un perro peludo, plana en la base de la foto, con un relieve realista y repulsivo en la parte de la cabeza del perro.
—Sí... —dijeron todos, mirando. Namur contempló el poster fijamente durante un par de minutos. Luego el poster pareció desprenderse de la pared, se separó de ella unos cinco centímetros y cayó al suelo. Los cuatro se miraron, haciendo gestos de aprobación con la cabeza.
—¿Cómo se llamaba el alemán que hacía eso? ¿Uri GeIler? —preguntó el Colorado.
—Tiene un nombre eso.
—¿Un nombre? —preguntó el hombre.
—Sí. Ese fenómeno. ¿Telequinesis, no es?
—A ver si nos cobran el cuadro, todavía —se quejó el Negro.
—¿Y usted no ha probado a ver un oculista? —el Colorado volvió a la carga.
—No dispongo de tiempo para nada. El perverso rey Merak puede caer sobre mí en cualquier momento. Es por eso que quería pedirles algo...
Los cuatro lo observaron con atención. El hombre estaba algo inclinado hacia adelante, estudiándolos. Se mantuvo así en tanto el patrón, saliendo de la cocina, se inclinaba sobre el mostrador preguntándose cómo carajo se había caído el poster del perro peludo de la pared. Namur no dijo nada hasta que el patrón se volvió hacia la cocina con un gesto de escepticismo.
—Estamos haciendo una colecta... —explicó Namur— ...juntando fondos para combatir contra el perverso rey Merak. No es mucho lo que les pido. Lo que ustedes puedan, muchachos, queda en la voluntad de ustedes, no se hagan problemas...
Se hizo un silencio prolongado. Todos miraban a Namur. Ramón se empezó a reír.
—Flaco... —comenzó—. ¿A vos te parece... —pero no pudo continuar. A través de los vidrios del quincho se vio una luz enceguecedora. Todos se volvieron a mirar hacia afuera. Se oyó un zumbido, una trepidación que sacudió levemente los vasos y los cubiertos pero que de inmediato cesó y, fuera de la parrilla, volvió la oscuridad.
—Flaco... —retomó Ramón— ...¿A vos te parece que...
Fue cuando se abrió la puerta y apareció una figura desmañada, verdosa y fosforescente. Una especie de humanoide, de baja estatura y ojos saltones.
—¡Namur! —llamó—. Namur... ¿Qué pasa?
Namur se volvió hacia él.
—Ya voy, Pxer... —dijo—. Es que acá, los señores... bueno, están pensando... La figura se acercó a la mesa, con su especie de cabeza romboidal hizo un gesto que parecía un saludo.
—Acerqúese jefe —solicitó Pepe—. Colo, acércale una silla.
—¿Es amigo suyo? —preguntó el Negro.
—Pxer... ¿Vas a comer algo? —Namur parecía más seguro y reconfortado de estar con alguien conocido. El humanoide dudó, pasándose una extremidad de tres dedos sobre lo que podía ser el cogote.
—Métale, che... —el Colorado le acercó la fuente— ...el chinchulín debe estar caliente todavía.
El patrón se había asomado nuevamente al escuchar el chirrido de la puerta.
—Jefe —llamó Pepe—, tráigale un cubierto al amigo.
—No tenemos mucho tiempo —repitió Namur.
—Tío... —Ramón estaba escrutando a Pxer—. ¿Qué crema usa para la cara?
—¿Con qué se da?
—¿Es algún bronceador? ¿Algún vasodilatador? El Colorado esgrimió un cuchillo hacia Ramón.
—El "Barrocutina" —explicó— ...hay lugares donde no llega. No se reparte. Pxer consumía los restos de la achura y era extraño ver desaparecer la tripa en el cuerpo fosforescente.
—¿Es de tomar mucho sol su amigo? —se dirigió Pepe a Namur. Este no llegó a contestar. Afuera hubo otro destello enceguecedor que se apagó tan sorpresivamente como se había iniciado. Namur tuvo un gesto de inquietud. Pxer no lo advirtió, estaba requiriendo con gesto confuso pero entendible que le escanciaran un culito del blanco que aún quedaba.
—Lo que no hay es hielo... —se disculpaba en ese momento Ramón, revolviendo con las pinzas inútiles el baldecito. Fue cuando se abrió la puerta y penetraron tres figuras oscuras, altas y poco tranquilizadoras.
Apenas localizaron a Namur y Pxer les apuntaron con unas armas brillantes como piedras preciosas. Hubo un par de destellos sin sonido, los cuerpos de los eventuales amigos de Pepe, el Colorado, Ramón y el Negro, se vieron orlados por un aura tornasolada y luego, se consumieron en el aire como papeles chamuscados. De Namur quedó, sobre la silla que había ocupado, una ceniza tibia y amontonada. De Pxer, una viruta retorcida y de color malva, también sobre la silla. Los tres ejecutores echaron una mirada rápida al lugar, saludaron con un vaivén de lo que se suponía eran sus cabezas, cerraron la puerta y se marcharon. Pronto se volvió a ver la luz intensa y se escuchó un zumbido que se alejó hasta perderse.
El Colorado, con el tenedor, pescaba en la ensaladera los últimos vestigios de cebolla.
—Los versos que inventan para sacarte guita —dijo el Negro.
—El petiso ni abrió la boca.
—Le daba a la molleja como desesperado.
—Andá a saber... —dijo el Negro.

