viernes, 14 de abril de 2017

Ministerio de habilidades

Por Eduardo Abel Gimenez

El Secretario se sienta en la butaca de cuero dorado, tras el escritorio de madera. Frente a él, el aspirante se acomoda en un banco bajo, sin respaldo. El aspirante es muy joven, usa anteojos y esconde las manos en un bollo nervioso entre las piernas.
A espaldas del Secretario hay un ventanal amplio, y al otro lado del ventanal un parque con árboles, fuentes, caminos de ladrillo y edificios de tres pisos salpicados aquí y allá. Todo parece recién construido, recién plantado, limpio, ordenado. Todo huele a poder. Estamos en terrenos del Ministerio de Habilidades, la rama del gobierno que se ocupa de la guerra, pero más del talento que la lleva a cabo.
El Secretario está molesto. Toma un sorbo de café, deja la taza en el plato y levanta un papel del escritorio.
—Por lo que veo aquí —dice, agitando el papel en el aire que lo separa del aspirante—, usted viene sin referencias. ¿Cómo ha logrado llegar hasta mí?
—Señor... —empieza el aspirante.
El Secretario no le permite seguir.
—Miles de personas sueñan con integrarse a nuestro Ministerio —dice. Señala la puerta de la oficina—. Ahora mismo están ahí afuera, esperando que les conceda una entrevista. Y seguramente son mejores que usted.
El aspirante baja la cabeza. El Secretario suelta el papel, que planea unos segundos antes de apoyarse en el escritorio, y extiende la mano hacia el sitio donde hace un momento dejó la taza. El sitio está vacío.
—¿Yo no tenía un café? —dice, como para sí. Pulsa un botón del intercomunicador—. Mónica, tráigame el café.
—Sí, Secretario —responde la voz metálica de Mónica.
El Secretario no ha quitado la vista del aspirante, que parece cada vez más pequeño en un banco cada vez más bajo.
—La guerra es asunto serio, joven. ¡La semana pasada, el enemigo cambió la dirección de nuestras calles! —pega con la palma de la mano en el escritorio—. Y ayer, demostrando a la vez sutileza y crueldad, han desafinado el violín solista en todas las grabaciones de "Las cuatro estaciones" de Vivaldi. ¿Se da cuenta de la gravedad de todo esto?
—Sí, señor —murmura el aspirante.
—Y usted llega sin talento ni referencias a...
El Secretario se interrumpe. Acaba de echar un nuevo vistazo al papel que enarbolaba un momento antes.
—Aunque tal vez se me haya escapado algo —dice. Lee unos momentos—. Bueno, esto tiene otro color —agrega—. Parece que mi amigo el General Brombongurn lo ha recomendado con cierto entusiasmo.
El Secretario se reclina en la butaca de plástico negro y observa al aspirante.
—Póngase confortable, hijo —dice.
El aspirante se acomoda un poco mejor en la silla, saca una mano de entre las piernas y la pone en el apoyabrazos. Parece unos años mayor que hace un rato.
—Antes de que usted se incorpore a nuestras filas, debe comprender la importancia de la decisión. ¡El resultado de la guerra depende de nosotros! Sin las Habilidades de nuestro personal, careceríamos de toda capacidad de respuesta. ¿Me comprende?
—Sí, señor —dice el aspirante.
—Esta vasta institución alberga los habilidosos de mayor talento en todo el planeta. Observe... —El Secretario gira en la butaca trazando un arco con el brazo extendido, como para señalar lo que tiene detrás. Solo encuentra una pared medio descascarada. Baja el brazo y se queda mirando la pared.
—¿Señor? —dice el aspirante en voz baja.
El Secretario intenta volver a enfrentar el escritorio, como si creyera que la silla es giratoria. La silla cruje y no se mueve. El Secretario se levanta, da media vuelta a la silla y vuelve a sentarse. Entonces recuerda que sigue sin café, y lanza un dedo hacia el intercomunicador. El dedo aterriza en el aire.
—Mmm. Creí que... —El Secretario se ve bastante confundido—. ¿Habrá sido en la otra oficina?
Se inclina hacia adelante sobre el escritorio de metal gris. Bajo él, la silla cruje. El Secretario aspira hondo y logra elaborar una sonrisa en honor al aspirante.
La pasión por la tarea puede más que cualquier contratiempo.
—Como le decía, hijo, nuestro personal carga con todo el peso de la guerra. ¡Una guerra sin soldados! Hace tres días obtuvimos un resultado excelente, cuando logramos intercambiar las teclas R y T en todos los teclados del enemigo. ¡Que escriban "toro" ahora! ¡Que escriban "rata"! Y hoy mismo, hace unas horas, sustituimos la programación de sus canales de televisión por concursos de canto. ¡Sólo concursos de canto, en todos los canales, todo el día! —El Secretario lanza una carcajada—. ¿Se lo imagina?