Pagaron, no era mucho, y volvieron al auto. Habrán llegado a Rosario a eso de las dos de la mañana, no más, y ya casi se les había pasado la mufa de la derrota.

viernes, 31 de mayo de 2013

Fresco de mano - Juan José Saer

                                                                                         A Augusto Bonardo

                                                                 1

Estoy bajo el paraíso y no sopla viento que enfríe la luz de mediodía. La fronda del paraíso es atravesada por la luz y sobre el libro y el cuaderno abierto con la frase a medio terminar, escrita en tinta azul, se proyectan unos círculos solares, de distinto tamaño. El aire calienta también la zona de sombra y siento el cuerpo húmedo y la espalda desnuda pegada al respaldo de madera de la silla. La mesa recibe también unos círculos de luz. Escucho los ruidos que mi madre hace en la cocina con las ollas y las sartenes y los cuchillos y los tenedores, metálicos, y el golpe seco del cuchillo sobre la tabla de madera. El olor de la comida llega hasta aquí. Recojo otra vez la lapicera y miro la frase, releyéndola. Ocupa los cuatro primeros renglones de la página y consiste en realidad en dos fragmentos: el fragmento final de la frase comenzada en la página anterior y el fragmento de la frase inmediatamente comenzada después del punto, que no he terminado todavía. He tachado la última palabra, "alma", y he puesto encima otra, "corazón". También la he tachado, como se ve en la página. Puse encima otra palabra, con letra chica y casi ilegible: "espíritu". También la taché. En el cuaderno dice

y por esta razón el narrador no debe interesarse por las cosas en sí mismas. El único problema real del mundo es la conciencia del hombre, que ilumina el misterio del mundo y lo constituye corno tal, y el hombre que se interesa por las cosas en sí mismas y quiere comprenderlas prescindiendo de su propia condición humana, tiene necesariamente secas ciertas fuentes de su

y después vienen las palabras tachadas. Permanezco inmóvil con la lapicera en la mano, mirando la página. Después miro el patio lleno de luz solar: la pared de ladrillos rojizos, sin revocar, que lo separa de la casa vecina, la galería en el lado opuesto, con las cuatro puertas de las cuatro habitaciones que se abren sobre ella, los sillones de mimbre y el largo umbral enfrente mío, con la altísima arcada que deja ver la altísima puerta de calle, cuyas pesadas hojas están pintadas de gris. El umbral y la galería, techados, están a la sombra. Yo también estoy a la sombra, la sombra del paraíso atravesada por esos círculos solares. Alzo la cabeza y la fronda del paraíso refulge, cegadora, en la altura. Bajo la cabeza, y dejando la lapicera sobre el cuaderno miro mi piel tostada, el pantaloncito de azul descolorido lleno de manchas. Veo mis pies sucios. La parte de mi cuerpo que puedo ver está quemada por el sol, las piernas cubiertas por un vello suave, y el pecho sin un solo vello. El extrañamiento sale del pleno vacío, y después fluye y cuaja, corno esos nudos de la madera, más oscuros, rodeados por un círculo de vacío. Oigo los ruidos metálicos que vienen de la cocina, mezclados al sonido seco de la tabla de madera. Después el chisporroteo del aceite hirviendo en la sartén y el olor del riñón cortado en pedazos que comienza a freírse. El sol refulge cegador.


                                                                  2

La voz de mamá y la de él vienen desde el living resonando apagadas y mezcladas a risas graves y fugaces. El gusto del riñón - o su recuerdo - me secan la boca y tomo un trago de limonada, directamente de la jarra. El hielo tintinea contra las paredes de vidrio de la jarra, empañada y fría, llena de gotitas que se deslizan sobre el vidrio como las gotas de sudor que recorren lentamente mi cuerpo dejando un rastro tortuoso parecido al rastro de un suplicio. La risa de él repercute más alta y se corta de golpe, por encima de la voz de mamá que murmura monótona. Recojo la lapicera, releyendo los dos fragmentos de frases, pongo un punto después de la palabra "tal", y tacho lo demás. Superpongo sobre las palabras muchas rayas irregulares en tinta azul hasta que lo escrito casi no puede leerse. Después escribo:

Dada su posibilidad de reinar sobre los hechos, la narración debe superar las cosas englobándolas en una síntesis significativa guiada por el amor al conocimiento del hombre, y propender a

El ruido de la pesada puerta gris más allá de la arcada altísima me hace levantar la cabeza justo para ver aparecer la figura de Esteban que atraviesa el hueco de la puerta y la cierra después detrás suyo. Dejo la lapicera dentro del cuaderno y me levanto, mientras cierro el cuaderno.
-¿Trabajabas? - dice Esteban.
 - Sí - le digo.
Tiene la piel tostada y una camisa blanca, recién puesta. Parece recién bañado. Se ha peinado el pelo rubio bien aplastado contra el cráneo, y corno se lo ha secado mal unas gotitas de agua le corren desde las patillas hacia la quijada. Sus ojos verdes, pétreos, contemplan el patio y se detienen en la segunda puerta que da sobre la galería. Hace un movimiento interrogativo con la cabeza.
 - El novio de mamá  - le digo, en voz baja.
Miro su pantalón gris de poplín. Está recién planchado. Está parado en medio del sol y su pelo mojado brilla. Avanza y entra en la sombra y toma un largo trago de limonada directamente de la jarra.
 - Es hora de que averigües qué clase de intenciones son las que trae  - dice, riendo secamente con la jarra en la mano.
 - No sé si debí permitirle que la visitara en casa  - digo.
 - ¿Será un muchacho de buena familia?  - dice Esteban, dejando la jarra sobre la mesa.
 - Dudo  - le digo -. La juventud de hoy día ha perdido toda moral, así venga de la mejor familia.
Esteban va y se trae un sillón de mimbre y lo instala en la sombra, cerca de mi silla. Se sienta y estirando el brazo toca con el dorso de la mano la corteza áspera y llena de cortes y de hendiduras del tronco del paraíso. El murmullo de las voces sigue llegando desde la segunda puerta de la galería. Los ojos pétreos de Esteban se clavan en ella.
 - Se está bien aquí  - dice -  ¿En qué trabajabas?
 - Alrededor de una duda  - le digo. 
 - Está bien  - dice Esteban -  A otra cosa. Inciso dos: la playa. ¿Vamos?
 - No puedo  - le digo -. Hice la promesa de no salir.
 - ¿Promesa?  - dice Esteban -. ¿A quién?
 - A mí. A mí mismo.
 - ¿A vos mismo? - dice Esteban -. ¿Y por qué a vos mismo? ¿Quién sos vos mismo?
 - Nadie  - digo.
La boca de Esteban se ríe, pero sus ojos verdes no y me recorren, pétreos. Cuando hay una persona cerca de uno, las cosas desaparecen, y cuando los ojos de esa persona nos recorren, desaparece también la persona y quedan solamente los ojos. Si esos ojos son los de Esteban, hasta los ojos mismos desaparecen, y lo que queda es algo imposible de definir. Después Esteban señala con la cabeza la segunda puerta de la galería.
- ¿Será casado?  - dice.
- Vaya a saber  - digo yo.
Las voces llegan desde la segunda puerta de la galería. Tengo la boca seca y el gusto del riñón - o su recuerdo -  me la llena. Tomo un trago de limonada directamente de la jarra. El líquido helado pasa a través de mis entrañas, pero mi boca sigue seca. Los ojos de Esteban me miran fijamente, verdes.
- Dame la jarra  - dice, y me la saca de las manos, rozándomelas con 1as suyas, sin dejar de mirarme.
- Esa promesa  - dice -  ¿fue hecha por odio?
- No - le digo -. No sé.
- ¿Tengo algo que ver con ella?  - dice Esteban.
- No. Creo que vos no - le digo.
- Me hiere  - dice Esteban -  Me hiere mucho.
Me echo a reír. El sol de las dos arde en el patio y nosotros lo contemplamos durante un momento desde la sombra ardiente del paraíso. El libro está sobre la mesa, junto al cuaderno cerrado, dentro del cual está la lapicera. En el living se ha hecho silencio y el silencio llega hasta nosotros como una voz.
 - ¿Y si llenamos la bañadera, y nos metemos adentro?  - dice de pronto Esteban.
 - No  - le digo -. Acabo de comer.
 - Tengo un terrible deseo de estar desnudo  - dice Esteban.
 - No empieces otra vez con eso  - digo yo.
Esteban se ríe, sacudiéndose, y el sillón de mimbre cruje bajo su peso.  - De acuerdo  - dice -. No tenés que tomártelo así, Angel. Te juro que no es por nada malo, te lo juro. No tengo ninguna mala intención. Te lo juro que no, Angel.
 - No te hagas el gil  - digo yo, riendo.
 - He escrito un poema  - dice Esteban.
 - Venga  - digo.
Esteban hace silencio, cierra los ojos, después comienza a recitar:

                 - Alguien tocó por mí
                   el aire, con mis manos.
                   Alguien vivió
                   mis noches, mis veranos.
                   Alguien que no fui yo
                   Llegó hasta aquí
                   Oh, cielo, danos...