—Sí, señor —dice el aspirante. Acompaña la carcajada del Secretario con una sonrisa apenas visible.
El Secretario se echa hacia atrás. A último momento se da cuenta de que el banco de plástico que lo sostiene no tiene respaldo, y apenas consigue mantener el equilibrio. Es tremendo, piensa, lo que ocurre por falta de presupuesto.
—Así que esta es una guerra de habilidades —dice—. O de Habilidades —y dibuja la mayúscula en el aire con los dedos—, la materia de nuestro Ministerio. Las Habilidades para manipular la realidad, el don de las personas más brillantes, más creativas, más necesarias que jamás hayan vivido. —El Secretario ha ido subiendo la voz, mientras extendía los brazos hacia los lados. Tiene las mejillas rojas por el entusiasmo—. ¿Se da cuenta? —pregunta mientras apoya las manos en el escritorio, codos hacia arriba
—Sí, señor.
El Secretario muestra su satisfacción resoplando.
—Muy bien, amigo mío. Ahora veamos qué podemos hacer por usted.
Por tercera vez, el Secretario levanta el papel del escritorio, para encontrar otro párrafo que no ha visto antes.
—¡Caramba! —dice, y parece tentado de ponerse de pie—. ¡Lo ha enviado el propio Ministro! Esto es... Es... —Lee el párrafo en detalle y hace un gesto de sorpresa—. Debimos empezar por aquí, señor. Ahora mismo le entrego lo que ha pedido el Ministro.
El Secretario abre el único cajón de su pequeño escritorio de plástico y saca una carpeta en cuya cubierta se ve la palabra "Secreto".
—Aquí está, caballero —dice, mientras entrega la carpeta al aspirante—. La lista de nuestros principales habilidosos, sus especialidades y la información para ponerse en contacto con ellos. —El Secretario está orgulloso—. ¡Todo perfectamente al día! Espero sinceramente que le resulte útil.
—Yo también, Secretario —dice el aspirante mientras se pone de pie—. Adiós.
El aspirante camina hacia la puerta. La abre.
—Perdón, señor —dice el Secretario—. No he entendido su nombre. ¿Usted es...?
El aspirante se da vuelta para mirarlo.

—El enemigo.Mini

domingo, 6 de septiembre de 2015

Prólogo a "Para ser novelista" de John Gardner

Por Raymond Carver

Hace mucho tiempo —era el verano de 1958—, mi mujer, nuestros dos niños y yo abandonamos Yakima, Washington, para trasladamos a un pueblecito de las afueras de Chico, California. Allí encontramos una casa antigua por veinticinco dólares al mes. A fin de poder pagar este traslado había tenido que pedir prestados ciento veinticinco dólares a un farmacéutico para el que había trabajado de repartidor, un hombre llamado Bill Barton.
Con esto vengo a decir que en aquella época mi mujer y yo estábamos sin blanca. Nos ganábamos la vida a duras penas, pero el plan era que yo estudiara en lo que entonces se llamaba Chico State College. Pero desde mis primeros recuerdos, desde mucho antes de que nos trasladáramos a California en busca de una vida distinta y de nuestro pedazo del pastel americano, yo había querido ser escritor. Quería escribir, escribir lo que fuera —ficción, naturalmente, pero también poesía, obras de teatro, guiones cinematográficos y artículos para Sports Afield, True, Argosy y Rogue (algunas de las revistas que leía entonces), y para el periódico local—, cualquier cosa que requiriera juntar palabras y crear algo coherente e interesante para alguien aparte de mí mismo. Pero en la época en que nos trasladamos, yo sentía en lo más profundo que para llegar a ser escritor tenía que estudiar. Entonces tenía muy buen concepto de los estudios —mejor del que tengo ahora, seguro, pero eso es porque soy mayor y tengo estudios—. Téngase en cuenta que nadie de mi familia había ido a la universidad ni pasado siquiera del obligatorio octavo curso de segunda enseñanza. Yo no sabía nada, pero sabía que no sabía nada.
Así pues, junto con el deseo de estudiar, tenía también un deseo muy fuerte de escribir; era un deseo tan fuerte que, con el aliento que recibí en la universidad y el criterio que adquirí, seguí escribiendo durante mucho tiempo a pesar de que el «sentido común» y la «cruda realidad» me aconsejaban una y otra vez que desistiera, que dejara de soñar, que siguiera adelante discretamente y me dedicara a otra cosa.