La segunda puerta de la galería se abre bruscamente. Esteban interrumpe el poema y abre los ojos. Mamá está en la puerta. Tiene un salto de cama sucio y lleno de flores rojas y la cabeza llena de ruleros. Un cigarrillo cuelga de sus labios.
 - ¿Queda algo de limonada, Angel?  - dice.
 - Sí  - le digo.
Mamá se acerca haciendo susurrar sus chinelas sobre la galería; baja al patio y
su larga sombra la sigue hasta que llega bajo la sombra del paraíso y su propia sombra desaparece. El cigarrillo cuelga de sus labios y mamá entrecierra un ojo para que el humo no se lo haga arder. Sus arrugas se acentúan debido a la trabajosa expresión de la cara.
- ¿Cómo te va, Estebancito?  - dice mamá, con su voz áspera.
- Bien, señora  - dice Esteban.
- ¿Y tu mamá?  - dice mamá.
- Bien  - dice Esteban.
- ¿De veras que te tocó marina?  - dice mamá.
- Sí   -  dice Esteban.
- El nene tuvo más suerte que vos, entonces  - dice mamá, señalándome con la cabeza.
- Ahí está la limonada  - digo.
Mamá me mira rápidamente y recoge la jarra.
- Hasta luego, Estebancito  - dice.
- Hasta luego, señora  - dice Esteban.
Mamá se vuelve y se detiene. Esteban y yo miramos en dirección a la segunda puerta de la galería. El está ahí, parado, y nos sonríe.
- La tomo con los muchachos. Vos andá a bañarte, Elvira  - dice.
- Estoy lista en un minuto  - dice mamá.
Deja la jarra sobre la mesa y desaparece. Tiene la cara redonda, pueril, oscurecida por la barba, y le queda muy poco pelo en la cabeza. Está vestido con un traje blanco, sucio y raído. Tiene demasiada barriga. Sus ojos evitan mirarme cuando me habla.
- En qué andan, muchachos  - dice.
- Conversábamos  - dice Esteban.
- Permiso  - dice él -  Voy a servirme un trago de limonada.
Llena el vaso de limonada, sin mirarme, y se lo toma.
- Y, Angelito, ¿cómo marcha ese periodismo?  - dice.
- Bien  - digo.
- Se gana bien ahí, ¿no?  - dice.
- Algo se gana  - digo.
- De joven me  gustaba el periodismo  - dice él -  Y me gustaban los versos también. Tu mamá me ha dicho que te gustan mucho los versos.
Evita mirarme. Los ojos verdes de Esteban, en cambio, me contemplan, pétreos. No respondo.
 - Sírvase otro vaso de limonada  - dice Esteban.
 - Gracias  -  dice él. Lo sirve y se lo toma. Una gota cae del vaso al suelo, mientras él permanece tomándoselo, con la cabeza echada hacia atrás. Después deja el vaso sobre la mesa.
- Calor - dice  -. Mucho calor.
Tiene la barba veteada de gris. Carraspea.
- Mucho - dice  -. Mucho.
Vuelve a carraspear. Los ojos de Esteban me contemplan, los siento. Los de él, en cambio, evitan mirarme.
 - Permiso, muchachos  - dice por fin - Voy adentro.
 - Atienda, nomás  - dice Esteban.
 - Angelito  - dice él, indeciso -. Una de estas noches tenemos que ir a comer unos pescados  por ahí, ¿no te parece?
 - Sí. Lógico -, digo yo.
- Bueno, muchachos. No los molesto más  - dice él.
Oigo el chasquido de sus zapatos en la tierra y después el taconeo sobre las baldosas. Esteban lo mira alejarse por encima de mi cabeza. Oigo el ruido de la segunda puerta al cerrarse.
 -Tenía sed - dice Esteban.
                    
                                                                   3

De pie contemplo cómo el chorro de agua de la canilla cae en la bañadera., con un estruendo rápido. La bañadera está a medio llenarse y el agua salpica los mosaicos blancos y negros del cuarto de baño.
- Seguro que la llevó a tomar un helado  - dice Esteban.
Esteban se mira durante un momento en el espejo. Se toca la mejilla con la mano.
- Es extraño  - dice.
 Toda su ropa cuelga de la percha. A través de los vidrios esmerilados de la puerta del baño veo la refulgencia del sol de la tarde. En la atmósfera flota todavía el olor a perfume barato de mamá. Esteban sacude la cabeza, haciendo una mueca a su propia imagen, y después se mete en la bañadera.
- ¿Cómo sigue?  - le digo.
- ¿Qué cosa?  - dice Esteban.
- El poema  - digo -. ¿Cómo sigue?
Esteban cierra los ojos y comienza a recitar, metido en el agua hasta el cuello.

                                 - Oh, cielo, danos 
                                 luz más ardiente para saber 
                                 -  si es que eso puede ser sabido - 
                                 quién labró por nosotros nuestro ayer
                                 y vivió lo que hemos vivido.

Esteban permanece con los ojos cerrados, acostado boca arriba en la bañadera, con el agua hasta el cuello.
- Esteban  - le digo -. Ellos sufren.
- ¿Quiénes?  - dice Esteban.
- El - digo yo -. Ella. Sobre todo él. Ella, sobre todo.
- Yo abriría la puerta  - dice Esteban -.  Me gustaría ver desde aquí el paraíso.
 - No se ve desde aquí  - le digo.
Me saco el pantaloncito descolorido y voy hacia la bañadera.


                                                                    4

No escucho más que el ruido de la lluvia en la casa sola. He puesto la mesa en la galería para ver la lluvia mojando incansablemente el paraíso, a la luz de relámpagos verdes. El agua a veces me salpica la cara. El cuaderno está abierto sobre la mesa y a su lado está la lapicera, cerrada. Tengo la boca seca. Cuando los relámpagos iluminan el patio veo los charcos que el agua ha ido formando sobre la tierra. La luz de la galería alumbra apenas el cuaderno y la mesa y me he ubicado de modo tal que mi sombra no me impedirá trabajar. Siento el rostro  reseco, y un gusto a sal, y la boca seca. La copia del poema de Esteban asoma de entre las páginas del libro. Releo lo escrito en tinta azul, inmediatamente después de lo tachado:

Dada su posibilidad de reinar sobre los hechos, la narración debe superar las cosas englobándolas en una síntesis significativa guiada por el amor al conocimiento del hombre y propender a

Tomo la lapicera y después de releer "y propender a" escribo a su lado "la". Vacilo un momento, miro la lluvia mojando la fronda brillante del paraíso, y después me inclino otra vez sobre el cuaderno y pongo la palabra "sabiduría".


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Gritos de amor - Patricia Highsmith

Hattie tiró de la cadenita de la lámpara de mesa, estiró la sábana hacia sus hombros y permaneció tendida, tensa, esperando que se calmaran la tos y los resuellos de Alice.
—Alice —murmuró.
No hubo respuesta. Sí, ya estaba durmiendo, aunque siempre afirmaba que no cerraba el ojo antes de que el reloj diera las once.
Hattie se fue deslizando suavemente hacia el borde de la cama y con lentitud sacó un pie enfundado en una media blanca. Se dio vuelta para mirar a Alice, de la que nada era visible salvo su nariz afilada, que se proyectaba entre la orla de su gorro de dormir y la sábana que le cubría la boca. Estaba inmóvil.
Hattie se levantó cautelosamente de la cama, respirando rápido a causa de la emoción. En la semioscuridad, veía las dos dentaduras dentro de los vasos de agua sobre la mesilla. Rió nerviosamente.
Como un fantasma blanco, atravesó el cuarto, hasta más allá del banquillo victoriano. Se detuvo ante el costurero, levantó la tapa plegable y buscó a tientas entre los carretes de hilos y los moldes de papel, hasta que encontró las tijeras. Entonces, sujetándolas con fuerza, atravesó de nuevo la habitación. Antes de acostarse había dejado entornada la puerta del armario ropero, y entonces la abrió sin un crujido. Metió una mano temblorosa en la negrura del armario, tocó los dos abrigos de lana y unos cuantos vestidos. Finalmente, palpó algo velloso y levantó la percha de la que colgaba. Las tijeras se le escurrieron de la mano. Hubo un ruido, seguido por una risita a medias reprimida.
Desde atrás de la puerta del armario echó un vistazo a Alice, inmóvil en la cama. Alice era dura de oído. Con los dedos de los pies doblados hacia arriba, tiesos, Hattie se dirigió despacio hacia el sillón del lado de la ventana, por la que entraba, oblicuamente, un rayo de luna; se sentó con las tijeras y la chaqueta de angora en su regazo. A la luz de la luna, su rostro brillaba, desdentado y diabólico. Examinó la chaqueta al modo de quien tienta un pedazo de carne antes de decidir por dónde meter el cuchillo.
Era una chaqueta realmente bonita. Alice la había recibido la semana anterior de su sobrina, como regalo de cumpleaños. Alice nunca se habría permitido comprar algo tan lujoso. La chaqueta la hizo feliz como a una niña; se la ponía todos los días por encima del vestido.
Las tijeras cortaron con un ronroneo a lo largo de las suaves mangas de lana, desde los puños a las hombreras. Meditó un momento. Otro corte. En la espalda, claro está; pero sólo cosa de un palmo, para que no fuese visible inmediatamente.
Unos segundos más tarde había dejado las tijeras en el costurero y colgado la chaqueta en el ropero. Se tendió debajo de la sábana. Lanzó un largo suspiro. Pensó en las mangas abiertas y en la cara de Alice por la mañana. No había manera de remendar la chaqueta y Hattie se sentía satisfecha de sí misma.