Aquel primer otoño en la universidad de Chico me matriculé de las asignaturas obligatorias para la mayoría de los alumnos de primer curso, pero también me matriculé de algo que se llamaba Literatura Creativa 101. Esta clase la iba a dar un nuevo miembro del cuerpo docente de la facultad llamado John Gardner, que llegaba rodeado de cierto misterio y de un aire novelesco. Se decía que anteriormente había enseñado en Oberlin College, pero que se había ido de allí por alguna razón que no quedaba clara. Un estudiante decía que a Gardner lo habían echado —a los estudiantes, como a todo el mundo, les encantan los rumores y la intriga— y otro decía que Gardner simplemente se había ido a causa de algún lío. Alguien más decía que en Oberlin tenía que dar demasiadas clases, cuatro o cinco de Lengua de primer curso cada semestre, y que no le quedaba tiempo para escribir. Y es que se decía que Gardner era un escritor de verdad, es decir, en ejercicio, que había escrito novelas y relatos cortos. De cualquier modo, iba a dar Literatura Creativa 101 en Chico y yo me apunté.
Me emocionaba asistir a las clases de un verdadero escritor. No había visto un escritor en mi vida y la idea me imponía mucho. Pero lo que yo quería saber era dónde estaban esas novelas y esos relatos cortos. Pues bien, todavía no se había publicado nada. Se decía que no había conseguido que le publicaran sus obras y que las llevaba consigo en cajas. (Siendo ya alumno suyo, yo vería esas cajas de manuscritos. Gardner se había enterado de mis dificultades para encontrar un sitio donde trabajar. Sabía que tenía familia y que en mi casa no había sitio. Me ofreció la llave de su despacho. Ahora veo que aquel ofrecimiento fue decisivo. No fue un ofrecimiento casual, y yo me lo tomé, creo, como una orden —pues de eso se trataba— Todos los sábados y domingos me pasaba parte del día en su despacho, que era donde tenía las cajas de manuscritos. Estaban apiladas en el suelo junto a la mesa. Nickel Mountain, escrito en una de las cajas con lápiz de cera, es el único título que recuerdo. Pero fue en su despacho, a la vista de sus libros inéditos, donde llevé a cabo mis primeros intentos serios de escribir.)
Cuando conocí a Gardner, él estaba detrás de una de las mesas instaladas en el gimnasio femenino durante el período de matriculación. Firmé la hoja de matrícula y me entregó el programa de la asignatura. Su aspecto no se acercaba ni de lejos al que yo imaginaba que debía tener un escritor. La verdad es que en aquella época parecía un ministro presbiteriano o un agente del FBI. Vestía siempre traje negro, camisa blanca y corbata. Y tenía el pelo cortado al cepillo. (La mayoría de los jóvenes de mi edad llevaban el pelo al estilo DA[1], es decir, peinado hacia atrás por los lados y fijado con gomina). Lo que digo es que Gardner tenía un aspecto muy normal. Y para completar el cuadro, conducía un Chevrolet cuatro puertas negro con neumáticos completamente negros, sin banda blanca, un coche tan desprovisto de lujos o comodidades que ni siquiera tenía radio. Después de haberlo conocido y de que me hubiera dado la llave, cuando estaba utilizando su despacho de forma regular como lugar de trabajo, me pasaba las mañanas de los domingos sentado en su mesa, delante de la ventana, tecleando en su máquina de escribir. Pero miraba por la ventana esperando ver su coche detenerse y aparcar en la calle de enfrente, como cada domingo. Después Gardner y su mujer, Joan, salían y, vestidos completa y severamente de negro, caminaban por la acera hacia la iglesia, para entrar en ella y asistir al servicio. Una hora y media después los veía salir, volver caminando por la acera hasta el coche, subir a él y marcharse.
Gardner llevaba el pelo cortado al cepillo, vestía como un ministro presbiteriano o un agente del FBI e iba a la iglesia los domingos. Pero en otros aspectos no era convencional. Comenzó a saltarse las normas el primer día de curso; en clase fumaba un cigarrillo detrás de otro, continuamente, y empleaba una papelera de metal como cenicero. Y cuando otro profesor que utilizaba la misma aula se quejó de ello a sus superiores, Gardner se limitó a hacernos un comentario acerca de la mezquindad y la estrechez de miras de aquel hombre, abrió las ventanas y siguió fumando.
A los escritores de relatos cortos que tenía en clase les exigía que escribieran uno de entre diez y quince páginas de extensión. Y a los que querían escribir novela —creo que habría uno o dos—, un capítulo de unas veinte páginas, junto con un esbozo del resto. Lo malo era que el cuento o el capítulo de la novela podían llegar a revisarse hasta diez veces durante el curso semestral, para que Gardner se quedara satisfecho. Tenía por principio básico el de que el escritor encontraba lo que quería decir en el continuo proceso de ver lo que había dicho. Y a ver de esta forma, o a ver con mayor claridad, se llegaba por medio de la revisión. Creía en la revisión, la revisión interminable; era algo muy serio para él y que consideraba vital para el escritor en cualquier etapa de su desarrollo como tal. Y nunca perdía la paciencia al releer la narración de un alumno, aunque la hubiera visto en cinco encarnaciones anteriores.