A las ocho y media las despertó la camarera del hotel. Era un ritual que nunca variaba: tres golpes de los nudillos en la puerta y una voz chillona con un dejo de insolencia:
—Las ocho y media. El desayuno está listo.
Entonces, Hattie, que siempre se despertaba la primera, sacudía a Alice por el hombro.
Mecánicamente, se sentaron en sus lados respectivos de la cama y se sacaron por la cabeza las camisas de dormir, revelando una ropa interior limpia y blanca. No decían nada. Siete años de coexistencia habían reducido su conversación a lo más indispensable.
Sin embargo, aquella mañana Hattie pensaba en la chaqueta. Se sentía cohibida, pero no se le ocurrió nada por decir o hacer que aliviara la tensión, de modo que paso más tiempo del habitual peinándose. Tenía una trenza de casi tres palmos de largo, que se colocaba alrededor de la cabeza, y todas las mañanas la deshacía para darle sus cien pasadas de cepillo. El cabello era su única vanidad. Finalmente, se levantó, moviéndose inquieta y fingiendo que se abrochaba el vestido.
Alice parecía pasarse un siglo en el lavabo, haciendo gárgaras con una solución de agua tibia y sal. Por las mañanas, se mantenía tercamente fiel al agua salada, a pesar de la tentadora presencia de la botella de enjuague rosado de Hattie, colocada sobre el estante.
—¿De qué te ríes?—preguntó Alice, volviéndose con el rostro húmedo y sonriendo ligeramente.
Hattie no pudo contestar, miró las dentaduras en los vasos, sobre la mesilla, y volvió a reírse.
—Toma tu dentadura.
Le alargó el vaso.
—Se me ocurrió que bajarías a desayunar sin ponértela.
—Vamos, Hattie, ¿me has visto alguna vez salir del cuarto sin la dentadura puesta?
Alice se sonrió para sí misma. Sería un buen día, pensó. La señora Crumm y su hermana habían regresado de un fin de semana afuera y por la tarde podrían jugar las cuatro a los naipes. Se dirigió al armario, descalza, con sólo las medias puestas.
Hattie la siguió con la mirada, mientras descolgaba su vestido azul pálido, el que iba mejor con la chaqueta beige de angora. Desabrochó los botoncitos del frente. Luego, descolgó la chaqueta y metió un brazo en una manga.
—¡Oh!—susurró con desconsuelo.
Luego, como una niña dolida, cerró los ojos e hizo una mueca malhumorada. Las lágrimas le resbalaron en seguida por las mejillas.
—¡Oh, Hattie!
Ésta sonrió estúpidamente, incómoda, aunque disfrutaba de lo lindo.
—¡Dios mío! Parece mentira —exclamó—. ¿Quien puede haberte jugado una broma así?
Se acercó a la cama, en la que se sentó, doblándose de risa.
—Hattie, tú lo hiciste—declaró Alice con voz vacilante.
Apretaba la chaqueta contra el pecho.
—Hattie, eres una malvada.
Tendida ahora a través de la cama, Hattie se reía histéricamente.
—Sabes de sobra que no lo hice, Alice… Ja…  ja… ja… ¿Por qué habría hecho yo algo…?
La risa incontrolable le impidió continuar.
Hattie siguió tendida unos minutos, hasta que se calmó lo bastante para bajar a desayunar. Cuando salió del cuarto, Alice estaba sentada en el sillón al lado de la ventana, sollozando, con la cara hundida en la chaqueta de angora.
Alice no bajó hasta que la llamaron para la comida. En la mesa charló con la señora Crumm y su hermana e hizo como si no viera a Hattie, que estaba sentada frente a ella, silenciosa e inquieta, pero sin arrepentirse de lo que había hecho. Habría podido soportar días y días de indiferencia por parte de Alice sin experimentar el menor remordimiento.
Hacía un día espléndido. Después de comer, salieron con la señora Crumm, su hermana y la señora Holland, la directora del hotel, y se sentaron en Gramercy Park.
Alice fingió estar absorta en su libro. Era una novela de detectives de su autor favorito, el libro pertenecía a la biblioteca circulante del hotel. La señora Crumm y su hermana monopolizaban la conversación. Un viaje de fin de semana daba tema para varias tardes y la señora Crumm podía recordar con precisión todos los platillos que se había comido en varios días.
El tono monótono de las voces y el calorcillo del sol hicieron caer a Alice en una somnolencia. La pagina se volvió borrosa.