Creo que la idea que tenía en 1958 acerca lo que era un relato corto seguía siendo esencialmente la que tenía en 1982; un relato corto era algo que tenía un principio, una parte intermedia y un final distinguibles. A veces iba hasta la pizarra y hacía un diagrama para ilustrar algún comentario que quería hacer sobre el aumento o el descenso de la emoción de una historia: cumbres, valles, mesetas, resolución, denouement y cosas así. Yo, por más que lo intentaba, no conseguía interesarme mucho o entender realmente este aspecto de las cosas, todo eso que ponía en la pizarra. Pero lo que sí entendía eran las observaciones que hacía sobre la historia de algún alumno cuando ésta se comentaba en clase. En estos casos Gardner podía comenzar a interrogarse en voz alta acerca de las razones que tenía el autor para escribir, pongamos, un relato acerca de una persona inválida y dejar de lado la invalidez del personaje hasta el mismísimo final de la historia. «Así, ¿crees que es buena idea dejar que el lector se quede hasta la última frase sin saber que este hombre está inválido?» El tono de su voz traslucía su desaprobación, y la clase entera, incluido el autor, no tardaba más de un instante en ver que no era una buena estrategia. Emplear una estrategia que ocultara al lector información necesaria e importante, con la esperanza de cogerlo por sorpresa al final de la historia, era engañarlo.
En clase siempre hacía referencia a escritores cuyos nombres yo no conocía. O si los conocía, no había leído obras suyas. Conrad, Céline, Katherine Anne Porter, Isaac Babel, Walter van Tilburg Clark, Chejov, Hortense Calisher, Curt Harnack, Robert Penn Warren... (Leímos una historia de Warren llamada «Blackberry Winter» que por la razón que fuera a mí no me gustó, y se lo dije a Gardner. «Pues vuélvela a leer», me dijo, y hablaba en serio.) William Gass era otro de los que nombraba. Gardner acababa de lanzar una revista, MSS, y estaba a punto de publicar «The Pedersen Kid» en elprimer número. Empecé a leer la historia en manuscrito, pero no la entendía y volví a quejarme a Gardner. Esta vez no me dijo que lo volviera a intentar, simplemente me la quitó. Hablaba de Henry James, Flaubert e Isaak Dinesen como si vivieran un poco más abajo siguiendo la carretera, en Yuba City. «Estoy aquí tanto para enseñaros a escribir como para deciros qué leer», decía. Yo salía de clase aturdido y me iba directamente a la biblioteca a buscar libros de los escritores de que hablaba.
Los autores que estaban en boga en aquella época eran Hemingway y Faulkner. Pero en total yo había leído como máximo dos o tres libros suyos. De todos modos, eran tan conocidos y se hablaba tanto de ellos que no podían ser tan buenos, ¿no? Recuerdo que Gardner me dijo; «Lee todo el Faulkner que encuentres y luego lee todo lo de Hemingway para limpiar de Faulkner tu manera de escribir.»
Nos dio a conocer las publicaciones «de poca tirada» o literarias trayendo un día a clase una caja de dichas revistas y distribuyéndolas para que pudiéramos aprendernos sus nombres, ver cómo eran y qué sensación producía tenerlas en la mano. Nos dijo que allí aparecía la mejor ficción y casi toda la poesía que se escribía en el país. Ficción, poesía, ensayos literarios, críticas de libros recientes y de autores vivos a cargo de autores vivos. Yo estaba como loco de tantos descubrimientos como hacía.
Pidió para los siete u ocho de nosotros que estábamos en su clase unas carpetas negras y grandes y nos dijo que guardáramos en ellas nuestros escritos. Él mismo guardaba sus trabajos en carpetas de aquéllas, decía, y eso, naturalmente, fue definitivo para nosotros. Llevábamos nuestros relatos en aquellas carpetas y nos sentíamos especiales, exclusivos, distintos de los demás. Y lo éramos.
No sé cómo sería Gardner con sus otros alumnos cuando llegaba el momento de entrevistarse con ellos para comentar lo que habían escrito. Supongo que demostraría un considerable interés con todos. Pero yo tenía y sigo teniendo la impresión de que durante aquel período se tomaba mis relatos con mayor seriedad y ponía al leerlos más atención de la que yo tenía derecho a esperar. Yo no estaba en absoluto preparado para el tipo de crítica que recibía de él. Antes de nuestra entrevista había corregido el relato y tachado oraciones, frases o palabras inaceptables, incluso algo de la puntuación; y me daba a entender que aquellas supresiones no eran negociables. En otros casos encerraba las oraciones, frases o palabras entre paréntesis, y ésos eran los puntos a tratar, esos casos sí eran negociables. Y no vacilaba en añadir algo a lo que yo había escrito, una o varias palabras aquí y allá y quizá hasta una frase que aclaraba lo que yo pretendía decir. Hablábamos de las comas que había en mi historia como si nada en el mundo pudiera importar más en aquel momento; y, en efecto, así era. Siempre buscaba algo que alabar. Si había una frase, una intervención en el diálogo o un pasaje narrativo que le gustaba, algo que le parecía «trabajado» y que hacía que la historia avanzara de forma agradable o inesperada, escribía al margen: «Muy acertado»; o si no: «¡Bien!» Y el ver estos comentarios me infundía ánimos.
Me hacía una crítica concienzuda, línea por línea, y me explicaba los porqués de que algo tuviera que ser de tal forma y no de otra; y me prestó una ayuda inapreciable en mi desarrollo como escritor. Después de esta primera y minuciosa charla sobre el texto, hablábamos de cuestiones más profundas relativas a la historia, del «problema» sobre el que yo intentaba arrojar luz, del conflicto que pretendía abordar, y de la forma en que mi relato podía encajar o no en el esquema general de la narrativa. Estaba convencido de que emplear palabras poco precisas, por falta de sensibilidad, por negligencia o sentimentalismo, constituía un tremendo inconveniente para el relato. Pero había algo aún peor y que había que evitar a toda costa: si en las palabras y en los sentimientos no había honradez, si el autor escribía sobre cosas que no le importaban o en las que no creía, tampoco a nadie iban a importarle nunca.
Valores morales y oficio, esto es lo que enseñaba y lo que defendía, y esto es lo que yo nunca he dejado de tener en cuenta a lo largo de los años desde aquel breve pero trascendental período.
Este libro de Gardner me parece a mí que es una exposición honrada y sensata de lo que supone convertirse en escritor y empeñarse en seguir siéndolo. Está inspirada por el sentido común, la magnanimidad y una serie de valores que no son negociables. A cualquiera que lo lea le impresionará la absoluta e inquebrantable honradez de su autor, así como su buen humor y su nobleza. El autor, si se fijan, dice continuamente: «Sé por experiencia...» Sabía por experiencia —y lo sé yo, por ser profesor de literatura creativa— que ciertos aspectos del arte de escribir pueden enseñarse y transmitirse a otros escritores, en general más jóvenes. Esta idea no debería sorprender a nadie que se interese de verdad por la enseñanza y el hecho creativo. La mayoría de los buenos e incluso grandes directores de orquesta, compositores, micro-biólogos, bailarinas, matemáticos, artistas visuales, astrónomos o pilotos de caza aprenden de personas mayores que ellos y más versadas en el oficio. Por el mero hecho de asistir a clases de literatura creativa, igual que si se trata de clases de cerámica o de medicina, no se convierte cualquiera en un gran escritor, ceramista o médico; puede que ni siquiera llegue a ser bueno. Pero Gardner estaba convencido de que tampoco era perjudicial.
Uno de los peligros de dar o recibir clases de literatura creativa radica –y hablo otra vez por experiencia– en animar en exceso a los jóvenes escritores. Pero de Gardner aprendí a correr ese riesgo antes que tomar el otro camino. Gardner daba y seguía dando aun cuando los signos vitales fluctuaran alocadamente, como cuando se es joven y se está aprendiendo. El joven escritor necesita sin duda tanto aliento como quien pretende iniciarse en otras profesiones, e incluso diría que más. Y ni que decir tendría que hay que alentar siempre con sinceridad y nunca para escurrir el bulto. Lo que hace que este libro sea especialmente bueno es la calidad de la manera en que anima.
El fracaso y las esperanzas frustradas son comunes a todos nosotros. La sospecha de que estamos naufragando y de que las cosas no nos salen como habíamos planeado aparece en un momento u otro de nuestra vida. Cuando se tienen diecinueve años se suele saber bastante bien qué es lo que no se va a ser; pero es más frecuente que a este conocimiento de las propias limitaciones, a la auténtica comprensión de éstas, se llegue cuando termina la juventud y comienza la madurez. Si alguien de entrada no tiene facultades para convertirse en escritor, no llegará a serlo por más enseñanzas que reciba o por buenos que sean sus maestros. Pero cualquiera dispuesto a emprender una carrera o a seguir su vocación se arriesga a sufrir un revés o a fracasar. Hay policías, políticos, generales, interioristas, ingenieros, conductores de autobús, editores, agentes literarios, hombres de negocios y cesteros fracasados. También hay profesores de literatura creativa fracasados y desilusionados y escritores fracasados y desilusionados. John Gardner no era ni lo uno ni lo otro, y las razones de que no lo fuera hay que buscarlas en este maravilloso libro.
Mi deuda con él es grande y en tan breve contexto sólo puedo hacer mención de ello. No tengo palabras para expresar lo mucho que le echo en falta. Pero me considero el más afortunado de los hombres por haber recibido sus consejos y su generoso aliento.


RAYMOND CARVER








[1] Duck's ass: literalmente, «culo de pato». (N. del T.)

sábado, 1 de noviembre de 2014

Un hombre bueno es difícil de encontrar

Por Flannery O´Connor

La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.