Por la mañana, había planeado la actitud a adoptar con Hattie. Se mostraría fría y distante. No era la primera vez que Hattie cometía un ultraje como aquél. Meses antes derramó tinta en su mantel de encaje, la víspera del día en que iba a regalárselo a su sobrina… Y había también la desaparición de un tomo de poesías de Tennyson, encuadernado en piel. Estaba segura de que Hattie lo escondía en alguna parte. Había decidido que por la noche haría calmosamente sus maletas, escribiría a Hattie una nota, breve pero clara, y se marcharía del hotel. Se iría a otro del mismo barrio y daría a conocer, a través de la señora Crumm, donde estaba y así tendría la satisfacción de que Hattie fuese a verla y a pedirle perdón. Pero la verdad era que no estaba segura, ni mucho menos, de que Hattie fuese a verla y esta posibilidad le impidió seguir ese peligroso camino. ¿Y si tenia que pasar a solas el resto de su vida? Era mucho más fácil quedarse donde estaba, jugar agradablemente a los naipes por las tardes y vengarse en pequeñas cosas. Se consoló diciéndose que esto también sería más distinguido. No pensó en detalle lo que haría o diría con el propósito de lastimar a Hattie. Las ocasiones se presentarían por sí mismas…
La señora Holland la sacó de su somnolencia de un codazo.
—Vamos a tomar unos helados. Y después, a jugar unas partiditas.
—Estaba justamente en lo más emocionante de la novela…
Pero Alice se levantó con las demás y casi estaba contenta caminando hacia la heladería.
Alice ganó a los naipes y se sintió satisfecha. Hattie, que la había mirado todo el día con inquietud, se mostró muy aliviada cuando Alice decidió que podían volver a hablarse.
A pesar de todo, el recuerdo de la chaqueta echada a perder escocía a Alice y le daba un sentimiento de injusticia. En realidad, se avergonzaba de sí misma por tomárselo con tanta ligereza. Dejaba que Hattie la pisoteara. Deseaba poder sentir un odio real y verdadero.
A las nueve estaban ya en su cuarto, leyendo. Se había desvanecido todo vestigio de contrición o timidez por parte de Hattie.
—Qué día más hermoso, ¿verdad? —se aventuró a decir.
—¡Uh, uh!…
Alice no levantó los ojos del libro.
—Bueno… —Hattie hizo la observación inevitable a través del inevitable bostezo—: Me parece que voy a acostarme.
Unos minutos más tarde, ambas estaban en la cama, apoyando las espaldas en cuatro almohadas, Hattie con el periódico y Alice con la novela de detectives. Permanecieron un rato en silencio. Luego, Hattie arregló sus almohadas y se tendió.
Buenas noches, Alice.
—Buenas noches.