–Mira esto, Bailey –dijo ella–, mira esto, léelo.
Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.
–Aquí, ese tipo que s'hace llamar el Desequilibrado s'ha escapao de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d'esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.
Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.
–Los niños y'han estao en Florida –dijo la anciana señora–. Deberíais llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.
La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con gafas, dijo:
–Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa?
Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.
–No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día –dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.
–¿Y qué haríais si este sujeto, el Desequilibrado, os cogiera? –preguntó la abuela.
–Le daría un puñetazo en la cara –respondió John Wesley.
–No se quedaría en casa ni por un millón de dólares –afirmó June Star–. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.
–Muy bien, señorita –dijo la abuela–. Acuérdate d'eso la próxima vez que me pidas que te rice el pelo.
June Star dijo que sus rizos eran naturales.
A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato, en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días, porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un gato a un motel.
Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron delante. Y así salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos en llegar a las afueras de la ciudad.
La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.
Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y su madre se había dormido.
–Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho –dijo John Wesley.
–Si yo fuera un niño –dijo la abuela–, no hablaría d'esa manera de mi estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.
–Tennessee n'es más que un muladar lleno de paletos y Georgia es también un estado asqueroso.
–Tú l'has dicho –dijo June Star.
–En mis tiempos –dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos–, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! –Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza–. Qué estampa más bonita, ¿verdá?
Todos se volvieron para mirar al negrito por la luna trasera.
El saludó con la mano.
–Ese chico no llevaba pantalones –observó June Star.
–Probablemente no tiene –explicó la abuela–. Los negritos del campo no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.
Los niños intercambiaron sus revistas.
La abuela se ofreció a coger al bebé y la madre de los chicos se lo pasó por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco, frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.
–¡Mirar el camposanto! –dijo la abuela señalándolo–. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.
–¿Dónde está la plantación? –preguntó John Wesley.
–El viento se la llevó –dijo la abuela–. Ja, ja.
Cuando los chicos terminaron de leer todos las revistas que habían llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: “No, un coche”, y June Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela.
La abuela dijo que les contaría un cuento si se estaban calladitos. Cuando contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy histriónica. Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó, porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado acciones de Coca-Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos pocos años, muy rico.
Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban: PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY. ¡NADA IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA FELIZ. ¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE NECESITAS!
Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura, encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del coche y correr hacia él.
El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y se pudo escuchar el “Vals de Tennessee”, y la abuela dijo que esa melodía siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso. Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que ella pudiera bailar claque. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claque de costumbre.
–¡Qué graciosa! –exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la barra–. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?
–Claro que no –contestó June Star–. No viviría en un lugar medio en ruinas como este ni por un millón de dólares.
Y salió corriendo hacia la mesa.
–¡Qué graciosa! –repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.
–¿No te da vergüenza? –susurró la abuela.
Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de suspiro y gritito en falsete.
–No hay manera. No hay manera –dijo, y se secó la cara sudorosa y roja con un pañuelo gris–. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar. ¿No es verdá?
–Desde luego, la gente ya no es como antes –sentenció la abuela.
–La semana pasada vinieron aquí dos tipos –explicó Red Sammy– que conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿sabéis que les permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo semejante cosa?
–¡Porque usté es un hombre bueno! –contestó de inmediato la abuela.
–Bueno, supongo que es así –dijo Red Sammy como si su respuesta lo hubiera dejado atónito.
La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.
–No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar –dijo–. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie –afirmó mirando a Red Sammy.
–¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó? –preguntó la abuela.
–No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar –dijo la mujer–. Si oye lo qu'hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos centavos en la caja, no me sorprendería que...
–Basta –dijo Red Sam–. Trae las Coca-Colas a esta gente.
Y la mujer se retiró a buscar el resto del pedido.
–Un hombre bueno es difícil d'encontrar –dijo Red Sammy–. Las cosas s'están poniendo cada vez más feas. Yo m'acuerdo de qu'antes podías salir sin echar el cerrojo a la puerta. Eso s'acabó.
Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón. Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a una como si se tratase de un bocado exquisito.
De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían en pie.
–Había un panel secreto en la casa –afirmó astutamente, sin decir la verdad pero deseando que lo fuera–, y se contaba que toda la plata de la familia estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron...
–¡Eeeh! –dijo John Wesley–. ¡Vamos a verlo! ¡L'encontraremos nosotros! ¡Lo registraremos to y l'encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?
–¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! –chilló June Star–. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la casa con el panel secreto?
–No está lejos d'aquí, lo sé –aseguró la abuela–. No tardaríamos más de veinte minutos.
Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura de un caballo.          
–No –dijo.
Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó el respaldo del asiento, con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.
–¡Muy bien! –gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la carretera–. ¿Queréis cerrar la boca? ¿Queréis cerrar la boca un minuto? Si no's calláis, no iremos a ningún lado.
–Sería muy educativo pa ellos –murmuró la abuela.
–Muy bien –dijo Bailey–, pero meteros esto en la cabeza: es la única vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.
–El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás –observó la abuela–. Lo vi cuando lo pasamos.
–Un camino de tierra –gruñó Bailey.
Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto probablemente estaría en la chimenea.
–No podéis entrar en esa casa –dijo Bailey–. No sabéis quién vive allí.
–Mientras vosotros habláis con la gente delante de la casa, yo correré hacia la parte d'atrás y entraré por una ventana –propuso John Wesley.
–Nos quedaremos todos en el coche –dijo la madre.
Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a trompicones en un remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por los árboles cubiertos de una capa de polvillo.
–Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto –dijo Bailey–, o daré la vuelta.
Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía meses.
–No falta mucho –comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.
Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el asiento del conductor con el gato –de rayas grises, cara blanca y hocico naranja– todavía agarrado al cuello como una oruga.
Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: “¡Hemos tenío un accidente!”. La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.
Bailey se quitó el gato del cuello con ambas manos y lo arrojó por la ventanilla contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el crío, que no paraba de llorar, en brazos, pero solo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. “¡Hemos tenío un accidente!”, gritaban los chicos en un delirio de felicidad.
–Pero nadie se ha muerto –señaló June Star con cierta desilusión, mientras la abuela salía renqueando del coche, con el sombrero todavía prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.
Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la conmoción. Estaban todos temblando.
–Tal vez pase algún coche –dijo la madre de los niños con voz ronca.
–Creo que m'hecho daño en algún órgano –comentó la abuela apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.
A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba en Tennessee.
La carretera quedaba unos tres metros más arriba y solo podían ver las copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado. Era un vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres dentro.
Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e inexpresivamente hacia donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de los dos habló.
El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos téjanos que le quedaban demasiado ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos llevaban pistolas.
–¡Hemos tenío un accidente! –gritaron los niños.
La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas. Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida, pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.
–Buenas tardes –dijo–. Veo que han tenío un accidente de na.
–¡Hemos dao dos vueltas de campana! –dijo la abuela.
–Una –corrigió él–. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si funciona –indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.
–¿Pa qué lleva esa pistola? –preguntó John Wesley–. ¿Qué va hacer con ella?
–Señora –dijo el hombre a la madre de los chicos–, ¿le importaría decirles a esos chavales que se sienten a su lao? Los críos me ponen nervioso. Quiero que se queden sentados juntos.
–¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? –preguntó June Star.
Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.
–Venir aquí –dijo la madre.
–Verá usted –dijo Bailey de pronto–, estamos en un apuro. Estamos en...
La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en hito.
–¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!
–Sí, señora –dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido–, pero habría sido mejor pa todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.
Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se ruborizó.
–Señora –dijo–, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no piensa. No creo qu'haya querido hablarle d'esa manera.
–Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? –dijo la abuela, que se sacó un pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.
El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño hoyo y luego lo tapó de nuevo.
–No me gustaría na tener qu'hacerlo.
–Escucha –dijo la abuela casi a gritos–, sé qu'eres un buen hombre. No pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d'una buena familia!
–Sí, señora –afirmó él–, la mejor del mundo. –Cuando sonreía mostraba una hilera de fuertes dientes blancos–. Dios nunca creó a una mujer mejor que mi madre, y papá tenía un corazón d'oro puro.
El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.
–Vigila a los niños, Bobby Lee –dijo–. Sabes que me ponen nervioso.
Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como si no se le ocurriera qué decir.
–No hay ni una nube en el cielo –comentó alzando la vista–. No se ve el sol, pero tampoco hay nubes.
–Sí, es un día hermoso –dijo la abuela–. Escucha, no te tendrías que apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno. Con solo mirarte ya me doy cuenta.
–¡Calla! –gritó Bailey–. ¡Calla! ¡Callaros todos y dejarme a mí arreglar esto! –Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera, pero no se movió.
–Muchas gracias, señora –dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito con la culata de la pistola.
–Tardaremos una media hora en arreglar el coche –avisó Hiram mirando por encima del capó abierto.
–Bueno, primero tú y Bobby Lee os lleváis a él y al niño allá –dijo el Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley–. Los muchachos quieren preguntarle algo –explicó a Bailey–. ¿Le importaría acompañarlos hasta el bosque?
–Escuche –comenzó Bailey–, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da cuenta de lo qu'es esto. –Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.
La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo.
Hiram levantó a Bailey cogiéndolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:
–¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!
–¡Vuelve ahora mismo! –exclamó la abuela, pero todos desaparecieron en el bosque–. ¡Bailey, hijo! –gritó con voz trágica, pero se encontró con que estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella–. Sé muy bien qu'eres un hombre bueno –le dijo con desesperación–. ¡ No eres una persona corriente!