Alice apagó pronto la luz y hubo un silencio absoluto en el cuarto, excepto por el suave tic-tac del reloj y el runruneo ocasional de un automóvil. El reloj en la repisa de la chimenea zumbó y comenzó a dar las diez.
Alice estaba tendida con los ojos abiertos. Durante todo el día había retenido las lágrimas y entonces comenzó a sollozar. Pero sintió que no eran las lágrimas pueriles de la mañana. Se secó la nariz con la sábana.
Se incorporó sobre un codo. La trenza de cabello oscuro de Hattie perfilaba el cuello y el hombro sobre la blanca sábana. Se sentía muy fuerte, lo bastante para estrangular a Hattie con sus propias manos. Pero la idea de matarla se esfumó de su mente tan de prisa como entrara en ella. Su venganza debía ser algo duradero, que le doliera, algo que Hattie tuviera que soportar y que ella gozara.
Entonces se le ocurrió la idea y se levantó y dirigió al costurero sin detenerse, como Hattie lo hiciera veinticuatro horas antes… y se encontró al lado de la cama, inclinada sobre Hattie, mirando su rostro plácido, dormido, mirándolo a través de las lágrimas y de sus ojos miopes. Dos tijeretazos rápidos cortarían la trenza cerca de la cabeza. Pero Alice bajó algo las tijeras, hasta el lugar donde la trenza era más apretada. Apretó las tijeras con ambas manos, las hizo masticar la trenza mientras Hattie se despertaba lentamente al contacto frío del metal en el cuello. Rrrac… y ya estaba.
—¿Qué pasa? ¿Qué…? —exclamó Hattie.
La trenza, cortada, se extendía como una serpiente gris oscuro sobre la sábana.
—¡Alice! —gritó Hattie, y tanteándose el cuello encontró el pelo tieso del muñón de la trenza—. ¡Alice!
Ésta se hallaba a unos palmos de distancia, mirando a Hattie, ya sentada en la cama y de súbito se sintió embargada por la alegría. Rió entre dientes y al mismo tiempo se le saltaron las lágrimas.
—Tú me lo hiciste —dijo—. Tú cortaste mi chaqueta.
El instante de defensa de Alice era innecesario, porque Hattie estaba absolutamente encogida y aturdida. Empezó a salir de la cama, como para ir al espejo, pero volvió a sentarse, gimiendo y llorando, palpándose el horrible muñón de la trenza. Luego volvió a tenderse, sin dejar de gemir contra la almohada. Alice se quedó de pie y finalmente se sentó en el sillón. Estaba llena de energía, sin sueño. Pero hacia el amanecer Hattie se durmió y Alice se deslizó entre las sábanas.
Hattie no le habló, por la mañana, ni la miró. Colocó la trenza en un cajón. Luego se puso un pañuelo en la cabeza, para bajar a desayunar, y en el comedor se sentó a otra mesa que la que Alice y ella solían ocupar. Alice vio a Hattie hablando con la señora Holland después del desayuno.
Unos minutos más tarde, la señora Holland se acercó a Alice, que estaba leyendo en un rincón del vestíbulo.
—Me parece —le dijo la señora Holland— que usted y su amiga se sentirían mejor si ocuparan cuartos distintos durante una temporada, ¿verdad?
Esto tomó a Alice por sorpresa, aunque, al mismo tiempo, había temido algo peor. La declaración que había preparado sobre la tinta vertida, el Tennyson desaparecido y la chaqueta de angora echada a perder se desvaneció, y contestó con voz firme:
—Claro que sí, señora Holland. Estoy dispuesta a lo que Hattie quiera.
Alice se ofreció a cambiar de cuarto, pero fue Hattie quien se mudó. Se instaló en una habitación pequeña, tres puertas más allá, en el mismo piso.
Aquella noche, Alice no pudo dormir. No era que pensara concretamente en Hattie, o que le supiera mal haber hecho lo que hizo —puesto que no se arrepentía—, sino que las cosas, el cuarto, la oscuridad, incluso el tic-tac del reloj, eran distintas porque estaba sola. Un par de veces, durante la noche, oyó pasos al otro lado de la puerta y pensó que sería Hattie que volvía, pero eran sólo huéspedes que iban al lavabo del final del pasillo. Se le ocurrió que podía llamar a la puerta de Hattie y pedirle perdón; pero, se dijo, ¿por qué iba a hacerlo?
Por la mañana, Alice, observando el aspecto de Hattie, se dio cuenta de que ella tampoco había dormido. No se hablaron ni se miraron durante todo el día, y a la hora de jugar a los naipes o de tomar el té a las cuatro y media, se las arreglaron para sentarse en mesas distintas. De nuevo, Alice durmió muy mal aquella noche, y lo atribuyó al estofado de cordero de la cena, que le costaba digerir. A Hattie tal vez también le costara, pues la digestión de ésta era peor que la suya, si cabía.
Transcurrieron otros tres días y en los rostros de Hattie y Alice se veían claramente los estragos de las noches de insomnio. La señora Holland se fijó en ello y ofreció a Alice un sedante, pero ésta lo rechazó cortésmente. Tenía su orgullo, no iba a dejar que se dieran cuenta de que la perturbaba la ausencia de Hattie, y además pensaba que era una debilidad y una falta de moderación ceder a los somníferos, aunque Hattie tal vez lo hiciera.
El quinto día, a las tres de la tarde, Hattie llamó a la puerta de Alice. Tenía la cabeza todavía envuelta en un pañuelo, uno de los tres que poseía, y el que llevaba era el que Alice le había regalado por la última Navidad.
—Alice, quiero decirte que lo siento, si lo sientes también —dijo Hattie, con los labios temblorosos y torcidos por el esfuerzo de contener las lágrimas.
Para Alice, aquel momento era o hubiese debido ser de triunfo. Lo era, pensó, aunque algo —no estaba segura de qué— lo empañaba un poco, no dejaba que fuese una victoria completa.
—Lamento lo de tu trenza, si tú lamentas lo de mi chaqueta —replicó Alice.
—Lo lamento —dijo Hattie.
—Y si lamentas lo de la mancha de tinta en mi mantel de encaje… y… ¿dónde está mi libro de poesías de Tennyson?
—No lo tengo —contestó Hattie, con la voz todavía temblorosa por las lágrimas contenidas.
—¿Que no lo tienes?
—No —declaró Hattie con firmeza.
Como en un relámpago, Alice adivinó lo que realmente había sucedido: Hattie, en algún momento, en algún lugar, lo había destruido, de modo que en cierto modo era verdad que no lo tenía. Alice se dio cuenta de que no debía mantenerse en sus trece en esa cuestión, que debía perdonarla y olvidar, aunque no llegó, ni intelectual ni emocionalmente, a esta decisión, sino que, simplemente, se dio cuenta de ello y obró en consecuencia:
—Muy bien, Hattie. Puedes mudarte, si quieres.
Hattie volvió al cuarto con sus cosas, si bien a la hora de los naipes, a las cuatro, todavía se sentaron en mesas distintas.
Hattie, una vez se hubo tragado su orgullo como nunca lo había hecho en su vida, al llamar a la puerta de Alice y al decir que sentía lo ocurrido, durmió mucho mejor al volver a la situación habitual, pero la perseguía una acechante sensación de que era una injusticia. En fin de cuentas, un libro de poemas y una chaqueta pueden sustituirse, pero, ¿cómo sustituir la trenza? Alice se había vengado, ciertamente, y con creces. No estaban a mano…
Al cabo de unos días, Hattie y Alice habían vuelto a la normalidad; se hablaban poco, pero parecían entenderse, pues comían y jugaban a los naipes en la misma mesa. La señora Holland parecía satisfecha.
A Alice le pasó por la cabeza comprarle a Hattie un tónico para el cabello, bastante caro, que vio un día en un escaparate de la avenida Madison, durante un paseo con la señora Holland y el grupo de huéspedes. Pero no lo compró; ni tampoco un tratamiento especial para el cabello que vio anunciado en una revista y del que se garantizaba que hacía crecer el cabello más de prisa y más abundante que nunca, que Alice leyó en detalle el anuncio.
Entretanto, Hattie luchaba en silencio con su muñón de trenza y se cepillaba regularmente el cabello, como de costumbre, pero sólo mientras Alice tomaba su baño o estaba fuera de la habitación, para que no la viera haciéndolo. Nada de lo que poseía Alice le parecía bastante interesante para su venganza.
Pero se acercaban las Navidades. Hattie decidió esperar pacientemente a ver lo que le regalaban a Alice.