–No, no soy un hombre bueno –repuso el Desequilibrado un instante después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado–, pero tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza diferente de la de mis hermanos y hermanas. “Mira –decía mi viejo–, hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d'estos últimos. ¡Va estar en to!”
Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.
–Perdonen qu'esté sin camisa delante de ustedes, señoras –añadió encorvando un poco los hombros–. Enterramos la ropa que teníamos cuando escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.
–No pasa na –observó la abuela–. Tal vez Bailey tenga otra camisa en su maleta.
–Luego la buscaré –dijo el Desequilibrado.
–¿Adónde se lo están llevando? –gritó la madre de los niños.
–Papá era un gran tipo –dijo el Desequilibrado–. No había quien l'engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l'habilidá de saber tratarlos.
–Tú podrías ser honrado si te lo propusieras –afirmó la abuela–. Piensa en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que nadie t'estuviera persiguiendo to el tiempo.
El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si estuviera reflexionando sobre estas palabras.
–Sí, siempre hay alguien persiguiéndote –murmuró.
La abuela reparó en cuan delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero, porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.
–¿Rezas alguna vez? –preguntó.
Él negó con la cabeza. Ella solo vio cómo el sombrero negro se movía entre sus omóplatos.
–No.
Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro. Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.
–¡Bailey, hijo! –gritó.
–Durante un tiempo fui cantante de gospel –explicó el Desequilibrado–. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo un hombre. –Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos–. Hasta he visto azotar a una mujer.
–Reza, reza –empezó a repetir la abuela–, reza, reza...
–No era un chico malo por lo que recuerdo –prosiguió el Desequlibrado con voz casi soñadora–, pero en algún momento hice algo malo y m'enviaron a la penitenciaría. M'enterraron vivo.
Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.
–Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar –dijo ella–. ¿Qu'hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?
–Doblabas a la derecha y había una pared –explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes–. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo qu'había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo qu'había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando pensaba que lo recordaría, pero no fue así.
–Tal vez t'encerraron por error –apuntó la anciana.
–No –dijo él–. No hubo error. Había pruebas contra mí.
–Tal vez robaste algo.
El Desequilibrado soltó una risita burlona.
–Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca tuve na que ver con eso. L'enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.
–Si rezaras –dijo la anciana–, Cristo te ayudaría.
–Así es.
–Entonces, ¿por qué no rezas? –preguntó ella, temblando de súbita alegría.
–No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.
Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.
–Tírame esa camisa, Bobby Lee –dijo el Desequilibrado.
La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.
–No, señora –prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los botones–, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra, matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano t'olvidas de lo qu'has hecho y simplemente te castigan por ello.
La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si no pudiese respirar.
–Señora –dijo él–, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y a Bobby Lee hasta donde está su esposo?
–Sí, gracias –dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.
–Ayuda a la señora, Hiram –dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba penosamente de subir por la zanja–. Y tú, Bobby Lee, coge a la pequeña de la mano.
–No quiero que me dé la mano –replicó June Star–. Parece un cerdo.
El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la cogió de la mano y tiró de ella hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.
Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma diciendo: “Jesús, Jesús”. Quería decir “Jesús t'ayudará”, pero de la manera en que lo decía era como si estuviera maldiciendo.
–Sí, señora –dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón–. Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo: te consigues una firma y firmas to lo qu'haces y te quedas con una copia. Entonces sabrás lo qu'has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t'han tratao como debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante’l castigo.
Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un disparo.
–¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no le castiguen na?
–¡Jesús! –gritó la anciana–. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d'una familia buena! ¡Reza! Por Dios, no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!
–Señora –repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque–, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.
Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo pavo sediento pidiendo agua y gritó: “¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!”, como si fuera a partírsele el corazón.
–Jesús es el único qu'ha resucitao a los muertos –continuó el Desequilibrado–, y no tendría qu'haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces solo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces solo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad –dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.
–Tal vez no resucitó a los muertos –murmuró la anciana, sin saber lo que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre las piernas cruzadas.
–Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo –repuso el Desequilibrado–. Ojalá hubiera estado allí –añadió golpeando el suelo con el puño–. No está bien que no estuviera allí, porque d'haber estao allí yo sabría. Escuche, señora –añadió alzando la voz–, d'haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.
Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera a punto de llorar, y entonces murmuró:
–¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!
Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho. Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.
Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro sonreía al cielo sin nubes.
Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y tenían una mirada pálida e indefensa.
–Llevárosla y dejarla donde habéis dejao a los otros –dijo, y cogió al gato, que se estaba refregando contra su pierna.
–Era una charlatana –dijo Bobby Lee, y descendió a la zanja canturreando.
–Habría sido una buena mujer –dijo el Desequilibrado– si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.
–¡Menuda diversión! –dijo Bobby Lee.
–Cállate, Bobby Lee –dijo el Desequilibrado–. No hay verdadero placer en la vida.